“La hora del espanto” (Jaime Costa)

El vampiro vive al lado

Las historias de vampiros siempre retornan con renovado impulso, desde que la alemana Nosferatu de Murnau (1922) iniciara una cadena de adaptaciones de la novela de Bram Stoker que el cine norteamericano se encargó posteriormente de desvirtuar hasta la caricatura. Durante sesenta años, los vampiros aterrorizaron audiencias a través del rostro siniestro de Bela Lugosi (1931 y siguientes) y luego del muy atildado Christopher Lee (1958 y siguientes), perdiendo seriedad en el primer caso frente a Abbott y Costello y mezclándose con el barullento mundo moderno del “swinging London” en el segundo. Todavía otro alemán (Werner Herzog) intentó una segunda versión de Nosferatu con Klaus Kinski, respetando el aura romántica y fatalista de ese triste ser de ultratumba, condenado a vivir eternamente en la oscuridad de los tiempos. Nada nuevo podría agregarse a la historia del vampiro de Transilvania, a menos que alguien se tomara en solfa el asunto y le brindara un bienvenido soplo de humor, como lo hiciera Roman Polanski en su célebre Danza de los vampiros.

El libretista y director Tom Holland inventa una historia contemporánea donde un jovencito imberbe (William Ragsdale) descubre con lógico espanto que el vecino que se acaba de mudar al lado de su casa trae un ataud a cuestas y se dedica a mostrarle sus afilados colmillos a incautas muchachas que se aventuran dentro de ese lúgubre santuario del horror.

Claro que el muchacho no puede lograr que alguien le crea. Está demasiado obsedido por un programa de TV titulado precisamente La hora del espanto, donde un ex-actor en decadencia (Roddy McDowall) se dedica a presentar clásicos títulos del género terrorífico que él mismo protagonizara en el pasado con el nombre de Peter Vincent (¿homenaje a sus maestros Peter Cushing y Vincent Price?) y que le hicieran popular como el “implacable exterminador de vampiros”. Ante las burlas de madre, novia y amigos, pero con la certeza de no estar equivocado, el asustado chico recurrirá a la postre a buscar la ayuda de Peter Vincent, chocando con una incredulidad desalentadora. Quien no duda en cambio de las palabras del muchacho es el propio vampiro en persona, un buen mozo seductor (Chris Sarandon), capaz de transformarse en una criatura de horripilante aspecto si no le dejan vivir su larga vida en paz. La batalla será tremenda, incluirá la vampirización de la novia de Ragsdale, la de un amigo de éste muy propenso a las bromas (Stephen Geoffreys) y una pesadillesca noche en que las fuerzas del Mal desatan toda su furia sobre el pobre muchacho y su trémulo acompañante Peter Vincent, quien decide por fin ayudarle para descubrir que todo lo que aprendió en el cine no valía gran cosa, a menos que se crea firmemente en ello.

Lo que salva al filme de su natural vulgaridad es el humor con que se enfoca el tema, el tono de cosa cotidiana e inquietante, la gracia con que se desmontan los mecanismos habituales del género para recomponerlos nuevamente dentro de una lógica interna que se burla de los clisés habituales del cine de vampiros sin desmerecer sus consagrados mitos. De acuerdo con el autor, el vampirismo es solamente una forma de seducción, lo que se ejemplifica en la lograda escena de la discoteca, cuando Chris Sarandon conquista a la novia de Ragsdale (Amanda Bearse) por medio de una danza envolvente y perversa, al mismo tiempo que un gran espejo no devuelve su imagen. El recurso, más acentuadamente paródico, ya estaba en La danza de los vampiros de Polanski, pero hay que decir que aquí se reviste de una renovada frescura. Lamentablemente, Holland no persiste en esa idea, sino que se deja deslumbrar por los efectos especiales que el experto Richard Edlund pone a su servicio. De esa manera se cumple con la cuota de estremecimiento que deriva de una pasmosa transformación frente a la cámara (Stephen Geoffreys) o los efectos previsibles que los crucifijos y las estacas de madera causan en el asistente del vampiro (Jonathan Stark) y en el propio monstruo convertido en el mismísimo demonio. Ese arsenal ocupa los últimos tramos del filme y es mucho menos atractivo que el elegante juego previo de equívocos y amenazas, aunque es por cierto mucho más contundente. De cualquier modo, aquí hay una diversión inteligente, hecha con oficio, que sabe mover los resortes del suspenso y horror con soltura y eficacia, al mismo tiempo que se ríe discretamente de su tema en amplia complicidad con el espectador que sabe muy bien de qué se trata.

La hora del espanto” (Fright Night) EE.UU., 1985. Director y libretista: Tom Holland. Fotografía en Panavisión y color: Jan Kiesser. Diseño de producción: John De Cuir. Música: Brad Fiedel. Efectos especiales: Richard Edlund. Interpretes: Chris Sarandon, William Ragsdale, Amanda Bearse, Roddy McDowall, Stephen Geoffreys, Jonathan Stark, Dorothy Fielding, Art J. Evans, Stewart Stern. Producción: Columbia-Delphi IV Prod. Productor: Herb Jaffe. Estreno: Censa y Punta Gorda.

Jaime E. Costa (Ultimas noticias, 17/10/1986)

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