“Green Book: Una amistad sin fronteras” (Guilherme de Alencar Pinto)

Solidaridades cruzadas

La historia es real y ocurrió en 1962. El gran pianista Don Shirley (1927-2013) quiso hacer una gira por el “Sur Profundo” de Estados Unidos. Shirley era negro y seguían vigentes varias medidas segregacionistas en el Sur. Como precaución frente a los previsibles líos, Shirley contrató como chofer a un patovica vinculado con la mafia, Tony “Lip” Vallelonga (1930-2013),quien, como buena parte de la comunidad ítalo-estadounidense de la época, era racista. Según la película, en los dos meses que duró la gira creció una gran amistad entre ellos que duró toda la vida.

Para los productores, debe de haber sido un gran estímulo la inmensa repercusión de la francesa Amigos intocables(2011), en que un burgués parapléjico es sacado de su seriedad y depresión por un cuidador africano, irreverente e informal, y terminan muy amigos. La situación de chofer y pasajero trae a colación también Conduciendo a Miss Daisy(1989). En la nueva película una de las gracias consiste en la inversión de roles: el elitista (rico, finoli y serio) es el negro, y el “popular” (irreverente, con poca educación formal pero mucha calle) es el blanco. Esto complica el trasfondo sociocultural, ya que disocia los factores de privilegio.

Hay otros temas aun más interesantes que tienen que ver con la identidad. Shirley nunca se preocupó con la “negritud”: se vio a sí mismo nomás como un talentoso prodigio, becado a los 9 años por el Conservatorio de Leningrado, políglota, con doctorados adicionales en Psicología y Artes Litúrgicas. Pretendía actuar como pianista clásico, pero los managers lo convencieron de que no habría aceptación para un negro tocando Chaykovsky o Chopin, así que él hizo su carrera en una veta híbrida, con composiciones propias que combinaban elementos de música clásica, jazz y blues. Compuso un poema sinfónico basado —entre todos los libros del mundo— en el Finnegans Wake de James Joyce (la película omite esta referencia). En el film, Tony, quien siempre se mantuvo a raya de los “bolsas de carbón” (negros), es fan de Little Richard y Chubby Checker, a quienes Don nunca había escuchado. En el Sur, el racismo lo empuja a ser “negro”, y algunos de los momentos más punzantes de la película tienen que ver con eso. ¿Qué debe hacer Don: pelear por su vocación en un medio cultural que mayormente lo rechaza, o asumir un lugar entre “los suyos” y plegarse, así, a un orden determinado por la noción de raza? ¿Levantar la bandera de la negritud sería para Don Shirley un acto de rebeldía o de sumisión?

La película no decide conceptualmente ese dilema entre nuestras nociones intelectuales antirracistas y nuestro sentido común tribal: lo elabora nomás en esa forma medio mágica inherente a la narrativa clásica. Cuando, cerca del final, Shirley triunfa en un medio “puramente”, enraizadamente, negro (el bar de blues), lo tendemos a sentir como una consecuencia del desenlace, inmediatamente anterior, del momento más fuertemente antagónico de la película (su pequeña revancha contra los racistas pitucos del country club). Esa sensación de causa-efecto entre los dos eventos no obedece tanto a una lógica causal narrativa, sino a nuestra costumbre formal, según la cual en el cuarto acto del largometraje los héroes ganan fuerza y todo empieza a solucionarse. Luego de eso, en cuanto regresan al norte, es un alivio constatar que el policía no es racista, y eso es señal de que volvimos a la zona segura. Ese efecto se refuerza con el cambio positivo (tampoco motivado lógicamente) en la disposición de los familiares de Tony hacia un negro.

Es que, en el fondo, más allá de comunicar una sincera simpatía por distintos tipos de oprimidos (negros, pobres, gays, mujeres) y de dedicar una parte del metraje a sensibilizarnos con respecto a esas causas, lo que realmente importa y lo que el espectador lleva del cine entrañado en su afecto es la amistad y el sentido de superación. La estructura es muy parecida a la de una comedia romántica: compárese con Lo que sucedió aquella noche, de Frank Capra (1934), que también es un viaje por los Estados Unidos, en que el personaje más varonil es el más popular y canchero, y el otro es el de más elevada condición social.

Esa referencia súper-clásica viene a colación, porque esto es Hollywood en su mejor expresión. La prioridad otorgada a la narrativa, con los factores socioculturales operando como un trasfondo (no por ello falto de importancia) implica una conexión con esa tradición que es a prueba de balas y que la industria, cuando se apega a ella, sabe realizar con excelencia: mueve simpatías, encanta, arranca risas y lágrimas, y salimos del cine felices y satisfechos. Es tan de verdad y tan infalible como una velada de blues en un club chiquito de Chicago, un partido de básquetbol de la NBA o una lata de pork and beans. Nadie lo hace mejor. Basta ver, justo al inicio, el plano magnífico en que enfocamos de costado el rostro de Bobby Rydell cantando mientras, al fondo, fuera de foco, discernimos a Tony, que saca del restorán al tipo que estaba armando lío.

Ese restorán es parte de otro vínculo gozoso con una tradición de Hollywood. Se trata del famoso club nocturno Copacabana, muy asociado a la mafia y escenario de escenas memorables en películas de Martin Scorsese y muchos otros. El Tony Lip histórico trabajó ahí durante muchos años, y quedó tan asociado a ese ambiente que muchas veces lo llamaron para hacer puntas como mafioso en cine y televisión. Aparece en los tres referentes audiovisuales modernos más fuertes sobre la mafia italiana: El padrino(Francis Coppola, 1972), Buenos muchachos(Scorsese, 1990) y la serie Los Soprano. Así que las críticas de que la interpretación de Viggo Mortensen como Tony es estereotipada no tienen sentido: su personaje es el estereotipo. Es increíble la manera como el danés-estadounidense Mortensen lo incorpora a perfección, quizá beneficiándose de sus muchos años de residencia en Argentina. Su actuación, así como la del formidable Mahershala Ali, cuenta entre los muchos atractivos de esta película deliciosa.

Green Book: una amistad sin fronteras” (Green Book), dirigida por Peter Farrelly. Con Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini. Estados Unidos, 2018. Torre de los Profesionales, Casablanca, Alfabeta, Movie Montevideo, Portones, Nexxt (Punta del Este), Punta Shopping.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 06/02/2019)

Un comentario sobre ““Green Book: Una amistad sin fronteras” (Guilherme de Alencar Pinto)”

  1. A mi no me gustó la película. No me llegaron al corazón los dos personajes y su relación.
    Me pareció muy previsible todo lo que pasaba.
    El tema del racismo ha tenido muchas películas mucho mejores.
    No me pareció para el Oscar.
    Me perdí la delicia de esta película. Que pena para mi.
    María Fonseca

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