“La vigilante del futuro” (Guilherme de Alencar Pinto)

Robot con raza

La mayor Mira Killian es una cyborg: su cerebro humano habita un cuerpo cibernético superpoderoso. Por algún motivo, cada vez que ella sale a dar pelea se saca la ropa, ingrediente importante en un rol actuado por Scarlett Johansson y que será bienvenido por cualquier varón dotado de un mínimo de voyeurismo, aunque se trata aquí de un cuerpo medio plástico, con cola pero sin vagina ni pezones. La acción tiene lugar en un futuro dentro de unas pocas décadas en una megalópolis no especificada. La Mayor integra Sección 9, una fuerza de elite dedicada a combatir el terrorismo. Poco a poco Mira se da cuenta de que, en realidad, el gran villano no es quien piensa que es, sino la empresa de robótica que creó su cuerpo.

La película está basada en una serie de mangas editados a partir de 1989, y sobre todo en el animé de 1995, lanzado aquí por Cinemateca en enero de este año con su título en inglés Ghost in the Shell, uno de los grandes exponentes del género. Los problemas que entraña toda adaptación están, por lo tanto, multiplicados en este proyecto, que implicó condensar distintas historias, trasladar al cine con actores lo que supo ser dibujado, producir en Estados Unidos creaciones japonesas, plasmar en un blockbuster obras realizadas con medios mucho más modestos, y tratar de refrescar en 2017 la sensibilidad cyberpunk que era novedosa en los 80 y 90.

Obviamente, fue complicado y el guión pasó por seis o siete manos distintas (sólo tres de los escritores figuran en los créditos). La franquicia conocida en occidente como Ghost in the Shellatrae, fuera de Japón, sobre todo a un perfil de nerds consumidores de animés y mangas: para los demás, esto será nomás una película de ciencia ficción en que Scarlett Johansson usa su cuerpo escultural para patear decenas de villanos. Se sabe que son esos espectadores primerizos quienes van a constituir la mayoría del público si se pretende recuperar el presupuesto multimillonario y ganar plata, y hubo que cuidar muy especialmente la posibilidad de que fuera liberada para mayores de 13. Así que al original hubo que simplificarlo y lavarlo. Los nerds van a despreciar la simplificación, y para los otros las referencias al animé resultarán superfluas y desnecesariamente confusas. Un proyecto mal parido.

El resultado es una de esas películas en que la historia corre en forma tan precipitada que no hay involucramiento: si la música es triunfal quiere decir que el que murió estuvo bien matado, si es dramática y triste, entonces qué lástima, murió uno de los buenos. El animé original se detiene para que los personajes discutan la naturaleza de la vida, de la individualidad y de la evolución, en términos escuetos pero serios. Aquí esas reflexiones están reemplazadas por un mero aire kitsch de “se están tratando temas profundos”, pero los personajes no dicen sino bobadas maniqueas sobre los males de la tecnología cuando se abusa de ella (el consabido complejo de Frankenstein) y enseñarnos que las grandes corporaciones son villanos a los que resisten unos pocos individuos heroicos (entre los cuales Michael Pitt da a su personaje un insoportable aire de adolescente en crisis).

Aunque hay varias secuencias que son traslaciones plano a plano de momentos emblemáticos del animé de 1995, el concepto visual general es muy distinto: una especie de cocoliche saturado de objetos y colores que hace pensar en una tienda china de artículos baratos para turistas. Es un esfuerzo y un gasto tremendo, pero se hubiera requerido quizá el doble para obtener la definición visual necesaria para esos ambientes recargados de detalles. Así que al gusto dudoso de ese diseño colorinche se suma una realización que, para los estándares hollywoodenses, es de segunda clase.

Es deprimente ver actrices como Juliette Binoche y la propia Johansson desperdiciadas en ese tipo de roles. Aun más deprimente es ver la manera en que Hollywood viene comprando “héroes de acción” asiáticos para hacer unos papelitos chotos en filmes protagonizados por yanquis que tienen menos gracia que ellos, y en el camino vaciando de talentos y de estrellas el cine de acción asiático, que venía siendo el mejor del mundo. Aquí Kitano Takeshi hace el rol de Aramaki, el comandante de Sección 9. Su autoridad no implica amenaza física (en los dibujos, es un viejo flaquito y petiso). Pero de repente, para justificar la presencia del actor, el veterano incorpora sin previa explicación la persona “Kitano”, evade en forma híper-ágil un ataque masivo de ametralladoras y liquida con tiros certeros a un montón de enemigos. Cuando mata al último de ellos en una pileta, tenemos una de las metáforas más fálicas que haya visto para un disparo eficaz: Kitano de espaldas, bloqueando la imagen del adversario tumbado, la pistola enorme en la mano y espesos chorros de agua hacia los costados a la altura de su bajo vientre.

La controversia

La ciudad que ambienta la acción es una mezcla de Hong-Kong con Tokio, con carteles en japonés, chino, coreano e inglés. Aramaki es el único personaje que habla japonés, los demás, asiáticos o no, hablan inglés. Los asiáticos son minoría entre un contingente de personas con tipología nórdica, maorí y mulata. En los hechos, los actores principales de la película proceden de Estados Unidos, Japón, Dinamarca, Singapur, Francia, Inglaterra, Australia y Malasia.

Se está calentando una controversia por la elección de Scarlett Johansson para el rol de la Mayor, un personaje cuyo cerebro es japonés y pertenecía a una persona llamada Motoko Kusanagi. Varios críticos ven esa elección como un caso de whitewashing (“blanqueamiento”) de lo que debiera haber sido un rol interpretado por una persona de facciones asiáticas. La estadounidense de ascendencia vietnamita Diep Tran, de la revista Salon, fue especialmente violenta en su diatriba contra la actriz, quien, según ella, debería haber rehusado el rol para dejar la oportunidad (y la plata) a una asiática o asiático-descendiente.

Habría que ver si la productora Dreamworks hubiera pagado los 10 millones del cachet de Johansson a una actriz menos famosa, y si hubiera arriesgado los 110 millones de esta producción sin reposar en las expectativas de taquilla asociadas con la estrella. La hipotética actriz asiática hubiera recibido un sueldo mucho más bajo y la película hubiera tenido menos difusión, con lo que ni la plata ni las oportunidades hubieran sido las mismas, y la renuncia de Johansson no hubiera tenido un efecto proporcional a la tentación con que se la compró.

El problema en todo caso es mucho más profundo, y empieza con la renuencia de la aplastante mayoría del público estadounidense a ver películas que no contengan rostros familiares, problema que, agravado por una cuota de racismo, implica que no hay en la actualidad una sola superestrella asiática en Hollywood. La militancia por la presencia de rostros asiáticos en roles protagónicos se dedica a tratar de contrarrestar esa tendencia, para emular los notorios progresos obtenidos con esta táctica en la presencia y valor de taquilla de negros en el cine estadounidense. Así que es injusto demonizar a la actriz, en forma individual, por haber aceptado el rol.

En este caso, sin embargo, plantear la “raza” de un robot es avanzar a un nivel aun más absurdo en el componente racista inherente a mucha política identitaria. Pero además el asunto es especialmente complejo en el caso de Japón. Tras la derrota en la Segunda Guerra, ese país prácticamente empezó su recuperación económica gracias a su industria de juguetes, y entre éstos se destacaban muñecos que siempre estaban dotados de facciones “blanqueadas” (ojos grandes y redondos). Esa tipología fue pensada previendo el rechazo que tendrían las facciones asiáticas en el mercado occidental condicionado por Pearl Harbor, pero también como síntoma de un acomplejamiento con respecto a Occidente, que ya se podía apreciar hacia 1935 en los influyentes dibujos de moda de Nakahara Jun’ichi (fue aparentemente el introductor de los ojazos redondos) y que se acentuó con la derrota.

El dibujante Tezuka Osamu fue quizá pionero en trasladar y exagerar esa apariencia occidentalizada a un personaje de historietas: su Astroboy, lanzado en 1952, en japonés se llama Tetsuan Atomu, es decir “átomo poderoso”, en alusión a la fuerza atómica de la que el propio Japón había sido víctima. Ese visual permanece hasta hoy como el clisé del estilo de los mangas y animés (es más, son lo que justifican que los mangas y animés tengan esos nombres distintivos y no sean sencillamente “historietas” o “dibujos animados” hechos en Japón). Hoy día ese estilo está tan asociado con la cultura japonesa que uno tiende a pensar esos muñecos como “japoneses”, pero su fundamento es todo lo contrario, es decir, una apariencia “blanca”.

En Japón cayó como totalmente natural y esperable que la versión live action de la Mayor fuera actuada por una occidental: lo contrario hubiera sido extraño, teniendo en cuenta que en los dibujos sus ojos además de redondos son celestes, y que tiene un cuerpo longilíneo (dicho sea de paso, tampoco tiene vagina, aunque sí pezones). La potencia editorial Kodansha, detentora de los derechos de la franquicia y del personaje, por supuesto aplaudió la elección y lo tomó como una vía de empoderamiento cultural (gracias a la estrella, más gente accederá a un producto cultural japonés).

La alternativa de poner a una actriz con facciones asiáticas tendría también sus ribetes cuestionables: hubiera sido muy paternalista tratar de enseñar a los japoneses, desde Hollywood, a valorizarse a sí mismos, y omitir en la película el componente de blanqueamiento profundamente arraigado en una de sus vetas culturales más prósperas e influyentes hubiera sido poco fiel al espíritu del original. Mucho más alevosa es la traición de esta película a la inteligencia y a la sutileza del original, y esto sí que hubiera podido tomarse como un insulto. Pero quienes desataron esta polémica parecen preocuparse mucho más por el aspecto de la Mayor que por su cerebro.

La vigilante del futuro” (Ghost in the Shell), dirigida por Rupert Sanders. Basado en serie de mangás de Masamune Shirow y diversos animés basados en éstos. Con Scarlett Johansson, Juliette Binoche, Pilou Asbæk. Estados Unidos, 2016.

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Guilherme de Alencar Pinto (La diaria, 03/04/2017)

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