“La Mula” (Enrique Buchichio)

Haciéndose cargo

En la enorme trayectoria de Clint Eastwood como director (que comienza en 1971 con el thriller Obsesión mortal), hay todo un rango de calidades que van desde obras maestras (o casi) a películas mediocres, que parecen hechas casi que por encargo. Tanto unas (Los imperdonables, Río místico, Medianoche en el jardín del bien y del mal, La conquista del honor, Cartas desde Iwo Jima) como las otras (El principiante, Crímenes verdaderos, Deuda de sangre, El sustituto) son extremos de una filmografía tan extensa como variada, que por lo general ha mantenido un promedio de calidad. Una película de Clint Eastwood nunca será una mala película, aun cuando su guion sea pobre o elemental, porque el tipo es un excelente narrador y suele convocar a estupendos actores.

La Mula puede ubicarse perfectamente en una zona media de su carrera, junto con obras interesantes aunque imperfectas como Un mundo perfecto (1993), Poder absoluto (1997), Million Dollar Baby (2004), Gran Torino (2008), Francotirador (2014), entre otras. Lejos de ser una gran película, cumple con lo que promete y entretiene (algo básico que se le puede pedir a cualquier película comercial) pero está llena de lugares comunes, personajes estereotipados y facilismos de guion que le restan rigor dramático a una película que casi siempre cuenta con buen pulso narrativo.

En este caso, el guion de Nick Schenk (Gran Torino, El juez, la serie Narcos) parte de una premisa muy atractiva, inspirada en una historia real que fue publicada en un artículo de la revista New York Times: la de un anciano de casi 90 años que, por necesidad económica, se convirtió en mula de un cartel mexicano a través del estado de Illinois. El primer problema que nos plantea el guion es que es un poco inverosímil que este hombre de mundo (fue combatiente en la guerra de Corea, formó una familia, estableció un negocio, tenía amigos, se supone que miraba televisión…) ignorase para quién estaba trabajando, algo que según la película descubre a la altura de su tercer viaje. O sea, debemos creer que el personaje no tenía ni idea qué tipo de mercancía estaba transportando para una banda de mexicanos armados hasta los dientes, que le pagaban mucho dinero sólo por manejar su camioneta y atender un celular que había que destruir luego de cada viaje.

Es, de todos modos, un reparo menor porque aun sabiendo para quién trabaja lo sigue haciendo, básicamente porque es evidente el rédito económico que le genera (se compra una nueva camioneta 4×4 sólo después del primer viaje). Y este es quizás el aspecto más interesante del film: no se plantea un dilema moral ante el hecho de trabajar para el crimen organizado, sólo se duda cuando los tipos se ponen un poco violentos y cambian las reglas de juego. El otro aspecto interesante es el sentido del humor que le imprime Eastwood a su personaje, un veterano amigable – y algo inconsciente – que parece estar de regreso de todo y no tiene pelos en la lengua. Su relación con sus empleadores y sus secuaces luce un tanto ingenua e inverosímil por momentos, mientras en paralelo la investigación y cacería que emprende el agente de la DEA Bradley Cooper es un reguero de lugares comunes.

El corazón del film – porque todo film de Clint Eastwood tiene un gran corazón, aun cuando sea un film menor como es el caso – está en la culpa del personaje por haber descuidado y alejado a su familia (ex esposa Dianne Wiest, hija Alison Eastwood, nieta Taissa Farmiga). Todo este vínculo también es un gran cliché, pero no deja de ser el motor emocional del protagonista, y aquello por lo cual nos importa algo su suerte y sus posibilidades de redención.

Ya se ha dicho, y con razón, que el film comparte mucho con Gran Torino (del mismo guionista): Eastwood, quien se resiste a jubilarse como actor, encarna aquí también a un viejo solitario, ex combatiente de Corea, que ha alejado a sus seres queridos durante demasiado tiempo. También hay un vínculo repentino con personajes de otra etnia (en aquella eran los vecinos coreanos, aquí son los narcos mexicanos) que desafía las convenciones sociales y los prejuicios del personaje y, por qué no, del espectador.

En momentos en que se debate en Estados Unidos la intención del presidente Trump de construir un muro para evitar la inmigración ilegal desde México, es muy probable que La Mula no haya caído muy bien dentro del Hollywood liberal, que suele tener mucho aprecio por el cine de Eastwood. De hecho su última película ha sido ignorada en la temporada de premios (algo esperable por otra parte, porque es apenas una buena película), en la que reina precisamente Roma, de Alfonso Cuarón, una película mexicana de un director mexicano sobre una empleada doméstica indígena y en la que no aparece ni una sola mención al narcotráfico. Es decir, una película que exhibe otra cara del México que la industria del cine está acostumbrada a ver y mostrar, precisamente a la que Trump apela para conseguir su objetivo.

Pero para evitar que la película luzca como un desafío a lo políticamente correcto, algo que probablemente a Eastwood (un republicano de toda la vida) le importe muy poco, se incluye a un agente de la ley del mismo origen (Michael Peña) y a un esbirro del cartel (el argentino Ignacio Serricchio) que es, a pesar de su oficio, una buena persona. De estos contrastes también está hecho el cine de Eastwood, aunque La Mula no sea el mejor ejemplo.

Enrique Buchichio (Cartelera)

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