“Los oportunistas” (Hugo Acevedo)

Confesiones ominosas

La ambición, el deseo y las peores compulsiones humanas constituyen el sustento temático de Los oportunistas, el nuevo largometraje del realizador italiano Paolo Genovese, que dispara una dilemática interrogante: ¿que serías capaz de hacer con tal de obtener lo que deseas”?

Como se recordará, este cineasta cosechó un reconocido prestigioso gracias a su taquillero film Perfectos desconocidos (2016), una comedia desencantada que reflexiona sobre la hipocresía, la mentira y la infidelidad, entre otras tantas disfuncionalidades.

Al igual que esa película precedente, que se desarrolla íntegramente dentro de un moderno apartamento, Los oportunistas transcurre exclusivamente en el acotado espacio de un bar-restaurante.

La otra similitud de esta película con Perfectos desconocidos es que ambas presentan numerosos personajes, que interactúan y generan situaciones conflictivas.

Partiendo de la premisa que el título original de esta historia es “The Place”, cuya traducción literal es “el lugar”, todo sucede dentro de ese local gastronómico, devenido, a la sazón, en una suerte de consultorio psicológico o bien en un confesionario.

A priori, no parece ser relevante ni la locación geográfica donde está emplazado el comercio ni el nombre de los eventuales personajes, que, en cada corte y siempre con gesto tenso y preocupado, salen e ingresan sucesivamente en el edificio.

Tampoco interesa el inevitable bullicio del público, el ruido provocado por mesas, sillas, copas, platos, cubiertos y bandejas y los ocasionales diálogos de los comensales.

En efecto, el único foco de interés parece residir en lo que sucede en la última mesa del salón, que está permanentemente ocupada por un hombre de talante adusto y aparentemente indiferente.

Lo realmente extraño es que ese individuo barbado y enigmático ocupa ese lugar sin moverse durante todo el día, limitándose a recibir consultas como si se tratara de un asesor.

Desayunando, almorzando o cenando, el ignoto protagonista (Valerio Mastandrea) no cesa de dialogar con las personas y de realizar anotaciones en una colmada agenda.

Nadie parece reparar en su presencia, a excepción de quienes acuden a su mesa sin compartir nada con él y de la camarera Ángela (Sabrina Ferilli), quien, mientras realiza la limpieza al final de cada jornada, no puede reprimir su natural curiosidad.

Mediante un trazo intransferiblemente intrigante, Paolo Genovese va delineando la escenografía donde transcurren los coloquios entre ese hombre sin identidad y quienes desfilan durante todo el día para entrevistarse con él.

La creación de micro-climas -un diferencial que ya estaba presente en Perfectos desconocidos– es uno de los recursos que emplea el cineasta para ir construyendo las identidades psicológicas de sus extraños personajes.

A esa auténtica mesa de negociación, donde el desconocido protagonista suscribe insólitos compromisos con sus interlocutores, concurren una anciana que debe colocar una bomba en un lugar público a cambio de que sane su esposo, una monja que debe romper sus votos de castidad para recuperar su fe, un hombre que debe matar a un niño para que su hijo sobreviva al cáncer, un individuo que debe proteger a una niña a cambio de sexo con una chica de calendario, un ciego que tendrá que violar a una mujer para recuperar la vista, una joven que debe robar dinero y joyas para ser más bella, otra fémina que genera una crisis en una pareja para que su marido vuelva a quererla y un policía cuya misión es encubrir un crimen para recuperar a su hijo.

Todos deben cumplir al pie de la letra lo encomendado por esa suerte de barbado Mefistófeles, a los efectos de obtener lo que desean. En muchos casos, la tarea es aberrante, ilegal o abiertamente inmoral.

La escenografía está constantemente cargada de aguda tensión, por los recurrentes desacuerdos, los avances y retrocesos, los enojos y las conductas explícitamente irracionales de los personajes.

Durante la hora y cuarenta y cinco minutos de duración, la historia transcurre íntegramente dentro de un espacio cerrado, lo cual sugiere una sensación de claustrofobia bien compatible con las actitudes de los propios personajes.

En ese contexto, la acción se nutre de relatos, que describen y verbalizan cómo esas víctimas y/o victimarios cumplen con las misiones asignadas, a menudo presionados por las propias circunstancias.

Sin emitir juicios de valor, Genovese interpela y nos interpela acerca de los reales límites de la ambición humana sometida a situaciones límite, acorde a una propuesta que apunta claramente a remover la conciencia crítica del espectador.

Ese talante deliberadamente enigmático deviene por momentos en una intriga hasta sobrenatural, en tanto el personaje protagónico carece de identidad y de origen y -aunque bebe café y come mientras aguarda a sus entrevistados- jamás duerme y tampoco experimenta cansancio ni emociones.

En ese marco, Los oportunistas es una suerte de alegoría fáustica que indaga en las más ominosas miserias humanas, en una suerte de puesta teatral que explora puntualmente los siete pecados capitales, más allá de eventuales reminiscencias religiosas.

Pese a que la narración se sostiene en diálogos que devienen confesiones en voz alta, el film trasunta la extrema fragilidad humana cruzada por los prejuicios, los dobles discursos, la hipocresía, la inmoralidad, la desidia y hasta la banalidad.

Los oportunistas” (The Place). Italia 2017. Dirección: Paolo Genovese. Guión: Paolo Genovese e Isabel Aguilar. Fotografía: Fabrizio Lucci. Música: Mauricio Filardo. Edición: Consuelo Catucci. Reparto: Valerio Mastandrea, Sabrina Ferilli, Alba Rohrwacher, Marco Giallini, Vitoria Puccini, Rocco Papaleo, Silvio Muccino, Vinicio Marchioni y Giulia Lazzarini.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital)

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