“El insulto” (Andrés Vartabedián)

La confusión entre orgullo y dignidad

Compitió en la última edición de los premios Oscar como Mejor Película de Habla No Inglesa; primera vez que Líbano es nominado en dicha categoría. Fue seleccionada para los festivales de Toronto y Venecia. Ha obtenido otros reconocimientos. Un filme cargado de buenas intenciones, con un ritmo atrapante, más efectista que efectivo, cuyo mayor pecado -quizá- es su didactismo.

Yasser (Kamel El Basha) es capataz en una importante obra que se desarrolla en un suburbio de Beirut, capital de la República Libanesa. Tony (Adel Karam) vive y trabaja en esa zona. Yasser es un refugiado palestino que, aun con credenciales sobradas para desarrollar su labor, se encuentra trabajando ilegalmente allí, justamente por su condición anterior. Tony es un libanés cristiano, militante de uno de los partidos vinculados a esa confesión religiosa más reaccionarios del país. Posee un taller de reparación de vehículos, y vive con su esposa Shirine (Rita Hayek), quien se encuentra embarazada, a pocas semanas de dar a luz. Yasser también está casado, sin hijos. Ambos parecen ser hombres íntegros, honestos, responsables en su trabajo, atentos con su familia. Llevan una vida ordinaria, sin grandes sobresaltos.

Uno de esos días rutinarios, Tony riega sus plantas, el agua cae desde su balcón a la calle y moja a Yasser mientras atiende su labor. El desagüe no debería dar a la calle, eso es ilegal. Yasser sube junto a uno de los obreros a ofrecer a Tony el arreglo del mismo; éste se niega rotundamente y les cierra la puerta “en sus narices” un tanto violentamente. El edificio no corresponde a su área de trabajo. Igualmente, Yasser ordena, de forma tan inmediata como inconsulta, que solucionen el problema del desagüe desde el exterior. Al darse cuenta de ello, Tony rompe a martillazos el caño colocado. Yasser lo insulta desde la calle. El insulto no parece ser de lo peor que pudiera escucharse; sin embargo, es un hecho que ataca el honor de Tony.

A partir de ese momento, el efecto bola de nieve será casi indetenible; casi irremediable. Casi indefendible, desde nuestro lugar. La espiral de violencia crecerá paulatina e incansablemente, como habiendo estado agazapada esperando, y soñando, con la primer chispa que la encendiera. La historia de esos hombres comunes comenzará, incluso a su pesar, a vincularse con la otra, la Historia con mayúscula, la historia como historiografía, la historia de sus pueblos, sus naciones, sus etnias, sus religiones, la historia que también ha sido transformada en Memoria, en construcción colectiva, política, que toma de aquélla sólo lo que le es útil. Lo privado se transformará en público, y ellos serán vistos casi como estandartes de lo que otros, muy lejos de ellos -a veces en tiempo, a veces en espacio-, han generado, a veces fabricado. Para algunos, serán simplemente seres funcionales a causas que se benefician de estos orgullos particulares. Causas que, cada tanto, necesitan ser movilizadas desde la arenga más elemental, aun cuando la misma se base en hechos circunstanciales, aislados, casi nimios. Hechos concretos que se perderán en el camino de la comunicación mediática, de la comunicación propagandística, de la comunicación de palestra y estrado. Sus prejuicios individuales, alimentados por estas causas simplificadoras de lo Otro, se volcarán a las mismas para continuar alimentándolas. Crecer y recrudecer parece ser la consigna. El círculo se cierra.

Mientras tanto, Yasser y Tony continuarán reafirmando sus puntos de vista casi como sordos felices. Ni siquiera la palabra más cálida y hogareña logrará la mella buscada. Los hechos mantienen su curso: el embarazo de Shirine se ve afectado, el puesto de trabajo de Yasser también; intervienen la empresa, la política, los abogados, las calles toman partido, la hoguera se alimenta de basura. El ritmo con el que Ziad Doueiri relata, por momentos es trepidante. La cámara sostiene el nervio y lo incrementa. El crescendo de los sucesos se refuerza desde la banda sonora. Todo tan acorde como conocido. De todos modos, funciona. No nos da tiempo a dilucidar la confusión entre efectismo y efectividad. Podemos inferir que Doueiri ha adquirido parte de este dominio como producto de su formación cinematográfica en Estados Unidos e, indudablemente, de su participación reiterada junto a Quentin Tarantino como primer asistente de cámara.

Este realizador libanés, nacido en 1963, partió hacia “América” a los dieciocho años de edad, en parte como efecto de la guerra civil que viviera su país entre 1975 y 1990. Dicho mojón histórico -junto a sus secuelas-, tanto en su vida personal como en la de su tierra natal, es parte de lo que su filmografía refleja desde el inicio (West Beirut, 1998); también la violencia en la que está sumido Medio Oriente (El atentado, 2012).

Aquí en El insulto, ese aspecto de su preocupación como hombre y como realizador aparece especialmente reflejado en el momento en que el enfrentamiento entre Tony y Yasser se judicializa. En el estriptis que emprenden los abogados, tanto de acusado como de acusador, surgirán como explicaciones de sus actos, de sus conductas y prejuicios -y como parte del propio “espectáculo” montado-, diversos hechos históricos que los comprenden como individuos producto de circunstancias históricas que los vieron involucrados, incluso sin quererlo, y que actúan sobre ellos, ya sea consciente o inconscientemente.

Es así que se dará cuenta, por ejemplo, de la masacre de Damour (1976), en la que diversas unidades de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), atacaron esa ciudad al sur de Beirut, asesinando a cientos de civiles, parte de la población mayoritariamente cristiana de la misma y provocando la huída de la mayoría de sus habitantes. Del mismo modo, se hará mención al Septiembre Negro jordano, el conflicto armado que involucrara al rey Hussein de Jordania y a la OLP y que culminara en la expulsión de ésta de aquel país, que había recibido cientos de miles de refugiados palestinos desde el fin del mandato británico sobre Palestina en 1948 y luego de la Guerrra de los Seis Días en 1967, y que viera el crecimiento de las bases de combatientes palestinos en los propios campos de refugiados allí instalados. En ambos casos, el común denominador es el sufrimiento de civiles inocentes producto del abuso de quienes detentan el poder de las armas y/o han optado por la violencia como mecanismo de reivindicación.

Los abogados sumarán un nuevo aspecto a la trama: representarán dos generaciones etarias con visiones diferentes sobre cómo abordar estas problemáticas que atraviesan la sociedad libanesa y que signan, sin dudas, su diario acontecer -el que estén encarnadas por padre e hija, intenta sumar, fallidamente, al cariz dramático de la trama-. Las tensiones ciudadanas existen, por pasado y por presente, pero la necesidad de convivencia es algo que todas las partes deberían entender y anteponer a su accionar. El cómo no debería dejar de lado el perdón, pero tampoco la justicia, parece decirnos Doueiri.

He allí parte de sus mejores intenciones. También de su peor ejecución. La idea de convencernos se impone y tiñe cada discurso: el de los abogados, el de la cámara. Se percibe el noble esfuerzo; también se nota demasiado. La sutileza artística empieza a quedar por el camino en nombre de sus mejores postulados humanistas. La imposición del discurso comienza a delatar los mecanismos y el artificio de su construcción. Las mejores posibilidades de manipulación del medio cine se sienten desaprovechadas.

Esto no lo invalida como hecho artístico, simplemente reduce la calidad de su realización. Menos aún invalida su planteo, simplemente reduce su efecto sobre algunos de nosotros. Quizá también debido a nuestro convencimiento de lo mismo: el pasado no pasa por decreto; no existe el monopolio del sufrimiento, aunque haya quienes lo sostengan; las víctimas no son “buenas” sólo por su condición de víctimas; las heridas individuales, producto de un sufrimiento colectivo, no sanan sin el reconocimiento del dolor inflingido por parte de su autor; el ejercicio de la justicia del hombre es imprescindible para toda reconciliación; la justicia asoma menos justicia a medida que el tiempo avanza, y de seguir tardando puede ser tarde; el perdón no comporta el olvido, ya que únicamente perdona quien recuerda; el rencor nunca libera, sólo ata, y ata contra la vida; la asunción de la complejidad del bicho humano se torna imprescindible para elaborar la mejor convivencia…

Nada es sencillo.

A pesar de este ejercicio crítico -deber de comentador- a pesar de la indispensable racionalización que impone el hecho artístico como forma de comunicación, un cine necesario; lamentablemente necesario. Por humanidad.

El insulto” Título original: L’insulte. Francia/Líbano/Chipre/Bélgica/EE.UU., 2017, 112 min. Dirección: Ziad Doueiri. Producción: Rachid Bouchareb, Jean Bréhat, Julie Gayet, Antoun Sehnaoui, Nadia Turincev. Guión: Ziad Doueiri, Joelle Touma. Fotografía: Tommaso Fiorilli. Edición: Dominique Marcombe. Música: Éric Neveux. Elenco: Adel Karam (Tony Hanna), Kamel El Basha (Yasser Abdallah Salameh), Rita Hayek (Shirine Hanna), Camille Salameh (Wajdi Wehbe), Diamand Bou Abboud (Nadine Wehbe).

Andrés Vartabedian (Revista Vadenuevo, 05/06/2018)

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