“La gitana” (Jaime Costa)

La vida es una farra

El francés Philippe De Broca es un veterano que se inició dentro de aquella recordada corriente de la “nouvelle vague” que revolucionó el cine mundial hace casi tres décadas. Comediógrafo por naturaleza, el realizador aportó una serie de títulos de innegable frescura, dentro de los que se recuerdan El hombre de Río y Rey de corazones como parte de una amplia filmografía recorrida por el humor, el ritmo, la vitalidad y una visión del mundo donde la extravagancia y aún la locura eran contempladas con simpatía y complicidad.

En La gitana, un gerente bancario de provincias (Claude Brasseur) vive encerrado dentro de una rutina burguesa, rodeado de mujeres que le abruman (una ex-esposa, una amante ninfómana, una hija quejosa, una secretaria desabrida, varias empleadas desaprensivas) y un apego excesivo por su viejo automóvil Citroen, que atesora maníacamente. Su apacibilidad será interrumpida por una pícara gitana (Valerie Kaprisky), que primero le roba el auto y luego le irá robando la tranquilidad, el banco y el corazón, en una invasora persecución que no le da un minuto de respiro. El tema, una vez más, se amolda a la filosofía de Philippe De Broca, quien sabe contrastar el tedio de un mundo convencional y mecanizado, con los atractivos de una vida aventuresca, libre y caprichosa, pero gozada en toda su plenitud.

Hay aciertos en la pintura de los personajes, defendidos con soltura por Claude Brasseur, Stephane Audran, Clementine Celarie y Marie-Anne Chazel. Y también por la belleza y el desenfado de Valerie Kaprisky, quien habíamos visto en Sin aliento (con Richard Gere) y en La mujer pública de Andrzej Zulawski. Un juvenil trío de acróbatas acompaña a la gitanita en sus fechorías, luciendo sus originales y sincronizadas maniobras para asaltar lugares públicos. En todo lo que significa apuntes de conducta, detalles significativos y refinamientos visuales (el surrealista refugio de la gitana es una maravilla), De Broca da sobradas muestras de un oficio adquirido con los años, que ha sustituido progresivamente aquella espontaneidad algo alocada que era un rasgo inconfundible de su estilo.

Lo que ha perdido, en cambio, es la habilidad para dotar de verdadero encanto a estas fábulas costumbristas. El tono menor que adopta La gitana, característico por otra parte del apagado cine francés actual, resulta meramente simpático, pero también algo mecánico e insípido. Por eso, su discutible moraleja final ya no es tan compartible ni disfrutable.

“La gitana” (La gitane) Francia, 1986. Director, Philippe De Broca. Libreto del mismo y de Jean-Loup Hubert. Fotografía en color, Robert Fraisse. Música, Claude Bolling. Intérpretes: Claude Brasseur, Valerie Kaprisky, Stephane Audran, Martin Lamotte, Clementine Celarie, Marie-Anne Chazel, Valerie Rajan. Estreno: 25/6/87.

Jaime E. Costa

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