“Succession” (Mathías Dávalos)

Dinastía

En la noche profunda, alguien se mueve y se queja en su cama. Se pone de pie, se pregunta dónde está, da unos pasos en la oscuridad y orina sobre la moquete de su habitación en un apartamento exclusivo de Manhattan. Comienza Succession, serie de HBO.

Ese hombre es Logan Roy: magnate de origen escocés, dueño de Waystar Royko, un poderoso multimedio de comunicaciones. Logan es frontal, temperamental, intolerante, megalómano. Son las primeras horas del día de su cumpleaños ochenta en el que sufrirá un grave percance de salud. Es padre de cuatro hijos: uno de su primer matrimonio y los otros tres de su segundo. No tuvo hijos con su tercera esposa Marcy, que lo cuida casi como una enfermera. Ante la delicada situación del patriarca, se presenta el conflicto y se justifica el título de la serie: sucesión. Bienvenida la crisis.

El creador de la serie, el británico Jesse Armstrong (Peep Show), recurre al drama, a la comedia y por momentos al policial para forjar la base primaria de su relato: la sátira. Las influencias narrativas pueden ser variadas y amplias. Sugerimos algunas: William Shakespeare (El Rey Lear, Hamlet), Maquiavelo y su Príncipe; las series de televisión Game of Thrones, Dinastía, House of Cards, Billions, Arrested Development. Lazos de familia y de influencias revueltos bajo una estructura de poder vertical. Decisiones. Traiciones. Intolerancia. Ansiedad. Arrogancia.

El personaje de Logan Roy es de fácil comparación con célebres magnates como Rupert Murdoch o Donald Trump, más allá de la sólida labor del experimentado actor Brian Cox. Pero en sus hijos se cuelan los matices, al abarcar diferentes generaciones. El treintañero Kendall (Jeremy Strong) es el primero en la fila para la sucesión y tomar el lugar del patriarca; anhela renovar el imperio mediático —dejar de lado las cadenas de radio y de televisión por cable, y apostar por el presente y futuro que impone internet con sus plataformas— mientras se mantiene alejado de la cocaína y desea volver con su exmujer e hijos. El sesentón Connor (Alan Ruck) es el hijo mayor de Logan, pero sus fines son otros: de personalidad volátil —influenciada por el hippismo y por el trascendentalismo de Thoreau—, convive entre apariencias con una prostituta y dramaturga en un rancho de Nuevo México, a miles de kilómetros de Nueva York. La treintañera Shiv (Sarah Snook) es la única hija de Logan, además de su “favorita”: mas romántica y negociadora que idealista, es asistente de un candidato presidencial demócrata que aborrece todo lo que representa el apellido Roy para Estados Unidos. Roman (Kieran Culkin) es el más joven: inútil, malcriado, brutalmente sarcástico.

Parte de la familia, hay dos personajes secundarios que por su relación cómplice entre secretos y confidencias confirman el factor de comedia de Succession: Tom, prometido de Shiv, personaje ambiguo e histriónico (interpretado con talento por Matthew Macfadyen); y el joven Greg (Nicholas Braun), sobrino de Logan que actúa entre la inocencia y la viveza, enviado por familiares lejanos en busca de un empleo.

La primera temporada de Succession crece en intensidad y en tensión narrativa. Una serie que elige evitar las apariencias y, siempre afirmada en la sátira, exterioriza miserias y comportamientos humanos entre el disparate y la realidad. Una auspiciosa presentación de la familia Roy que enfatiza la relación de dominio de Logan sobre Kendall, más de padre a hijo que de jefe a heredero. En los créditos de inicio de cada capítulo vemos imágenes al estilo de un álbum familiar, y la última es la de padre e hijo posando ante un fotógrafo, décadas atrás. En esa breve y distante imagen —en ese breve y distante contacto entre ambos—radica el centro del drama. Un detalle esencial. “Nada es más importante que la familia”, dice Logan durante un discurso en el último capítulo de la temporada. Ni los celos ni los impulsos personales; ni siquiera la muerte.

Otro mérito de la serie es la resolución de escenas con cinismo crudo: un partido improvisado de béisbol de los Roy con gente de clase trabajadora; la preocupación de los hijos de Logan por las atenciones que recibirá su padre en un hospital; una reunión familiar en Nuevo México con finalidad publicitaria, con artículo de revista, set de fotografía y renombrado psicólogo incluido; estrenar una nueva oficina masturbándose contra un ventanal; la tensión durante una reunión para una votación vital mientras el líder del complot sufre el embotellamiento en las calles de Manhattan en el día de una amenaza de ataque terrorista.

En Succession no estamos ante otra historia sobre una familia rica o un rejunte de avaros. Sus personajes, sin excepciones, son falibles y no se destacan por ser luminarias siquiera del pensamiento empresarial. Los diálogos del guionista Adam McKay son contextuales, dinámicos, y la cámara de Mark Mylod hasta se permite provocar con el zoom en rostros impávidos sin desvalorizar el recurso ante la construcción de la trama. En estos últimos años extraños, de acumulación de productos políticamente correctos diseñados para la televisión y el streaming, insípidos y amparados bajo modas repentinas, la incorrección de la serie de Jesse Armstrong es lo que la diferencia y posiciona en otro plano. Más aventurado, más hostil, más honesto.

Mathías Dávalos (12/09/2018)

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