“La favorita” (Hugo Acevedo)

Miserias reales

Las sórdidas intrigas de poder de una nobleza alienada, ridícula y decadente constituyen la materia temática de La favorita, la osada, sarcástica y ciertamente transgresora película del realizador griego Yorgos Lanthimos, que cuenta con nada menos que diez nominaciones al Oscar, entre ellas la de Mejor Película.

Este es el sexto largometraje de Lanthimos, que ya impactó y se proyectó rápidamente al firmamento artístico con películas de la talla de Kinetta (2005), Canino (2009), Alpes (2011), La langosta (2015) y El Sacrificio del Ciervo Sagrado (2017).

En este film, el original cineasta se toma todas las libertades del caso para recrear los enrevesados entretelones de la corte de la primera monarca de Gran Bretaña Ana Estuardo, quien gobernó -en efímero pero no menos turbulento reinado- de 1702 a 1714.

Por entonces, Inglaterra y Francia, las más importantes potencias europeas de la época, combatían y se disputaban la hegemonía del mundo, que pese al raudo avance de los imperialismos, distaba de ser globalizado como en el presente.

Fue, en efecto, un tiempo histórico de abundantes guerras y conflictos, de miedos, de miserias, de prepotencias, de mezquindades, de soberbias y, por supuesto de banalidades.

Con la maestría de un auténtico retratista de la condición humana y apoyándose en un guión sólido y consistente, el cineasta indaga en un universo contaminado por las patologías humanas.

En este caso, la escenografía es naturalmente la pomposa corte inglesa de la reina Ana Estuardo (Olivia Colman) en pleno siglo XVIII, un teatro de ominosas maniobras e intrigas políticas palaciegas, pleno de oscuras conspiraciones subterráneas.

En tal sentido, la historia presenta a la soberana como una mujer solitaria, enferma, agobiada y rodeada de una multitud de conejos, con un entorno de obsecuentes alcahuetes liderado por Lady Sarah Churchill (Rachel Weisz), su amiga íntima, consejera y amante.

Es tal el grado de dependencia que tiene Ana con respecto a su primera cortesana, que esta incluso maneja los asuntos de Estado, toma las decisiones en materia de impuestos y hasta discute con los políticos las eventuales estrategias diplomáticas y militares para afrontar la guerra con Francia.

Empero, aunque el núcleo duro de la trama es esa relación enfermiza entre dos mujeres, la narración igualmente integra a un tercer personaje femenino: Abigail Hill (Emma Stone), una noble empobrecida y caída en desgracia que llega al palacio real con la manifiesta intención de recuperar su confortable sitial de antaño.

Sin embargo, es condenada a la peor degradación y relegada por su parienta Lady Sarah a un mero papel de fregona que padece casi en silencio, sin renunciar, en su fuero íntimo, a su aspiración de recobrar los privilegios propios de su rancio abolengo.

Empero, su innata inteligencia y la educación recibida le permiten acotar el tramo que le separa de la recámara real y ganarse el favor de la soberana, a quien masajea las rodillas aquejadas de gota (grave enfermedad que afecta las articulaciones).

Es tal el dolor que experimenta la reina, que el tratamiento de Abigail, que apela a un analgésico natural preparado con una planta, es una suerte de bálsamo o bien una bendición.

En tales circunstancias, la mujer -que combina la sagacidad con una soterrada perversidad- se transforma en la favorita a la cual refiere el título y deviene paralelamente en una competidora para la no menos pérfida Lady Sarah.

Sin abandonar la descripción de esa guerra privada entre dos mujeres tan ambiciosas como inescrupulosas, el film recrea la corte real de la época, con todos sus claros y oscuros.

En tal sentido, Yorgos Lanthimos y sus guionistas se mofan inclementemente de los grotescos personajes de la realeza inglesa, que se entretienen, por ejemplo, con aburridas carreras de gansos o con otros juegos más propios de niños que de adultos.

Por supuesto, no faltan otros pasatiempos propios de nobles aburridos y holgazanes, como participar en improvisadas competencias de tiro disparándole a aves en vuelo liberadas por sirvientes.

En forma absolutamente deliberada, los hombres ocupan un rol meramente marginal y secundario en este relato, pese al ridículo machismo que supuestamente les otorga al derecho de abusar de las plebeyas.

En tal sentido, la única excepción es el personaje de Robert Harley (Nicholas Hoult), quien encarna a un patético latifundista que se opone al aumento de impuestos a la tierra y aboga por el cese de la guerra contra Francia.

Filmada con luz natural, esta película propone una reconstrucción de época que fascina por lo minuciosa y esplendorosa. No en vano ha sido comparada con la inolvidable Barry Lyndon (1975), del maestro Stanley Kubrick, que también narraba la historia de un arribista que no dudaba en perpetrar toda suerte de estrategias inmorales con tal de obtener un título nobiliario.

La favorita es un tan explícito como descarnado retrato de la lucha por el poder en el universo de la alta nobleza, narrado con provocadora y crítica agudeza, sardónico humor negro y vitriólico sarcasmo.

Paralelamente, esta auténtica lección de cine, que propone un visionado fascinante por su excelsa y depurada formulación estética, es un desaforado ensayo sobre las miserias, la perversidad, la violencia psicológica, el canibalismo, la banalidad, la frivolidad y hasta la sexualidad lésbica, con tres actuaciones femeninas protagónicas de real excepción.

La favorita” (The favorite). Reino Unido, Irlanda, Estados Unidos 2018. Dirección: Yorgos Lanthimos. Guión: Deborah Davis y
Tony McNamara. Fotografía: Robbie Ryan. Montaje: Sam Sneade. Reparto: Olivia Colman, Emma Stone, Rachel Weisz, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, Mark Gatiss y Emma Delves.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital)

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