«Gremlins» (Jaime Costa)

Terror, humor y moraleja

Steven Spielberg se ha convertido en uno de los productores más originales y exitosos del cine norteamericano. Sus películas son, sin lugar a dudas, un imán de taquilla de poderosa atracción. En los últimos años, todo lo que ha hecho ha contribuido a llenar las arcas de Hollywood, saneando una situación financiera que gracias a él -y a su amigo y ocasional socio George Lucas- puede volver a mirar a la industria cinematográfica como un negocio próspero y redituable. Basta nombrar los títulos de Spielberg para asociarlos inevitablemente con las mejores recaudaciones de la última década: Tiburón (1975), Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), Los cazadores del arca perdida (1981), E.T., el extraterrestre (1982), Indiana Jones y el templo de la perdición (1984). Pero Spielberg ha inspirado a su vez empresas de menor aliento, preferentemente inclinadas hacia lo fantástico y/o terrorífico, como Poltergeist (o Juegos diabólicos, 1982, director Tobe Hooper) y Al filo de la realidad (Twilight Zone, the Movie, 1983, directores Joe Dante, George Miller, John Landis y el propio Spielberg). Estas películas, pobladas de un arsenal de trucos, efectos especiales, dinamismo y humor, han probado a su vez la eficacia de su inspirador y un ingenio que no decae a pesar de las repeticiones.

Es que Spielberg ha descubierto que el cine puede ser también un gran juguete, una caja de sorpresas que se abre ofreciendo un multicolor abanico de posibilidades, un fantástico mundo de diversión que apela incondicional y astutamente a ese costado inocente e infantil que todo ser humano guarda celosamente en lo más recóndito de su subconsciente. Esa especie de «estado de gracia», puro e incontaminado, es el que responderá en definitiva al llamado de Spielberg, quien no tendrá empacho en acudir a las viejas aventuras de matinée (Los cazadores…, Indiana Jones), a la ciencia ficción (Encuentros cercanos…, E.T.) o al terror de lo sobrenatural (Poltergeist, Gremlins). A esta altura ya se sabe que su cine no es creativo ni renovador. Es, simplemente, un hábil productor comercial que evade la realidad para internarse en terrenos propios de la fantasía, tal como -ni más ni menos- lo hiciere el gran Méliès en los comienzos del cine, cuando éste nació como entretenimiento masivo, de gran arraigo popular. Spielberg ha devuelto al cine esa cuota de gozosa diversión que tuvo antes de convertirse en un arte serio y trascendente.

Gremlins no se aparta de esas premisas. Es un relato de horror bañado con esa cuota de humor que hace soportable los instantes más truculentos, y se apoya en la creación de un animalejo simpático pero temible. Introducido en una pacífica comunidad que se apresta a festejar la Navidad, el bichito alterará en buen grado las vidas rutinarias de ese idílico pueblito, aunque ello solamente ocurrirá porque los hombres aún no está preparados para recibir en su seno a tan noble ejemplar de la naturaleza. El culpable de todo el lío es un buen señor (Hoyt Axton), inventor fracasado de cosas que no sirven para nada, a quien se le ocurre regalarle a su hijo adolescente (Zach Galligan), un tierno animalito que ha descubierto en una tienda china de antigüedades. Con las recomendaciones del caso (no exponer al animalito a la luz, no mojarlo, no alimentarlo bajo ningún concepto luego de pasada la medianoche) el Mogway (tal es el nombre de la especie) ingresa en la vida familiar no sin que el espectador experimente una rara inquietud, propia de quien se enfrenta a lo desconocido. Las reglas serán violadas puntualmente, aunque solamente por error: al mojarlo, el Mogway se reproduce rápidamente; cuando recibe alimentos después de la medianoche sufrirá una extraña metamorfosis y se transformará en una peligrosa bestia de puntiagudos dientes y afiladas garras. Toda la vida del pueblo se verá alterada por esta circunstancia, hasta convertir la apacible víspera de Navidad en un infierno insospechado.

Hay momentos de suspenso que levantan permanentemente el interés del filme en forma casi cronometrada, no permitiendo que éste decaiga hasta el final: una batalla campal de la dueña de casa contra cinco monstruos que la atacarán imprevistamente, está resuelta con verdadera fiereza; la persecución que emprende el muchacho contra la bestia sobreviviente se llenará de temores genuinos, cuando el bicho penetra en un club deportivo y se lanza en busca de la piscina para reproducirse en forma descontrolada; el escándalo que provocan los Gremlins al tomar posesión de la taberna del pueblo, evoca con humor todos los vicios y las perversiones que el hombre ha inventado a través de las épocas. Un conveniente despliegue de efectos especiales que acompaña el movimiento de estos animales malignos, en un sorprendente y admirable alarde de técnica de animación. Es razonable pensar que los realizadores se deben haber divertido en grande inventando todo ese arsenal de recursos, pero hay que reconocer honestamente que saben contagiar esa diversión al espectador.

Para el director Joe Dante, especialista en el horror con ciertas cuotas de ironía (Piraña, Aullidos), la película resulta una buena oportunidad para colocar varias referencias cinéfilas: una odiosa anciana que odia a los perros recuerda inevitablemente a la bruja de El mago de Oz; el comienzo de la historia permite que los memoriosos identifiquen ese hermoso y nevado pueblito con el de ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra (1946) lo que está apuntalado por una escena de ese filme que aparece en un aparato de TV; la horrible metamorfosis de los Mogway se desarrolla dentro de unas caparazones similares a las de otro clásico de terror (Muertos vivientes, de Don Siegel, 1956), parte del cual se observa también desde otra pantalla de TV; la fascinación de los monstruos por un filme de Walt Disney (Blancanieves y los siete enanos, 1937) debe entenderse como una broma cruel hacia ese clásico del dibujo animado, que también asustaba pérfidamente a los niños. Todo responde en realidad a la voluntad de divertir por medio del escalofrío, según una vieja receta que es tan antigua como el cine mismo. Lo original, lo novedoso, lo que en definitiva es objeto de una hábil campaña publicitaria que arrimará muchos espectadores a las salas donde se exhiba Gremlins, es la invención de ese muñeco tan tierno como E.T., pero sin embargo tan temible cuando se hace mal uso de él. Terror, humor y moraleja son los componentes indivisibles de este producto ágil, divertido y original. No hay duda de que Spielberg podrá seguir contando tranquilamente su dinero. No tiene competidores a la vista.

«Gremlins» EE.UU., 1984. Director, Joe Dante. Libreto, Chris Columbus. Fotografía en color, John Hora. Diseño de producción, James H. Spencer. Gremlins creados por Chris Walas. Montaje, Tina Hirsch. Música, Jerry Goldsmith. Intérpretes: Zach Galligan, Phoebe Cates, Hoyt Axton, Keye Luke, Polly Halliday, Judge Reynolds, Frances Lee MacCain, Dick Miller, Glynn Turman, Scott Brady, Edward Andrews, Belinda Balaski. Producción Amblin Entertainment. Productores ejecutivos, Steven Spielberg, Frank Marshall y Kathleen Kennedy. Productor, Michael Finnell. Distribuida por Warner Bros. Estreno: Censa y Punta Gorda, 25/12/84.

Jaime E. Costa (Últimas noticias, 27/12/1984)

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