“Los cuerpos de los astronautas” (Hugo Acevedo)

Cuatro sobrevivientes

La evasión como estrategia de supervivencia en un contexto ambiental singularmente complejo, es el núcleo temático de Los cuerpos de los astronautas, el removedor largometraje alemán de la joven realizadora y guionista rusa Alisa Berger.

Esta es la ópera prima de una novel cineasta de apenas 32 años de edad, quien indaga, con superlativa osadía y sin ambages, en los conflictos más recurrentes de la familia y la sociedad.

En forma metafórica, la propuesta parangona la situación de los protagonistas con la de astronautas que exploran el espacio exterior a bordo de una hermética nave, en una situación de claustrofóbico encierro.

No en vano todos asumen una actitud de desenfrenada evasión, como estrategia para exorcizar los graves problemas emergentes de su agobiante cotidianidad.

Ese es el caso de Michael (Lars Rudolph), el padre de tres hijos de un hogar monoparental que tiene que lidiar con todo, ante la dramática y demoledora ausencia de una madre que es recordada con nostalgia.

En ese contexto, se castiga a sí mismo refugiándose en la adicción al alcohol, exhibe una conducta radicalmente depresiva y tiene permanentes arranques de histeria hipocondríaca. Como si no fuera suficiente, tampoco se asea y luce desalineado y decadente.

Aunque en ningún momento se explicita, el propio desarrollo de la historia trasunta que el hombre estaría también desempleado, ya que permanece todo el día en su casa, barbudo, literalmente orinado y vestido con apenas un salto de cama.

La mera descripción de este personaje sugiere un cuadro de absoluta desolación, que impacta fuertemente en los tres hijos: los mellizos adolescentes Anton (Béla Gabor Lenz) y Linda (Zita Aretz) y la pequeña Irene (Luzie Nadjafi), quien afronta las peores consecuencias de la situación por ser la que permanece más tiempo con su perturbado progenitor.

No en vano, le desprecian la comida devolviendo el contenido de los platos a la fuente, como una suerte de rebelión contra alguien cuyo errático comportamiento los martiriza y les hace daño.

Pese a su estado desquiciado y su incapacidad para sobrevivir el día a día, el adulto prodiga una superlativa cuota de amor a sus vástagos, que casi nunca es correspondida.

Incluso, suele bailar con su pequeña hija “la música de mamá”, como una suerte de homenaje a quien ya no está presente y es obsesivamente añorada por todos. En ese sentido, las fotos recuerdan un pasado bastante más venturoso.

Aunque los dos hijos mayores le huyen literalmente al padre y pasan más tiempo fuera del hogar que dentro de él, igualmente le llenan la botella de vodka con agua para que las borracheras no sean tan intensas y su patología adictiva no cobre una dimensión aun más severa.

Empero, ambos buscan vivir experiencias diferentes, como estrategia para desprenderse de la dependencia de un hogar que- más que un ámbito de afecto- es una suerte de infierno.

En ese marco, Antón participa en una prueba científica, destinada a estudiar las reacciones del cuerpo humano en una situación de ingravidez, lo cual requiere que permanezca en reposo durante varios meses. En efecto, hasta debe comer y bañarse acostado.

El joven se integra de buena gana a esa inusual experiencia, porque desde niño ansiaba transformarse en un astronauta y hasta simulaba, en sus juegos infantiles, que viajaba al espacio enfundado en un grueso traje especial y protegiendo su cabeza con un pesado casco de cosmonauta.

Mientras tanto, en plena pubertad, su hermana Linda apunta a experimentar con su propia sexualidad, a los efectos de ir abandonando la adolescencia, seguir acercándose a la adultez y construir su propio itinerario de emancipación personal.

De algún modo, todos, a excepción de la niña- que exhibe una sorprendente madurez para su corta edad- buscan escapar a un destino que se proyecta como aciago, con un hogar literalmente destrozado por la ausencia de una madre que opere como sostén de toda la familia.

Una situación radicalmente diferente es la de sus hermanos, quienes, además de la aguda coyuntura, deben afrontar los cambios físicos, psicológicos y emocionales propios de la edad.

Demostrando una inusual destreza para el manejo de los recursos cinematográficos y del lenguaje visual, Alisa Berger construye una obra que tiene mucho de alegórica y que alude a la desintegración familiar, en una sociedad contemporánea cada vez más indiferente y deshumanizada.

Al respecto, la joven realizadora despliega un vasto arsenal estético de impronta simbólica, con clara preponderancia de primeros planos de rostros, cuerpos y objetos.

Paralelamente, plasma la fantasía de los viajes espaciales que imaginan los protagonistas, con abundancia de imágenes experimentales y hasta material de archivo de la propia NASA.

Esas secuencias revelan la intrínseca creatividad de la cineasta y su sabiduría para generar una atmósfera si se quiere onírica, acorde con el compulsivo instinto elusivo de los personajes.

Los cuerpos de los astronautas es una suerte de metáfora posmoderna, que da cuenta de los conflictos inherentes a una familia monoparental fracturada y atravesada por la tragedia.

Asimismo, reflexiona, con singular agudeza y acento dramático, acerca de la radical disociación entre la realidad cotidiana, la infelicidad y la felicidad, en tanto estado ideal de la convivencia humana.

Los cuerpos de los astronautas” (Die Körper der Astronauten). Alemania 2017. Dirección: Alisa Berger. Guión: Alisa Berger. Producción: Alisa Berger. Fotografía: Bine Jankowski. Música: Ron Hofmann, Leonard Huhn y Christian Lorenzen. Edición: Alisa Berger, Gesa Hille y Yana Höhnerbach. Reparto: Lars Rudolph, Zita Aretz, Béla Gabor Lenz y Luzie Nadjafi.

Hugo Acevedo(Revista Onda Digital)