Oscar 2019 (Álvaro Sanjurjo Toucon)

OSCAR” y la demencia senil

Los críticos cholulos (que son muchos), los gacetilleros (que suelen confundirse con los anteriores), los críticos rigurosos (que son pocos y autodefinidos) se ven “hermanados” anualmente por un elemento que aman, odian, vituperan y elogian: el “Oscar”, la estatuilla con que la industria del cine hollywoodiano se autopromociona y premia.

Es frecuente que tras cada ceremonia, los especialistas y aquellos que no lo son, justifiquen o expliquen adjudicaciones de la estatuilla o la ausencia de las mismas para determinados “nominados” (servil traducción lingüística de lo que debió ser “candidatos”), con expresiones como:

  • “le dieron el premio en compensación con omisiones anteriores”
  • “no lo premiaron por su adhesión / rechazo a… (causas políticas, religiosas, raciales, violentistas, pacifistas, etc, etc.”

Estas y otras apreciaciones similares, serían (y son) muy válidas para quienes buscan sus premios en Festivales Internacionales, donde el galardón que sea, es discernido por jurados, frecuentemente sometidos a presiones de muy diversa índole.

Es fácil imaginar las presiones que (con éxito o sin él) una muy importante productora, realiza sobre los premios a otorgar por un jurado de entre tres y siete personas.

En el caso del “Oscar”, esas presiones, que existen (promesas de trabajos futuros, regalos costosísimos, etc.), han de ejercerse en los alrededor de seis mil integrantes de la Academia hollywoodiana (directores, productores, intérpretes, técnicos, etc. etc.) que son aquellos que otorgan las estatuillas mediante voto secreto controlado por prestigiosos auditores (que han demostrado sus puntos débiles).

Esa masa de votantes, que se parecen más a públicos genéricos que a especialistas (¿cuánto puede conocer de actuación un especialista en efectos especiales, y viceversa?) puede ser susceptible, en términos genéricos, a una corriente (favorecer a determinada etnia, castigar la ideología de un realizador, no tolerar los desplantes de un genio recién llegado, etc.), siendo sumamente improbable (no imposible) el sometimiento individual de una considerable porción de esas seis mil personas.

La masa de votantes puede ser permeable a perfiles genéricos (rechazo a Trump, por ejemplo), dificultándose en cambio la incidencia precisa a favor o contra una candidatura.

Si no perdemos de vista que el “Oscar” es parte de la lucha por subsistir de una industria, podrán explicarse numerosas estatuillas.

No todo es, sin embargo, tan claro como pretendemos señalar.

Los “Globos de Oro”, premio que precede en escasas semanas al “Oscar”, suele coincidir con este último. ¿Cómo explicar semejante similitud de resultados cuando los “Globos de Oro” son concedidos por algo tan cuestionado como la “Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood”?

Los “misterios” del “Oscar” y sus arbitrariedades parecen no haber sido suficientes para que, llegado el momento, gacetilleros, cholulos cronistas, desdeñosos críticos racionales, y demás escribas o parlanchines que ocupan páginas y espacios virtuales en medios de comunicación, se sometan anualmente ante una caja boba que les ofrecerá, una vez más, la ceremonia del “Oscar”, tan aburrida como venimos constatando desde décadas atrás.

El “show” del cine con que nos regodeábamos los cinéfilos congénitos, ha sido relegado por empalagosas canciones, evocadoras de aquellos malos musicales que en las matinés generaban airadas y ruidosas protestas de adolescentes plateas.

Y año a año, mordemos el mismo anzuelo y sacamos conclusiones que quedan en notas perdidas en el tiempo y, dudosamente, alguien se preocupe en revisar en un futuro quizás no lejano.

Personalmente, cumplimos una vez más, miramos la ceremonia, repatingados, y sin la preocupación por introducir el breve dato filmográfico, mientras el ganador recorría la distancia que separaba su butaca del escenario; y sin la remuneración que aquello nos brindaba.

Por enésima vez sentimos que estamos señalando lo mismo. Ello no impide dejar estampadas las “nuevas” conclusiones que nos trae este nonagésimo primer aniversario del senil “Oscar”.

La idealización del “american way of life”, propia del Hollywood “clásico”, embebida del rooseveltiano y falso espíritu del notable Frank Capra, dice presente en ese “Oscar” a Mejor Película, concedido a Green Book: Una amistad sin fronteras. Pudo llamarse Miss Daisy, a contramano.

El film atempera el racismo de los años sesenta, del mismo modo que lo hiciera Stanley Kramer cuando Spencer Tracy y Katharine Hepburn abrían las puertas de su casa a Sidney Poitier en ¿Sábes quien viene a cenar?

Por otra parte, el film sabe congraciarse con los italo-norteamericanos entregados al gangsterismo en New York, a través de ese bonachón hampón de buen corazón. Personaje que encaja a la perfección con la “jurisprudencia” mafiosa cuando en El Padrino, Cóppola coloca en boca de Brando la frase respecto a no mezclar lo personal con los negocios.

“Todo tiene solución” es el mensaje final de este título anacrónico, falso y tranquilizador de malas conciencias.

Roma, la película del mexicano Alfonso Cuarón, fue seleccionada por el pequeño comité encargado de determinar las candidatas a “Mejor Film en Lengua no Inglesa”. Era el título que representaba a México.

Pero era también el film que se presentó doblado al inglés en el Distrito de Los Angeles, lo cual le habilitaba para competir como “Mejor película”, así a secas, contra la finalmente laureada Green Book, revalorizados superhéroes, thrillers kukluxkanescos o vicepresidenciables, lujos y ambiciones en la rancia corte británica (iguales en todas las épocas), y estereotipados musicales donde se renace hasta el hartazgo.

El realizador Alfonso Cuarón igualmente triunfó, su mexicanísima fotografía y dirección de igual origen derrotaron al Hollywood genuino. ¿O no?

Qué significa triunfar o ser derrotado, cuando el cine mexicano aporta otro director que dará dinero a Hollywood y los magnates de Wall Street, sus propietarios.

A su vez, Roma acaso anticipe un repliegue de las salas cinematográficas, como el ocurrido décadas atrás, ante el VHS, ese poderoso contrincante encargado de hallar otra senda para recaudar dinero.

Roma es un film de “Netflix” para todos los públicos suscritos a esa plataforma cinematográfico televisiva. Su presencia en salas convencionales fue rechazada universalmente. Con puntuales excepciones, que en nuestro país representó su presencia a modo de inauguración de las nuevas salas de la Cinemateca.

Treinta y tantos años atrás visitamos la MPAA y preguntamos a un jerarca de la misma acerca de la “decadencia del cine”. Sonriendo desdeñosamente respondió: “El cine no está en decadencia. Lo están las salas de exhibición. Las películas son un producto que se comercializa en diferentes envases. VHS, VideoDisc, etc. Las salas son solamente uno de ellos”.

“Netflix” aún no existía. El “Oscar”, sí.

Álvaro Sanjurjo Toucon (25/02/2019)