“Somos una familia” (Taller de crítica: Lucas Arias)

Kizuna (Lazos)

Manbiki Kazoku (cuyo título para su distribución rioplatense pasó a ser Somos una familia) es una película dura y amarga, que nos enseña cierta profundidad de las relaciones humanas y los lazos afectivos improvisados, y lo hace con una perspectiva típicamente japonesa. Los protagonistas se ven envueltos en el problema de vivir en situación de necesidad y pobreza; no extrema como la que atraviesan personas de otros sitios diferentes del mundo, pero si en una situación que los orilla al borde del robo continuo y del engaño para poder sobrevivir.

Se enfoca la interacción de forma casual, gentil y alegre, con situaciones tan aparentemente triviales como profundas, como el hecho de que Osamu quiera ser llamado “papá” por Shota, o el hecho de que la pareja adulta reconozcan a Yuri (una niña de cuatro años que encuentran abandonada) como hija suya, a pesar de no serlo.

La veo como una película rápida, una de “tomo la acción en el momento y pienso después”, algo bastante elaborado y complejo que se da a notar. Con respecto al trabajo técnico, la fotografía es algo a destacar. Desde el comienzo en la tienda con la distribución de cada objeto (hasta las manchas de suciedad tienen su lugar perfectamente determinado en el cuadro); o aquel momento específico en el que Osamu y Shota se pasean entre las alacenas, en el que el director juega mucho con el fuera de campo y el recurso de plano abierto, que ayuda a mantener ese sentimiento de documental y realismo.

El uso de los planos abiertos y enteros parecería decir visualmente “asi son sus vidas..”. Asimismo, el travelling muestra lo grande o pequeño de las habitaciones, lo cual hace pensar en un empequeñecimiento del personaje; donde más se demuestra esto es cuando están dentro de la vivienda. Esa casa reducida y repleta de objetos por aquí y allá, abarrotada, da un buen look Tokio, en el que las casitas se pierden dentro de las zonas residenciales y los altos edificios toman toda la atención, relegándolas a las sombras.

El sonido se encuentra a nivel corriente en lo que concierne al cine japonés, me refiero a sonidos ambientes más claros y melódicos por sus insectos, tráfico, bullicio y charla. En este sentido, lo más trabajado a nivel sonoro viene siendo las voces, sumamente claras y de diálogos nítidos.

Con las actuaciones me quedo medianamente satisfecho, aunque eché en falta más involucramiento en los papeles del hijo del ex marido de la abuela, así como de la abuela y Aki. Todos ellos se ven muy duros y opacos en algunas escenas donde se requería más sensibilidad. Un ejemplo: La escena donde la abuela va de visita -por primera vez- a lo del hijo de su ex ya fallecido; él y su mujer eran personajes tan duros que llevaban a pensar si eran verdaderamente parte del elenco o extras. Un poco menos de silencio hubiese ayudado.

Por lo demás, hallé bastante acertado el casting. Los intérpretes por lo general desarrollaron bien sus roles, por ejemplo: Osamu. Él desprende un aire optimista y agradable que ayuda al espectador a comprenderlo, pese a sus costados reprobables.

En cuanto al arte, todo está muy elaborado. Hasta lo más pequeño, repleto de simbolismo y colores muy expresivos. La ropa de Yuri, el pelo de los niños, la mesa de sala con comida, la mochila azul, la minúscula habitación de Shoto. Todos estos elementos son armónicos y acompañan eficazmente al relato.

Esta película de Kore-eda es una obra clave que no debería perderse nadie; sin duda los esfuerzos de su producción merecieron el sinfín de premios que ganó, lo que nos reafirma que poco y nada negativo tiene la película, y que vale cada minuto de metraje usado. La recomiendo.

Lucas Arias (22/02/2019)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *