“Al otro lado del viento” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Alerta roja

Quien esto escribe es un incondicional admirador del difunto Orson Welles y en especial de su obra maestra El Ciudadano. Y daremos algunas razones para este reconocimiento:

Son numerosos los niños prodigio que conjuntamente con la infancia pierden los rasgos geniales. Orson Welles (1915, Wisconsin, EE.UU.) fue una de esas escasas excepciones: la genialidad se mantuvo intacta con el transcurrir de los años.

La radio no fue ajena a Welles, siendo memorable la transmisión dramatizada de La guerra de los mundos, de su casi homónimo H.G. Wells. El texto original, alternado con falsos informativos y ficticios discursos del Ministro del Interior y el Presidente de los EE.UU., generó una ola de pánico como jamás se había visto. Huyendo de la “invasión extraterrestre”, los habitantes de las ciudades buscaron refugio en el campo y viceversa.

Hollywood le ofrecerá un contrato sin precedentes: Welles haría un film anual, del que sería productor, director, guionista o interprete, o todo ello a la vez.

Durante un año vio y estudió los mecanismos del cine, descartó algunos proyectos, y en julio de 1940 inicia el rodaje de El ciudadano, con guión escrito junto a varios colaboradores y elenco proveniente del Federal Theatre y el Mercury Theatre.

No por casualidad, la historia tenía sus semejanzas con un muy real y poderoso personaje: William Randolph Hearst (1863-1951),multimillonario magnate de una prensa popular no ajena al sensacionalismo. La irritación de Hearst fue irónicamente respondida por Welles, señalando que no existía vínculo entre éste y su “imaginario” Kane.

Títulos signados por seres poderosos y maléficos, evocando a Charles Foster Kane, así se tratase de personajes shakespearianos.

En El ciudadano coexisten varios films: la historia del millonario, un relato acerca del periodismo, una historia de amor y ambiciones desmedidas, un asunto de suspenso con ribetes policíacos, cine político…

Estructurado sobre siete relatos sucesivos y acronológicos, su artificial mezcla de ficción y realidad, con inclusión de falsos noticieros, no es sino una nueva utilización de los artilugios desplegados en la transmisión radiofónica de La guerra de los mundos.

La formación teatral condujo a Welles a relacionar íntimamente al actor con el decorado y a partir de allí crear una nueva sintaxis cinematográfica definida como “montaje dentro del cuadro” o“plano secuencia”. En vez de fragmentar una escena en planos que presentaran separadamente a los personajes, el realizador y su fotógrafo Gregg Toland dieron el hecho en simultaneidad. La escenografía e iluminación (con peculiar marca expresionista), actuaban en consonancia con el clima y la interioridad psicológica de los personajes.

Los recursos desplegados por Welles ya estaban en films previos, pero fue su simbiosis la que le permitió hacer de El ciudadano una obra sin precedentes.Allí están: el expresionismo alemán y sus énfasis visuales; el relato fragmentado múltiple y superpuesto de la literatura de John Doss Passos, con el antecedente cinematográfico de El poder y la gloria (1933) de William Howard; el hábito documental del cine norteamericano de la década del treinta; y otros componentes que nunca habían sido utilizados deforma tan orgánica.

François Truffaut afirmó que “… El ciudadano es probablemente el film que dio comienzo a la carrera de más cineastas”. Sabía de que hablaba.

El hallazgo en Pordenone (Italia), de Too Much Johnson,cortometraje que se consideraba perdido, coloca en primer plano al poco conocido inicio cinematográfico de Orson Welles, autor de la ineludible El ciudadano (1941).

Los historiadores del cine, los estudiosos de Orson Welles, y los críticos, suelen saltearse a The Hearts of Age (1934), Too Much Johnson (1938) y The Green Goddes (1939), tres películas en blanco y negro, cortometrajes, mudo el primero de ellos, dirigidos por un juvenil Welles; había nacido en 1915.

The Hearts of Age (Corazones del tiempo), fue realizado por OW y William Vance, con libreto del primero y breve reparto integrado por OW, Virginia Nicholson, que fuera su primera esposa, William Vance y Paul Edgerton. En sus ocho minutos despliega una historia en torno a una anciana y la muerte, con inequívocas referencias al surrealismo–Buñuel y Dalí en especial- combinadas con encuadres que remiten al más puro expresionismo alemán y primeros planos de cuño eisensteniano. Para nosotros, este es un juego de los realizadores,ajeno históricamente a las vanguardias inspiradoras y fielmente re-creadas, cuyo interés proviene, casi exclusivamente, de la posterior trayectoria de Welles. Mientras que otras opiniones, como la de Richard France (Nickelodeon Magazine, 1999),destacan su montaje, realzando la fuerza expresiva de un material muy endeble, creando obra. Puede verse en internet.

Los eruditos Charles Higham, Barbara Leaming y Peter Bogdanovich, ofrecen escasa información acerca de estos cortos, otros importantes autores nada dicen. Cuando parecieron agotarse los hallazgos de film inconclusos de Welles, “Netflix” sacude con el anuncio de una reconstrucción de Al otro lado del viento.

Aguardamos largamente este rescate, y lamentamos haberlo hecho. Es insultante pretender hallar el talento wellesiano en estos despojos convertidos en carancanfún para el cual es mejor el olvido. Los muertos nose tocan.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

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