“El Sargento York” (Homero Alsina Thevenet)

Una gran película a medias

He aquí una de las escasas ocasiones en que el cine tiene oportunidad de defenderse de la contribución a la defensa de la democracia exigida por el gobierno estadounidense. Los hechos son históricos, y su solo relato ya deja caer la moraleja, no habiendo pues necesidad de que los escribas de Hollywood deban unirse en concilio para urdir alguna novela de ficción, porque la vida misma ya había proporcionado esa novela. Esta es la historia del sargento Alvin C. York, que en la Guerra Mundial de 1914-18 conquistó grandes laureles para el ejército americano copando con su sola mano y con un rifle a 132 soldados alemanes armados. El hecho, que las gentes  escépticas atribuimos a la casualidad o a buena suerte, pero constituye de por sí una buena contribución no sólo al culto de los héroes, sino también a un sentido de enaltecimiento de la nacionalidad que es conveniente principio para toda propaganda patriótica. Pero fuera de ello, que es el episodio de más relieve en la vida del aún vivo Mr. York, hay un suceso al que se le otorga mayor trascendencia -en su oportunidad la tuvo, pero históricamente las gentes no recuerdan ningún suceso individual de un soldado que no sea un acto bélico- y que es el de la conversión del protagonista a su personalidad militar. En efecto, por sobre todo lo que se homenajeara posteriormente al héroe de los campos de Meuse-Argonne, por sobre las medallas que recibiera y por sobre la fama adquirida, se destaca nítidamente la evolución, primero, de un desalmado y un borracho, a un creyente fervoroso, y segundo, de ese creyente fervoroso, hombre de paz y de principios morales, a un soldado cabal. Este último pleito entre el pacifista relgioso y el ciudadano que debía cumplir su deber, no es otro que el pleito entre Dios y su Patria que hoy debe dirimir tanto ciudadano americano, debiéndose hacer notar que la historia y la película están exigiendo a ese ciudadano y espectador que elija la Patria, como Mr. York lo hiciera luego de leer y pensar detenidamente.

Es muy natural que Mr. York puesto a pasear sus dudas y su reflexión solitaria, únicamente entre la Biblia y su historia Patria, eligiera el camino que le indicaba esta última, y fuera a la guerra dispuesto a cumplir con lo que se entiende su deber. Este hecho es singularmente lógico y la culpa de que hubiera un soldado americano más en algún lugar de Francia, no la tiene tan sólo ese mismo soldado, a quien le corría por las venas una sangre gitana ya demostrada antes de su conversión y después de su decisión pro-belicismo; sangre que, entre otras cosas, le hace matar alemanes con el mismo espíritu deportivo con el que grababa a tiros sus iniciales en los troncos de los árboles. La culpa es también, y esto sonará extraño al lector, de Mr. George Bernard Shaw, por no haber escrito 15 o 20 años antes sus Aventuras de una niña negra que buscaba a Dios, y en especial, su epílogo del libro. En efecto, si la obra fuese de 1912 y no de 1932, y si hubiese llegado, lo que es improbable, a las manos de Mr. York, éste se habría encontrado con un desapasionado análisis de las virtudes y vicios que tiene la Biblia, y se hubiese demostrado asimismo que no podía darle a ella un sentido único y particularizado pro paz entre los hombres, desde el momento en que se trata de un libro contradictorio, en el que se justifican las más inicuas matanzas al tiempo que se sostienen los preceptos pacíficos, ambas cosas “en nombre de Dios”, lo cual resulta muy discutible desde el punto de vista de la lógica. Este concepto sobre la Biblia que Mr. Shaw expone con una claridad meridiana, hace falta a todos aquellos que cifran basicamente su criterio en ella, y hubiera convencido a Mr. York de que la Biblia no tenía nada que ver en el asunto y de que las convicciones pacifistas pueden y deben existir no sólo por razones religiosas, sino morales e intelectuales a las que él, campesino simple y bravío, no podía llegar como no fuera casi un iluminado. Su adhesión a la guerra es pues perfectamente natural en él, pero resulta discutible en cambio, no digamos la eficacia de su ejemplo -que simples y bravías- sino a la validez de la propaganda pro intervención individual en la guerra, ya que somos muchos los que no nos vemos retratados con ninguna aproximación en la figura de Mr. York y eso no sólo por razones de altura física.

Pero es que precisamente aquí reside la habilidad e interesada honradez de la película, que no adultera la historia de los hechos ni saca verbales conclusiones de ellos, sino que cifra la eficacia de su propaganda en la abundancia de Yorks, es decir, de gentes estadounidenses, simples, creyentes en Dios y en la Biblia, y ortodoxas en su apreciación de los hechos, a quienes, por lo menos en parte, se les convencerá, con su nativo instinto de admiración a los héroes, de que la Religión y la Patria es Dios y otra es el César, de que la paz predicada en la Biblia se refiere a evitar peleas de cada uno con su vecino, pero no a las peleas entre naciones vecinas como Francia y Alemania, por ejemplo, y de que -esto es más importante- el hecho de que un individuo ofrezca su espíritu a Dios y sus músculos a la Bandera no traerá, segura y biológicamente, ningún desequilibrio interior. Las gentes estadounidenses, simples, creyentes y ortodoxas quedarán convencidas, pero convendría saber qué opina del sentido de la película el Sr. Erich María Remarque, alemán, antinazi y residente en los EE.UU. en el momento actual. En efecto, el Sr. Remarque -autor de Sin novedad en el frenteDe regreso  y otros libros antibélicos originados en 1914/18- negó consistencia a la renuncia del deber guerrero que Lew Ayres, basándose en esos libros, hiciera pocas semanas atrás, pues sostiene que la guerra mundial de hoy día tiene una misión, mientras que la anterior no la tenía. Convendría saber sí la opinión del Sr. Remarque, a causa de que la película toma un ejemplo de aquella guerra sin misión para la propaganda de ésta que hoy soportamos Ud., el Sr. Remarque, el Sr. Ayres, los productores de la película y el firmante.

Por otra parte, nótese que la falta de lógica y de criterio en la exposición de razones se hace más grave aún cuando se constata que Mr. York asesina alemanes en el frente de guerra con una cínica y criminal sangre fría, como si matara patos silvestres. Luego justifica acto de tal violencia diciendo que “había visto asesinar a sus compañeros y eso no lo podía tolerar“, pero nótese que con ese criterio se justificaría la guerra integral, hasta que no existiera un solo habitante en el mundo, pues cada uno iría a vengar a la muerte de un amigo, al tiempo que a provocar otra.

Sin embargo, la ausencia de validez que le encontramos a los argumentos pro belicismo de esta película, es precisamente otro fracaso de la teoría a las manos de la práctica, pues ocurre que los hombres prácticos son más en número y en opinión, y que el mundo está lleno de Sargentos que asesinan sin tener buenas razones para ello. Ante este hecho consumado, hay que inclinarse y reconocer que la película se limita a recoger los hechos sin hacerles correcciones -aunque presumiblemente haya omisiones- y si ésta copia de la realidad no nos parece plausible, la culpa no es sólo de la copia sino también de la realidad. Lamentemos este hecho, y lamentemos también que lo real no sea casi nunca lo racional.

REALIZACIÓN

Este apego a la verdad de las cosas es la causa de que sea admirable como espectáculo artístico toda la primera parte del film, en la que se nos expone la vida de pendenciero que llevara Mr. York, su conversión religiosa, sus esfuerzos de trabajador y su lucha por adquirir un hogar, fragmento que termina con su llamado a filas. El director Howard Hawks consigue aquí pintar admirablemente el ambiente campesino, con esa cosa de égloga y de poesía que tiene el campo cuando está dicho y sentido por un artista, pero de égloga en el buen sentido, es decir, sin olvidar que junto a la bondad, a la ingenuidad y a la vida simple de los campesinos, hay una ignorancia y una hostilidad cerril apenas atemperadas por la religión. La continuidad entre una y otra escena, esa sabia técnica para las secuencias fotográficas, un rumor musical de fiddles rascados y de aullidos de perros elevado en alguna escena por un verdadero valor de la música en sí -están catalogando la primera hora del espectáculo para su lista del “Debe Ver”, debiéndose anotar que el todo culmina cuando en la conversión a Dios de Mr. York, los coros de la Iglesia alcanzan, cantando Denme la Vieja Religión, una sin igual fuerza dramática.

Algún diablillo nos está hormigueando por dentro para que destaquemos al lector que no es seguramente una casualidad la presencia en el plantel de libretistas de ese talentoso llamado John Huston, a quien su obra El halcón maltés le está acreditando la responsabilidad completa de todo cuanto aparezca de notable en las películas en que él colabora. Por cierta intuición más o menos inexplicable, le estamos aplaudiendo a Mr. Huston, y casi solamente a él ese magnífico principio de la película, mientras que también suponemos que él se encontraba muy lejos del estudio y del libreto cuando en la segunda parte, que relata las acciones bélicas y el acto heroico de Mr. York, la cámara, la música y el sonido no alcanzan a elevar el nivel de la realización sobre lo ya visto en 200 películas que hablaban de la Guerra Europea y de la lucha de trincheras. Mucho más lejos estaba aún, cuando convertido el protagonista en héroe, todo es un cuento de hadas como para Shirley Temple, con una casita en el campo, la felicidad sobre cada hoja de cada árbol y el infantilismo imperando en un reino que la Cenicienta jamás alcanzó a soñar. La culpa de esto último la tiene el hecho de que los productores se vieron obligados a narrar sintética y objetivamente lo que ocurrió a Mr. York apenas fue héroe, y eso le quita a la película toda aquella naturalidad deliciosa del principio.

Como es precisamente en la primera parte donde se pintan las cosas tal como fueron, y donde los personajes está definidos con singular autenticidad, no ha de extrañar que el elenco interpretativo, mostrado allí totalmente, adquiera una exactitud de gesto y de movimiento como rara vez se ofrece a nuestro deleite. Gary Cooper rinde una de las mejores interpretaciones de su vida en el papel del protagonista – es difícil elogiar a quien ha estado siempre bien y siempre mejor, siempre dentro de su personaje, siempre magnífico- la actriz característica Margaret Wycherly hace de una madre de cansancio de años en la voz, indomable en su energía serena, en su presencia de cuerpo entero, profunda en la fijeza de su mirada; Walter Brennan detalla con sus triquiñuelas de gran viejo del cine al personaje del sacerdote -¡y al almacenero!- que convierte y ayuda a Mr. York; Dickie Moore pinta de un solo trazo una silenciosa y entera promesa de campesino hostil; Joan Leslie exhibe una simpatía fresca, verdadera y contagiosa; June Lockhart da con una triste sonrisa toda una definición de campesina joven, alegre y resignada a toda la tragedia que la circunda; y todos, todos en fin, colaboran con esa tan preciada apariencia de naturalidad que sólo los artistas consiguen en la ficción, para pintar esos valles de Tennessee de una sustancia humana y de un aliento dramático en que comienza su evolución este campesino simple que es Gary Cooper, el mismo Mr. Deeds de El secreto de vivir y el mismo Mr. Doe de Y la cabalgata pasa a quien el mundo y su creciente seriedad están azareando cada vez más a fondo.

Valga esa primera hora del espectáculo, y todo cuanto hay en ella de auténtico y moderno arte cinematográfico, para que confiramos a El Sargento York, pese a lo endeble de sus convicciones belicistas, un puesto de honor en lo poco bueno exhibido en este desvalido trozo de 1942.

“El Sargento York” (Sergeant York) EE.UU., 1941. Director: Howard Hawks.

Homero Alsina Thevenet (Cine Radio Actualidad, 1942)

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