“High Flying Bird” (Martín Imer)

Lo nuevo del director de Trafficy Contagioes un interesante relato sobre el mundo del basquetbol que lo encuentra desatado en la parte visual y ajustado en la parte narrativa.

El talento de Steven Soderbergh se podía percibir desde su brillante debut Sexo, mentiras y video donde tan sólo con 26 años deslumbró al mundo y ganó la Palma de oro en Cannes. No sería éste el único premio que ganaría la cinta, pero sí uno de los más meritorios: una película que entró a último momento, de un debutante y filmada de forma independiente sin dudas tenía todos las posibilidades de pasar desapercibida, pero a base de ingenio, un guion escrito con brillantez y unas inspiradas actuaciones logró poner a su realizador en el foco de la atención cinéfila mundial.


Y en ese foco ha logrado estar – para bien o para mal – hasta el día de hoy, ya que pocos directores en la actualidad podrían darse el lujo de ser tan camaleónicos como el estadounidense: ha pasado por los blockbuster de estudio como la trilogía La gran estafa, hecho biopics como Che (incluso filmándolas fuera de su país y en otro idioma) y de vez en cuando se manda alguna totalmente experimental y que sólo parecería hacerlas para jugar con distintos formatos. Actualmente Soderbergh filma con un Iphone, obedeciendo sus impulsos de estar a la vanguardia, pero no deja de ofrecer productos con miras comerciales como es el caso de High flying bird de reciente estreno online por Netflix.


En EE.UU. el basquetbol es uno de los juegos más importantes para sus ciudadanos, y por ende tiene a su alrededor una enorme industria que mueve un montón de dinero. Sin embargo, la trama de esta película se sucede en medio de un paro masivo en la NBA que afecta a todos los sectores: no hay juegos, ni publicidad, ni ventas, ni contratos. En la lucha por dinero los dueños no están dispuestos a ceder y el sindicato de jugadores no quiere rendirse, por lo que parece que la situación no va resolverse por un largo tiempo — algo que el agente Ray Burke no puede permitir. Al protagonista se le dan 72 horas para idear un plan maestro que le ponga un fin al paro o se queda sin trabajo; algo que en definitiva le llevará a redescubrir su amor por el deporte y descifrar una manera de poner a los poderosos a temblar.


El guion no se las hace muy fácil al espectador que no esté metido en la juerga de la NBA como corporación: desde un primer momento el asunto empieza in media res, con el paro en pleno desarrollo y mínimas explicaciones de lo que llevó a él. El gran acierto está en su protagonista, un muy correcto André Holland que cautiva al público con su calculado carisma y la impresión de que tiene un plan a cada momento. El actor acierta en su acercamiento a este protagonista atractivo y meticuloso, moralmente ambiguo, que no es especialmente simpático pero tampoco desagrada; un amante de su trabajo que intenta solucionar con seriedad y sin salirse de los carriles los problemas que se le presentan. Ray en cierta forma no está tan lejos de un bandido como el Danny Ocean de la mencionada saga previa del director: ambos son observadores del comportamiento ajeno y saben exactamente que hilo mover para que todos bailen a su compás, incluso sin saberlo. La diferencia es que en aquella el personaje era mucho más extrovertido y la propia película revelaba sus intenciones bastante rápido, mientras que aquí el libreto sólo muestra la extensión del plan maestro del agente deportivo en su tercer acto. Y si bien es cierto que durante el desarrollo existe cierto desconcierto sobre qué dirección tomará la trama, en ningún momento deja de ser interesante o entretenida, sosteniéndose en un buen reparto secundario donde cautiva Zazie Beetz como asistente y tal vez rival del protagonista; una relación compleja que en el papel solo se explora por arriba pero gana interés a fuerza de una buena química entre los actores.


Pero el show en definitiva le pertenece a Soderbergh, que vuelve a sorprender con su virtuoso manejo de la cámara de un teléfono celular. El resultado es visualmente impecable a pesar de que todavía se vea algo «chato» en la pantalla — el manejo de los colores, la nitidez, los movimientos de cámara: todo habla de que el director logró adaptarse a la perfección al formato que experimenta e incluso terminó adaptándolo a su lenguaje cinematográfico. Es más linda y con un look más profesional que su anterior película Perturbada (leyendo sobre la película descubro que fue filmada con un modelo de Iphone más reciente) y se lo nota mucho más confiado con esta modalidad, imprimiéndole su habitual ritmo ágil y su originalidad en los encuadres y la iluminación, atrayendo hasta al espectador más alejado del mundo de los deportes. Puede que el resultado en una pantalla de cine sea un poco más vulgar e imperfecto que el que se puede percibir en la pantalla de Netflix, pero tal vez es la manera ideal para su disfrute; un producto con clara intención de romper el molde de las formalidades técnicas exhibido en una plataforma con clara intención de romper el molde de la distribución.


High flying bird es definitivamente una rara avis entre las películas originales que estrena semana a semana el gigante del streaming: una producción entretenida y de rápido consumo pero a su vez inteligente y con cierta complejidad que deja un buen gusto a boca en el espectador. Soderbergh cuenta una trama relativamente simple y chica, pero su alcance pretende llegar más lejos, apuntando directamente a la ambición y el poder detrás del deporte y la falta de escrúpulos que hay que tener para llegar a lo más alto. Condicionada con un atractivo y curioso apartado visual resulta entonces una buena propuesta para tener en cuenta a la hora de querer ver buen cine desde el sofá.

High Flying Bird” (Ídem, EE.UU, 2019) Dirección, fotografía y montaje: Steven Soderbergh. Guion: Tarell Alvin McCraney. Con André Holland, Zazie Beetz, Kyle MacLachlan, Zachary Quinto, Bill Duke. Calificación: 8/10.

Martín Imer (13/02/2019)

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