“El repostero de Berlín” (Hugo Acevedo)

Pasiones encubiertas

El amor sincero, la pasión transgresora, la desgarradora tragedia de la muerte, los secretos, la intolerancia y la ortodoxia religiosa son las seis vertientes temáticas de El repostero de Berlín, la removedora ópera prima del realizador israelí radicado en Alemania Ofir Raúl Graizer.

Con frontalidad no exenta de sutileza, este film aborda la aún controvertida temática del amor homosexual, en contextos sociales, políticos y religiosos no demasiado propicios.

Empero, en este caso la visión del director y guionista no es nada complaciente, en tanto indaga en las pasiones ocultas pero explicitadas de los personajes, en este caso fuertemente condicionadas por su entorno ambiental.

En tal sentido, la historia está intransferiblemente cruzada por el ocultamiento de un pasional amor que emerge desde el corazón pero también desde la piel.

Aunque contemporáneamente la homosexualidad es menos observada con recelo que en el pasado, aun existen sociedades que condenan esa opción con idéntico rigor.

Obviamente, esa tendencia incide en algunas conductas, que, para adecuarse a las circunstancias y no oponerse al escarnio, optan naturalmente por encubrir sus inclinaciones y representan un papel en el entramado social que no sienten.

En ese contexto, El repostero de Berlín es una película frontal y despojada, que trasunta esos comportamientos humanos sin someterlos al escrutinio de la crítica.

En todo caso, lo que sí fustiga en cierta medida esta propuesta son los sentimientos ambiguos, los dobles discursos y la rampante intolerancia que aun sobrevive a los radicales cambios culturales.

El repostero de Berlín es la historia de un romance trunco y de sus protagonistas: el repostero alemán Thomas (Tim Kalkhof) y Oren (Roy Miller), un ingeniero constructor israelí que trabaja para una compañía en Berlín, a donde viaja todos los meses.

El enamoramiento mutuo se consuma a raíz de las permanentes visitas del profesional a la repostería del anfitrión y está indisolublemente ligado al sabor de los pasteles que este prepara.

El elemento revulsivo de la relación es que el visitante es casado y tiene un hijo en su país natal, por lo cual el vínculo debe permanecer en el más absoluto de los secretos.

Empero, el destino se cruza dramáticamente entre los amantes, cuando Oren muere en un trágico accidente de tránsito y genera un sentimiento de singular desolación, tanto en su esposa Anat (Sarah Adler) como en el infortunado Thomas.

El grave suceso genera una natural transformación en las sensibilidades de los protagonistas, que ahora deberán asumir la nueva realidad y procesar sus respectivos duelos.

Más allá de obvias diferencias, la segunda parte de este relato, que transcurre en Jerusalén, puede ser perfectamente parangonada con la trama de la inolvidable El juego de las lágrimas (1992), el monumental drama político de Neil Jordan.

Como se recordará, en ese film un combatiente del IRA viaja a Inglaterra para buscar a la pareja de un militar británico secuestrado, que murió trágicamente en un ataque. Lo que realmente ignora es que la mujer es realmente un travesti.

En este caso concreto, el repostero es quien encara la búsqueda de la esposa de su amante, quien coincidentemente es propietario de un establecimiento gastronómico.

Lo que sigue es previsible: el hombre le pide trabajo a la mujer y comienza a desplegar sus artes culinarios en materia de repostería.

Empero, como el repostero es alemán, la comida que prepara no se ajusta a la ley judaica y corre el riesgo de no conseguir el certificado kosher, que es una garantía de éxito.

La presencia del cocinero provocará más de una tensión, por las costumbres y las diferencias culturales existentes entre ambos países y por los conflictos emergentes de una relación que no es la mejor.

No obstante, el guión incorpora a dos personajes más a la trama cinematográfica: al ortodoxo cuñado de la dueña del comercio Moti (Zohar Shtrauss) y a la madre del muerto Hanna (Sandra Sade).

Ofir Raúl Graizer construye una escenografía argumental pautada por la mentira y el ocultamiento, porque Thomas no puede revelar que conoció a Oren y que compartió un romance con él.

Mientras evoluciona la narración, con Thomas y Anat desarrollando una relación cada vez más cercana, en el ambiente afloran otras cuestiones como el judaísmo y el nacionalismo, con una fuerte impronta conservadora e intolerante, acorde con la acérrima defensa de la tradición y de una moral arcaica e intransigente.

En tal sentido, en muchos casos las conductas sociales siguen estrictamente los preceptos emanados del dogma, que colisionan radicalmente con una visión bastante más liberal de las relaciones humanas, propia de sociedades abiertas y receptivas a las mutaciones civilizatorias.

En este auspiciosa ópera prima, Ofir Raúl Graizer administra, con singular sutileza, los tiempos narrativos pero también los diálogos y los silencios cómplices, los cuales trasuntan sentimientos que, en este caso concreto, no es posible explicitar.

En ese marco, el realizador juega inteligente con el tema de la identidad, que extrapola en esta historia con la identidad sexual pero también con la identidad política y religiosa.

El repostero de Berlín también imprime a su discurso una dimensión explícitamente simbólica y hasta alegórica, que en el relato está representada por la gastronomía, con todo lo que ella implica para el patrimonio cultural e identitario de las naciones.

El repostero de Berlín” The cakemaker) Israel, Alemania, 2017. Dirección y guión: Ofir Raúl Graizer. Producción: Itai Tanir. Fotografía: Omri Oppenheim. Música: Dominique Charpentier. Reparto: Tim Kalkhof, Sarah Adler, Roy Miller, Zohar Shtrauss, Sandra Sade y Tamir Ben Yehuda.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital)