«Gladiador» (Fernán Cisnero)

Un domingo cualquiera

Hay que atreverse a lucir una pollerita, unas sandalias y andar haciéndose el romano por ahí. El género, que hacía tiempo no se tocaba, fue durante años uno de los favoritos de las matinés varias. Con Gladiador, el director británico Ridley Scott repasa esa temática y la viste de efectos especiales capaces de reconstruir el Coliseo o la Roma antigua con una precisión asombrosa. La película, que en un largo páramo de la parte central se enlentece, es sin embargo pura fórmula bien desarrollada para entretener a la platea. Russell Crowe en el papel principal brinda mucho más de lo que el producto exige, dándole a su composición el aire de melancolía y bronca que su personaje pedía.

Ridley Scott hace tiempo que no coincide con el público. Con una primera parte de su filmografía que tiene al menos dos grandes momentos (Alien, el octavo pasajero y Blade Runner, ambas situadas en el futuro y marcándolo de alguna manera), el director ha caído de un tiempo a esta parte en una serie de errores estratégicos, con demasiadas película de compromiso (1492, la conquista del paraíso, GI Jane). Al director alguna vez de culto se lo pasó a ver con el peso de la rutina arrinconada sobre sus hombros y el éxito demasiado lejos. Sigue siendo, sin embargo, un nombre prestigioso a la hora de encarar un proyecto; su próxima película es Hannibal, secuela de El silencio de los inocentes.

El género que nuclea a las películas de romanos es conocido como peplum. Su nombre, precisamente, proviene de las pecheras del vestuario de los viejos guerreros. Aunque como recuerda el especialista argentino Diego Curubeto (en su Cine Bizarro) ya desde los tiempos de Cecil B. DeMille se puede ubicar el peplum, no es hasta la década de los ’50 y ’60, en que una serie de películas italianas lo consolidan. Se dice que la pionera fue Hércules, que convirtió a Steve Reeves en su primer astro, aunque probablemente el más grande sea Maciste, un forzudo transformado en ídolo popular. Emprendimientos más serios como Espartaco, Ben-Hur, La caída del Imperio Romano o, incluso, Cleopatra, intentaban tomarse un poco más en serio esos tiempos. Hasta Gladiador, el género parecía haberse olvidado, más allá de los círculos de culto, siempre tan atentos.

Crowe (se dice que controlarlo durante el rodaje fue más difícil que reconstruir el circo romano) es Máximus, un general romano que después de triunfar en las campañas contra los bárbaros y ser elegido por Marco Aurelio (Richard Harris) como su sustituto en el trono, es desplazado por el celoso Cómodo (Joaquín Phoenix). Termina de esclavo y en un regreso con gloria convirtiéndose en el gladiador estrella del circo romano. Venga, de paso, todas las injusticias de este mundo.

El mayor aporte que Scott hace es un gran despliegue en un par de batallas, y una utilización de los efectos especiales que son capaces de reconstruir el pasado con una precisión que deja azorado. Una vista aérea de la ciudad de Roma, un Coliseo enterito, son algunos de los chiches visuales que alcanzan para llenar el ojo sobradamente. La batalla contra los bárbaros al comienzo de la película es a los romanos lo que el desembarco inicial de Rescatando al Soldado Ryan era para la II Guerra Mundial. El despliegue de tropas, la carnicería del combate hombre a hombre, la sangre tiñendo las espadas, son mirados por Scott con precisión y regusto. El mismo atractivo lo tendrán las escenas en el circo romano que, según dicen, no tienen ninguna fidelidad histórica pero poco importa en una aventura de matiné, como ésta. Los efectos especiales son tan acojonantes que incluso sirvieron para «emparchar» las escenas en las que debía aparecer Oliver Reed, fallecido en medio de la filmación. Mediante computación pusieron la cabeza de Reed en el cuerpo de un doble. La trampa, que costó tres millones de dólares, no se nota.

Las tribunas repletas de un público dispuesto a disfrutar de la muerte y a confiar ciegamente en sus héroes, son vistas por Scott con cierta complicidad hacia un presente donde el despliegue que ha tomado el deporte hace pensar en la máxima de pan y cierco. Las elucubraciones de ese tipo poco importan ante tanto ruido, algunas nueces, y una buena manera de hacer del cine un verdadero entretenimiento.

Sólo le sobra a la película una media hora de diálogos que poco aportan, lo mismo que una trama sentimental que amanera un asunto que es para decapitar cabezas, gladiadores peleándose a muerte y ese salvajismo que, vamos, es lo único que puede ofrecer una película que se llame Gladiador.

«Gladiador» (Gladiator) EE.UU., 2000. Dirigida por Ridley Scott. Escrita por David Franzoni, John Logan y William Nicholson, basados en una historia de Franzoni. Director de fotografía: John Mathieson. Montaje: Pietro Scalia. Música: Hans Zimmer y Lisa Gerrard. Con Russell Crowe, Joaquín Phoenix, Connie NIelsen, Oliver Reed, Richard Harris, Derek Jacobi, Djimon Hounsou, Tomas Arana, Tommy Flanagan. Cines Ejido 2, Carrasco, Moviecenter Montevideo Shopping (1 y 10) y Portones (6), Punta Carretas (7 y 8) y Trocadero.

F.R.C. (Búsqueda, 22/06/2000)

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