“El primer hombre en la luna” (Hugo Acevedo)

Un mundo desolado

La crónica del primer astronauta que piso la Luna y comandó la nave espacial Apolo 11 que aterrizó en nuestro satélite natural en julio de 1969, es la materia temática de El primer hombre en la luna, el film biográfico del realizador norteamericano Damián Chazelle.

La película condensa parte de la vida de Neil Amstrong, comandante de la misión y primer hombre que piso suelo selenita, en medio de la tensa expectativa de millones de personas en todo el mundo que observaron absortos, en los rústicos televisores de la época, la consumación de un auténtico hito de la ciencia.

En este caso, el joven director, autor de las laureadas Whiplash: Música y obsesión (2014) y La la land: Una historia de amor (2016), indaga en la vida pública y privada del célebre cosmonauta, sin soslayar los entretelones de la misión y sus tumultuosos antecedentes.

Este film está dotado de una extrema sobriedad y despojado de los efectismos y artilugios técnicos habituales en el cine de industria.

Muy por el contrario, la realización se asienta en un planteo argumental que privilegia la humanización de los personajes y desestima toda apuesta al heroísmo chauvinista, que es característico de la cinematografía hollywoodense. Al respecto, uno de los aciertos de esta película es omitir el momento en el cual Neil Amstrong planta la bandera de su país en suelo lunar.

El primer hombre en la luna se adentra en la peripecia existencial por supuesto de Neil Amstrong (Ryan Gosling), quien afronta el momento más dramático de su vida cuando pierde a su pequeña hija, víctima de una enfermedad por entonces incurable.

Esta trágica contingencia, que merece un abordaje bastante extenso, se transforma en un estigma que marca al aviador y lo sumerge en una prolongada tristeza y melancolía.

Empero, esta coyuntura demuestra el singular temperamento del personaje, que llora en silencio y oculta sus emociones para demostrar fortaleza ante su familia.

En tal sentido, la historia corrobora que este dolor profundo y naturalmente irreparable lo impactó y lo indujo a buscar la liberación encarando una misión aparentemente imposible.

En efecto, el relato se inicia a comienzos de la década del sesenta, cuando los Estados Unidos padecían un considerable retraso en la carrera espacial, en la cual otrora competían con los Unión Soviética, en el marco de la denominada guerra fría.

Esa cuasi patológica obsesión por empardar los logros de las misiones rusas Sputnik 1 y Sputnik 2 (1957) y Vostok 1 (1961), devino en varios estrepitosos fracasos de la aeronavegación estadounidense. En algunos casos, el saldo de esas desmelenadas aventuras fue trágico en pérdida de vidas.

El film no soslaya en modo alguno las adversas reacciones públicas a tanto desaguisado, de quienes cuestionan la millonaria inversión en el programa espacial y el retaceo de los gobiernos de la época a otras urgencias.

Al respecto, es menester recordar que, en ese momento particular, la potencia hegemónica estaba embarcada –en la primera mitad de la década del sesenta- en una guerra intervencionista en Vietnam y en operaciones conspirativas en la Cuba revolucionaria y en otras naciones satélites de América Latina.

En forma no demasiado explícita, el film condensa esos momentos de tensión y el inconformismo reinante en vastos sectores de la población con las políticas de la Casa Blanca.

Empero, el relato se concentra primordialmente en la meteórica carrera de Neil Amstrong, quien abandona literalmente a sus afectos para concretar su proyecto de sumarse y naturalmente comandar el primer vuelo norteamericana tripulado a la Luna.

Al respecto, se percibe claramente la indiferencia del cosmonauta con su esposa y sus hijos, salvo en una escena en la cual baila con su compañera o cuando juega con uno de los pequeños. A excepción de ambas situaciones, se trata de un hombre gélido y pragmático, que parece no trasuntar sentimientos.

Empero, esa frialdad con su familia contrasta radicalmente con las reacciones experimentadas en su trabajo y con la extenuación y el estrés que le provocan las exigentes pruebas y simulacros a los cuales es sometido por parte de los técnicos de la NASA.

El guión otorga singular protagonismo al personaje de Janet (Claire Foy), la abnegada esposa del protagonista, quien demanda atención y exige que el astronauta sea sincero en torno a los riesgos que entraña la azarosa aventura espacial.

Pese a un planteo sobrio y que no dramatiza excesivamente las situaciones, Damián Chazelle sabe imprimir a la película una superlativa dosis de realismo y verosimilitud.

Por más que se sabe que la misión resultó exitosa, el realizador manipula con sapiencia las emociones de sus personajes, así como la carga de tensión e incertidumbre que requiere el relato.

Al respecto, resulta realmente claustrofóbico el visionado de la convivencia de los tres cosmonautas, a borde de la nave que los condujo a nuestra satélite natural y los transformó en una suerte de héroes, para consumo de un público literalmente alienado por la paranoia de la guerra fría.

El primer hombre en la luna es la prolija biografía de un hombre desolado que desafió el dolor de la pérdida ingresando en la mejor historia de la carrera espacial, una empresa que dilapidó millones de dólares que debieron tener otro destino para alimentar la vanidad de los científicos y la soberbia de los políticos.

Al frente de un reparto correcto, se destaca la interpretación protagónica de Ryan Gosling, quien, en el mejor papel de su carrera, encarna a un hombre tan inteligente como atormentado.

El primer hombre en la luna” (First Man). Estados Unidos 2018. Dirección: Damián Chazelle. Guión: Nicole Perlman y Josh Singer. Música: Justin Hurwitz. Fotografía: Linus Sandgren. Montaje: Tom Cross. Reparto: Ryan Gosling, Claire Foy, Jason Clarke, Kyle Chandler, Corey Stoll, Patrick Fugit, Lucas Haas, Pablo Schreiber, Ciarán Hinds, Aurelien Gaya, Ethan Embry, Christopher Abbott y Brady Smith.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital)