Balance (Fernán Cisnero)

El año en que Netflix conquistó el cine

La plataforma pasó de las series a ser un jugador clave en la industria cinematográfica.

Alguien puede encontrar cierta sana ironía en que la primera imagen que exhibieron las salas nuevas de Cinemateca Uruguaya (cuya inauguración debe figurar entre los acontecimientos cinematográficos del año) sea el logo de Netflix. Pero así son los tiempos: una cinemateca en función inaugural, presentó la película más importante del año, Roma, distribuida por la compañía cinematográfica global más relevante a nivel comercial y, ahora, artístico. Y que empezó como un video-club.

Hay coincidencia mundial (y ahí hay que incluir a este cronista) que Romaes la película del año. Y que entre las 10 mejores de 2018 (por lo menos para la selección de El País) hay que incluir al menos dos más producidas por el servicio de streaming, The Other Side of the Wind, el rescate de un proyecto inconcluso de Orson Welles y The Ballad of Buster Scruggs, de los hermanos Coen. También está Happy as Lazzaro de la italiana Alice Rohrwacher que también ya está en su grilla.

Al comienzo, Netflix fue visto como un refugio, básicamente, de series. En honor a eso, creó el concepto de binge-watching o sea darse una panzada de su serie favorita por un sistema on demand (o sea a gusto y tiempo del consumidor) y en streaming por una escueta cuota mensual. Supo ser una fiebre, cuyos efectos empiezan, parece, a disiparse, pero ocuparon conversaciones durante años.

Ahora, en una nueva etapa, la plataforma —fundada en 1997 como, sí, un video club online— se ha volcado a la producción cinematográfica para la que ofrece distribución y pantalla. Esa verticalidad del negocio fue la base del sistema de estudios de Hollywood que dominó el mundo hasta que en 1948 se hizo tan evidente el oligopolio que terminó sancionado por la Suprema Corte de Justicia: nadie podía ocupar todos los eslabones de una cadena industrial.

Netflix, para toda la modernidad que representa, recurre al mismo organigrama. De hecho, si la Metro Goldwyn Mayer solía alardear de que tenía más estrellas que el propio cielo, Netflix va por el mismo camino. Producirá, distribuirá y exhibirá películas con astros ya fichados como Meryl Streep, Ben Affleck, Eddie Murphy, Sandra Bullock y Dwayne Johnson.

Y en 2019, su logo encabezará los nuevos proyectos de tres directores ganadores de Oscar (Martin Scorsese, Steven Soderbergh, Guillermo del Toro), uno de los grandes independientes estadounidenses (Noah Baumbach) y, uno de los hombres más exitosos del cine industrial, Michael Bay, responsable, entre tantas cosas, de la saga Transformers, de las más taquilleras de la historia.

Ese tipo de cosas se arreglan con dinero. Netflix tiene unos 150.000.000 de suscriptores a nivel mundial que pagan alrededor de 10 dólares por el servicio. Esa cantidad de ingresos le ha permitido por ejemplo, prometer unos 55 estrenos anuales de material original y propio. Si a eso se le suma la producción documental y animada, Netflix producirá unas 90 películas por año; como recuerda The New York Times en una nota reciente, Universal, uno de los grandes estudios tradicionales de Hollywood, apenas roza las 30 producciones anuales.

Esos proyectos de Netflix llegan a tener presupuestos de hasta 200 millones de dólares, una cifra que, hoy, los grandes estudios solo pueden destinar a apuestas seguras como superhéroes, remakes o sagas.

La estrategia de Netflix parece ser una venganza para los recelos que generaron sus películas, pensadas para pantallas pequeñas, en los festivales de cine. El año pasado Cannes le dijo que no y este año los recibió el festival de Venecia donde se hizo del León de Oro a Roma, mejor guion a los hermanos Coen por The Ballad of Buster Scruggs y un premio especial paraThe Other Side of the Wind.

Este fue el año en que Netflix se adueñó del cine porque aunque no parecía su estrategia primordial aprendió que el prestigio, aún, viene en pantalla grande. Roma fue estrenada en cines, para poder figurar en los próximos Oscar y es posible que se llegue a acuerdos para hacer estreno en los dos formatos.

Alfonso Cuarón, por ejemplo, no había encontrado nadie que, aunque es su siguiente película después del Oscar por Gravedad, financiara una película en blanco y negro y hablada en español (y en mixteco) sobre un drama familiar en el México de la década de 1970. Netflix la produjo, le dio 150 millones de pantallas y una posibilidad de estreno limitado en cines pero aún mayor que lo que ofrecía una distribuidora tradicional.

Roma, que es una de las firmes candidatas a ganar algún Oscar, empezando por el de mejor película en habla no inglesa, representa, además, el comienzo de un nuevo paradigma en la exhibición cinematográfica.

Y quién lo iba a decir la supervivencia del cine depende del menos probable de los aliados. Una empresa que empezó como un video-club y hoy domina un mercado que está, como solía hacerse, formando a su medida.

Fernán Cisnero (El País, 26/12/2018)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *