“Esta tierra es mía” (Homero Alsina Thevenet)

 

Esta tierra debe ser de Martínez Arboleya

Al examinar Esta tierra es mía conviene precaverse contra los habituales espejismos en que se diluye la discusión sobre cada película uruguaya. En cualquier esquina hay un señor pronto a decirnos que éste es un esfuerzo y que hay que contemplarlo, y hasta en alguna crónica del film se desliza, con injusta prioridad, el concepto de que aquí falta “gente de oficio” y “técnicos capacitados” (El Día, octubre 13). Esa es una extensa pamplina cuyo error algún día demostrarán los hechos. La primerísima falla de la película es la ausencia de un mínimo criterio para plantear su argumento y su sentido, y estamos muy seguros de que con todas las máquinas y punto máximo, una extensa carcajada de 15 minutos, en cuyo tema dramático se combinan las ingenuidades de la clásica Cenicienta con los malestares folletinescos en que se sacudían La solterona (The Old Maid, Edmund Goulding, 1939) y diez otras películas de Bette Davis. La ausencia de criterio está en la debilidad del argumento y en la notoria incapacidad de manejarlo, ignorando desde un principio cómo debe plantearse una situación dramática, y rellenando esa omisión con las fáciles imágenes del campo, las playas, las fiestas, la ruleta, las calles de Buenos Aires y las banderas uruguaya y argentina. Alguna espectadora de la función del estreno nos murmuró al oído, con acierto que no intentaremos disimular, que el tema del film pertenece a la famosa colección “Argumentos de cine rechazados” con que hace algunos años enriquecía su humorismo el periódico Crítica, de Buenos Aires; más trascendente es, sin embargo, el otro insistente murmullo de que luego de rechazar el argumento corresponde rechazar la labor del Sr. Martínez Arboleya, presunto director y argumentista, amante de monólogos y discursos, y hombre empeñado en perseguir con la cámara a cualquier brazo que se estira, a cualquier animal silvestre que corre, y a cualquier automóvil que se acerca por el camino, olvidándose de perseguir, en cambio, una mínima convicción para su tema. Si está por delante un hombre que no demuestra saber lo que quiere ni lo que hace, parece una aventura largarse a calificar, con adjetivos y nombres propios, el trabajo de todo otro colaborador del film, frente a la cámara o detrás de ella, y aunque aquí figuran unos veinte conocidos intérpretes de nuestro teatro de aficionados, ninguna censura es válida contra quienes actuaron sin director.

Si existieran una generosa intención y una mínima competencia para hacer cine, y no se tuvieran los medios técnicos y financieros para llevarlas a cabo, parecería comprensible que se recurriera al apoyo ajeno, y sería legítima la extensa lista de agradecimientos a entes autónomos, firmas comerciales y autoridades nacionales argentinas con que el film comienza. Sería legítimo y comprensible, también, que solicite el apoyo oficial del gobierno uruguayo, y habría una manera de entender que el Sr. Martínez Arboleya integre una Comisión que debió asesorar al Poder Ejecutivo sobre el cine que aquí se puede realizar. Pero la primera demostración que ofrece el interesado está muy lejos de aquella mínima competencia y en el mejor de los casos sólo es patriotera en su intención. Por este camino, el polvo que el film levante traerá muy temibles lodos, y preferimos creer que la tierra a que alude su título no es la nuestra ni la del lector: debe ser tan sólo del Sr. Martínez Arboleya, y podemos sacudírnosla fácilmente de encima.

“Esta tierra es mía” Uruguay, 1948. Director: Joaquín Martínez Arboleya.

Homero Alsina Thevenet (Marcha, 1948)

 

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