“Las herederas” (Hugo Acevedo)

Decadencia y emancipación

La soledad como condena, la soterrada discriminación, la vulnerabilidad, la decadencia material y la degradación son las cinco vertientes temáticas de Las herederas, la laureada producción del realizador paraguayo Marcelo Martinessi.

El film, que es coproducido por Uruguay entre seis países, obtuvo nada menos que dos premios Oso de Plata en la 68ª edición del Festival de Berlín y dos distinciones en el 58º Festival Internacional de Cartagena de Indias (Colombia).

Pese a esas valiosas credenciales, la película fue ácidamente criticada y descalificada en Paraguay, por plantear una situación que conmovió a la pacata sociedad guaraní: la relación de pareja entre dos mujeres maduras.

Ni el clamoroso éxito de la obra logró mitigar la controversia que se tejió en torno Las herederas, que fue abiertamente denigrada por la senadora oficialista Zulma Gómez.

El sorprendente hecho, que devino escándalo, se registró durante un acto solemne que se celebró en el senado paraguayo en el cual fueron homenajeados el equipo de dirección y el elenco actoral de Las herederas, por haber dignificado al cine del país con un trabajo cinematográfico galardonado internacionalmente.

Esta historia, que por lo visto conmovió a los jurados del Festival de Berlín, narra la peripecia de Chela (Ana Brun), una sexagenaria solterona, y de Chiquita (Margarita Irún), que es su pareja desde hace treinta años.

Como ambas proceden de familias acaudaladas y han heredado una decadente casona colmada de muebles rústicos y valiosa platería, han podido sobrevivir sin sobresaltos pese a la soledad.

En el decurso de ese prolongado periplo existencial, para mantener un status de vida medianamente decoroso han ido malvendiendo todo lo que poseen.

Las elocuentes imágenes trasuntan esa agobiante atmósfera de desolación, que se traduce en los espacios cada vez más vacíos de una vivienda oscura y solamente habitada por las protagonistas y una fiel sirvienta que se hace cargo de todas las tareas domésticas.

Día a día, van desapareciendo las valiosas colecciones de platos, los cubiertos, las teteras, los cuadros y hasta los muebles, contundente testimonio de una suerte de vacuidad que es material pero también es simbólica y emocional.

Evidentemente, esos objetos –cuyo valor ha sido radicalmente devaluado por el tiempo y el desuso-son meros resabios de tiempos de prosperidad que han quedado sepultados en el pasado.

Lo real es que, en el presente, las urgencias de esas mujeres maduras y desgastadas en materia de presupuesto familiar son, por supuesto, la alimentación y los medicamentos.

Empero, esa inalterable inercia cotidiana experimenta una aguda conmoción cuando Chiquita es acusada de estafa en un oscuro caso judicial y debe permanecer durante un tiempo en prisión.

Esa circunstancia acelera la emancipación de la tímida Chela, quien, casi sin proponérselo, comienza a trabajar a bordo de su automóvil como remisera informal para cubrir sus erogaciones.

Obviamente, esta experiencia tiene una doble connotación: una explícitamente económica y la otra existencial, porque esos viajes le permiten conocer otros barrios y hasta la caótica ruta que jamás había osado transitar.

El relato abre dos nuevas líneas narrativas: las visitas de la protagonista a su amiga presa en la cárcel y el vínculo con Angy (Ana Inavona), una mujer bastante más joven y vital.

En ese contexto, la lente de la cámara de Marcelo Martinessi hurga en la extrema miseria de la vida carcelaria y en las tertulias de un grupo de ancianas solas, que consumen lentamente el tiempo que les queda en partidas cotidianas de barajas.

Por supuesto, estas decadentes mujeres –que no parecen tener apremios económicos y viven naturalmente sin apuro – se entretienen también comentando los chismes y las habladurías del barrio y de la sociedad.

Aunque la política parece estar ausente, igualmente se filtra a través de las voces que emiten radios encendidas que nadie escucha, en una actitud indolente propia de un país que vivió durante décadas en dictadura y con altos índices de corrupción, cuyo presente no es tampoco demasiado auspicioso.

De algún modo, el director y guionista Marcelo Martinessi corrobora la recurrente indiferencia de los habitantes de su país con lo que sucede en las altas esferas del poder.

En esta historia el protagonismo es exclusivo de las mujeres, al punto que los hombres –que a la sazón son meramente marginales- están filmados siempre en un segundo plano.

En ese marco, el realizador invierte deliberadamente los roles de género, partiendo de la premisa que la sociedad paraguaya es rabiosamente conservadora, patriarcal y machista.

No en vano, en este caso, una dama de alta sociedad que jamás ha trabajado debe hacerlo para sobrevivir y su compañera asume responsabilidades penales, compartiendo incluso los mismos espacios carcelarios con mujeres pobres.

En esa circunstancia, que las protagonistas sean lesbianas supone más que nada un desafío de carácter simbólico a un statu quo social que está a años luz de la dinámica contemporánea.

Empero, contrariamente a lo que se podría suponer a juzgar por el escándalo que provocó en Paraguay, este film está concebido con una sobriedad cuasi aséptica.

A lo sumo, más que una historia de liberación sexual entre dos mujeres, Las herederas es, ante todo, una removedora crónica en torno a la emancipación femenina y un descarnado retrato de la decadencia en una sociedad que parece congelada en el pasado.

Las Herederas” Paraguay, Uruguay, Brasil, Francia, Alemania y Noruega 2018. Dirección y guión: Marcelo Martinessi. Fotografía: Luis Armando Arteaga. Montaje: Fernando Eptein. Reparto: Ana Brun, Margarita Irún, Ana Ivanova, Nilsa González, María Martins, Alicia Guerra y Yverá Zayas.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital)

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