“Mi obra maestra” (Pablo Delucis)

El arte, y todo lo demás

El equipo que integran Mariano Cohn y los hermanos Gastón y Andrés Duprat, siguen metiendo sus narices, ojos y orejas en el mundillo del intelectualismo y del arte. En este caso, mientras Andrés figura nuevamente como guionista, Gastón dirige en soledad, pasando Mariano al rol de productor. Se dice que, en el próximo proyecto, los roles entre estos dos últimos se invertirán.

En especial en los dos filmes anteriores, el trío llegó casi a la excelencia. El hombre de al lado (2009), y más aún El ciudadano ilustre (2016), son trabajos especialmente irónicos, ácidos, entretenidos, potentes, reflexivos y de notable factura técnica. Todos estos calificativos ponían la vara muy alta y lo que hay que decir es que, sin llegar al nivel de las anteriores, estamos ante una película disfrutable y con muchos valores positivos.

La historia refiere a los distintos momentos por los que pasa la relación de dos amigos. Por un lado, tenemos a Arturo, un marchand altivo, elegante y bastante inescrupuloso y por el otro a Renzo, un pintor que gozó de gran prestigio en los 80´s, al que las deudas y el no sentirse reconocido, lo convirtieron en un bohemio y veterano gruñón con atisbos todavía de aquel talento. Si bien a lo largo de la narración, van apareciendo otras sub-tramas, estas siempre tienen a la historia central como punto de partida y referencia.

Estamos ante un filme que bien podría decirse que está definido a grandes rasgos, en tres partes claramente identificables. En el principio, y tomándose el tiempo necesario, se nos presenta a los personajes en base a un tipo de contrapunto que va de la mano con la comedia costumbrista. Al promediar la historia, se van desarrollando los conflictos más importantes, ya en un tono bastante más sombrío, mientras que, en el último cuarto ya cercano al final, alguna vuelta de tuerca reflexiva e irónica, trae consigo una cuota de frescura y redención.

Como ya es costumbre en las historias del trío, el tono amable con que se cuenta la mayoría de la anécdota, no esquiva para nada la crítica a determinados comportamientos para nada edificantes de la intelectualidad y del mundo de las artes. Un detalle para tener en cuenta es que Andrés Duprat, es actualmente el director del Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina, por lo tanto, conoce bastante el medio sobre el cual habla. Un gran mérito de este guionista, es la forma en que, al cabo del relato, inventa, deshace y rearma sus personajes sin que los zurcidos y variantes afecten una narración generalmente ágil y coherente.

A diferencia de lo que pasaba en los trabajos anteriores ya citados, en ciertos momentos, quizás como resultado de algunos hechos un tanto inverosímiles, se percibe cierta tendencia hacia la banalización y la superficialidad, no pudiendo ni siquiera alguna vuelta de tuerca apropiada e inteligente, disimularlo.

En los rubros técnicos, la película alcanza la mayor nota. Las locaciones elegidas, la puesta en escena y la fotografía de Rodrigo Pulpeiro rayan a gran altura, mientras que otra vez el acierto en el casting es evidente. Guillermo Francella y Luis Brandoni son realmente el marchand y el pintor en dos personajes a medida. También se lucen Andrea Frigerio como una snob millonaria y el español Raúl Arévalo (uno de los azafatos en Los amantes pasajeros, aquel fallido intento de Pedro Almodóvar), como un frustrado aspirante a alumno de Renzo, el pintor.

La gráfica esta vez, fue levemente para abajo, esperemos que la tendencia no se consolide y que el futuro de este trío por demás creativo, pueda traernos una verdadera obra maestra.

Pablo Delucis (Cartelera, 17/09/2018)

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