“Verano 1993” (Pablo Delucis)

Porque llorar

Los fuegos artificiales nos dicen de una celebración. Es la noche de San Juan, y Frida, con sus 7 años y aún en el desconcierto de haber perdido a su madre poco tiempo atrás, contempla todo desde una cierta lejanía. Es que su interés está puesto casi exclusivamente en ese rumor apenas audible que trae los comentarios de los mayores, y en los que de alguna manera entrevé e imagina su futuro. Ni siquiera la pregunta de un amiguito acerca de porque no llora (ese tipo de comentario que proveniente de un niño, puede justificarse por inocencia y/o curiosidad, pero que, si lo hiciera alguien con sólo algunos años más, podríamos hablar de maldad lisa y llana) logra cambiar su ánimo y su atención.

Y efectivamente, en esas conversaciones entre abuelos, tíos y primos, se estaba definiendo que la niña abandonaría la bulliciosa Barcelona en la que vivía con sus abuelos, para trasladarse a una zona rural de Cataluña donde la esperarían su tío, hermano de su madre, junto a su esposa y Anna, la hija de la pareja, unos pocos años menor que Frida. En primera instancia esto no parece alterarla demasiado; hasta en su postura en el auto en el que viaja, de dar la espalda casi inmediatamente al coro que la despedía para mirar hacia adelante, se percibe además de la lógica inquietud, cierto grado de esperanza. Estos sutiles, pero a la vez intensos primeros 5 minutos, adelantan lo que veremos en el resto del filme. Los ojos y oídos del espectador serán los de Frida. Todo lo veremos con su mirada y de una forma casi literal, ya que la cámara se posa generalmente a la altura de sus ojos y lo que ellos no captan o sus oídos no oyen, quedará casi siempre fuera de plano o con algún recorte muy parcial.

Carla Simón presenta con esta película su ópera prima y las referencias autobiográficas son muy claras. Cuando tenía 4 años, su padre muere de sida y dos años más tarde pasa lo mismo con su madre. Es en el verano de 1993 que se da todo lo narrado en el principio de este comentario.

El cine español tiene dos referencias muy claras al momento de contar historias que parten desde la mirada infantil en relación al tema de la muerte como algo tangible y de la toma de conciencia de que es algo que también puede pasarle a su entorno más querible y cercano. Ellas son El espíritu de la colmena (Víctor Erice-1973) y Cría Cuervos (Carlos Saura-1975), las dos protagonizadas por la niña Ana Torrent a sus 7 y 9 años respectivamente.

Esta película presenta el tema partiendo de dos premisas ante las que no claudica y que son uno de los muchos puntos fuertes del relato. La sencillez y la honestidad. Todo lo que Frida va viviendo y sintiendo, está mostrado con una imponente naturalidad, y no es una contradicción. Su duelo, la forma en que recuerda a su madre, sus dificultades de adaptación a una nueva familia que le brinda amor y contención, pero que por momentos involuntariamente le hace sentir que es la recién llegada y hasta en sus pequeños caprichos, algún enojo y hasta alguna mezquindad, no se recurre a golpes bajos ni al melodrama, sino que parten desde la más pura lógica del comportamiento infantil.

Esta vez, ese comportamiento no se muestra desde el tantas veces estereotipado y empalagoso tono que suele asemejar impunemente la conducta infantil con una especie de tontería un poco disimulada. Hay mucha profundidad en el sentir y devenir de Frida, y aquí lo más notable: esa profundidad no carece en absoluto de frescura y espontaneidad. El ejemplo mayor está en el entrañable, aunque no idealizado vínculo que se genera entre Frida y su primita Anna. Este punto merece una mención especial. Las actuaciones de Laia Artigas y Paula Robles – 7 y 4 años respectivamente – no hay forma de describirlas. Son de ese tipo de cosas que un comentario acerca de una película no puede llegar a describir, ya que solo se puede tener una idea viendo y sintiendo la película. Lo que sí se puede, es imaginar el trabajo y la paciencia de la directora y su equipo para lograr lo que se ve desde la pantalla. En este rubro, los roles de los adultos, en especial de David Verdaguer y Bruna Cusí, como los padres adoptivos de Frida, también rayan la excelencia.

El cine muchas veces nos enfrenta a nuestros sentimientos más primitivos. Esta obra de arte, lo logró – una vez más – con quien escribe esta nota. El final, no lo voy contar, solo señalo que no esperen desenlaces ampulosos ni rimbombantes. Eso sí, siempre en el marco de la naturalidad de la que hablé antes, estamos ante uno de los finales más emocionantes, humanos y liberadores que el cine ha brindado en los últimos años.

Pablo Delucis (Cartelera, 09/06/2018)

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