“Perdida” (Guilherme de Alencar Pinto)

Jólibud

Es un policíaco en su sentido más estrecho: la protagonista es una agente de policía, y la película cumple con las expectativas de ese género. El tono aquí es grave, sin la menor respiración humorística, quizá por lidiar con un asunto terrible (trata de mujeres). Me hizo recordar aspectos de El secreto de tus ojos, por ese tono grave, por ser una producción argentina potenciada con participación española y destinada a un público internacional, por el hecho de que la anécdota involucra un lapso de tiempo suficiente como para configurar un “pasado” en la vida de los personajes, a ser replanteado radicalmente en su sentido luego de, al menos, seis vueltas de tuerca radicales. No llega a ser tan glamorosa como El secreto de tus ojos, pero de todos modos tuvo sus recursos (rostros conocidos en un reparto numeroso, muchas locaciones, montones de planos, algunos efectos especiales, fotografía, dirección de arte y montaje elaborados, diseño de sonido muy cuidado).

El estilo es totalmente yanqui; eso incluye la puesta en escena, découpage, piñazos fuertísimos y música (canción final en inglés, por supuesto), y se extiende además a las actitudes de los propios personajes. Pipa es una policía vocacional, íntegra, corajuda, y la pared de su habitación es un tablero donde ella pegó las fotos y recortes vinculados a los casos que está investigando, y que ella contempla todas las noches, sobrecargada con el peso de sus responsabilidades. El jefe severo dispensa órdenes, se impacienta con que su subordinada no sigue totalmente las reglas, tranca la investigación porque no tiene la intuición aventurada de Pipa y, cuando la desobediencia de ésa se pasa de la raya, la obliga a ir de licencia y le pide la placa y el arma (eso, por supuesto, en el momento en que ella estaba muy cerca de una pista fundamental). El personaje de Alina es un calco de Lisbeth Salander (de la saga Millennium). Como suele pasar en las imitaciones de Hollywood, la película es más yanqui que los yanquis, en el sentido de que la mitad de las mujeres del reparto son como modelitos de pasarela, Pipa resulta ser (sin mayores explicaciones) una capa en artes marciales, y no guardo en el recuerdo haber rozado la retina con un solo personaje que no sea blanco. Es como si la elección de ese estilo a lo yanqui implicara construir una Argentina menos argentina, radicalmente distinta del país que apreciamos en el cine de José Campusano o en Madraza, por ejemplo. Luisana Lopilato parece haberse realmente esforzado mucho por trascender su perfil de rubia bonita, pero mismo así es difícil compatibilizar su cuerpo y su rostro con la forma en que se hubiera amoldado el físico de una detective peleadora, aun si en toda la película ella se viste de la manera más prosaica y menos llamativa que se pueda concebir.

Quizá Lopilato hubiera podido cumplir mejor como actriz si los diálogos no fueran tan pobres y esquemáticos: al fin de cuentas, hasta actores comprobados como Rafael Spregelburd y María Onetto están muy deslucidos acá. La historia está llena de incongruencias, inverosimilitudes, cabos sueltos. Para disfrutarla hay que cargarse de un espíritu bien de matiné. Yo soy fanático de cine, igual me distrajo verla, pero hay cosas mejores en la cartelera.

Lo más interesante, para mí, fue observar en la película muchos elementos de una sensibilidad feminista. No se trata tanto de aportes ordenados a un ideario, sino de la expresión de maneras de sentir, de distribución de simpatías y atenciones. No conozco la novela en que está basada la película —Cordelia, de Florencia Etcheves— pero es posible que esos rasgos deriven de ahí, ya que la autora tiene la reputación de ser una periodista comprometida con los derechos de las mujeres. Pipa es excelente en un tipo de trabajo ejercido por apabullante mayoría de varones. Lleva su vida sin expectativa alguna con respecto a varones (inclusive en lo amoroso-sexual). Sólo le interesan los casos de trata de blancas y niñas secuestradas, y descuida otros casos: no le importa la generalidad de la ley y del orden. La persona que la impulsa —con velada pero concreta autoridad— a insistir en el caso de la desaparición de Cordelia es la madre de ésta (una figura matriarcal). La amistad entre mujeres parece ser el sentimiento más poderoso y definitorio en, por lo menos, cuatro de las personajes más importantes. Vemos la violación de una adolescente y mujeres que son golpeadas, asesinadas y esclavizadas por varones, y esas escenas son puro horror (desprovisto de esa especie de morbo ambiguamente sádico que supo involucrar esos elementos en cines de explotación de hace décadas). Una vez que la película es “a lo yanqui”, también hay catarsis: Pipa muele a golpazos a diversos varones, y otra personaje le clava un abridor de libros en el cuello de un odioso traficante de mujeres. Hacia el final de la película una personaje femenina va a ejecutar a uno que representa claramente una figura paterna y que es, además, un agente de la ley —obviamente, corrupto y connivente con la trata-—, que puede verse casi como una alegoría del patriarcado. Hay un varón que se suicida para proteger a la mujer que ama, pero nadie (ningún personaje, tampoco el tratamiento narrativo) se compadece. Los varones que ejercieron la trata no tienen perdón, pero hay también una traficante mujer, que supo secuestrar, prostituir y vender gurisas. Descubriremos que ella misma había sido víctima de secuestro y maltratos, y luego de eso (¿en consecuencia de eso?) se convirtió ella misma en explotadora. Pero ella sí va a merecer perdón, de los personajes que la conocen y, en cierta manera, de la película, ya que la narrativa se desocupa de la cuestión de su culpabilidad y prefiere enfocar la resolución narrativa con respecto a sus vínculos afectivos y la lenta recomposición personal luego de los traumas que sufrió.

Perdida”, dirigida por Alejandro Montiel. Basado en novela de Florencia Etcheves. Con Luisana Lopilato, Amaia Salamanca, Rafael Spregelburd. Argentina/España, 2018.

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Guilherme de Alencar Pinto (La diaria, 08/05/2018)

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