“Los cuerpos de los astronautas” (Andrés Vartabedian)

Suspendidos entre la resiliencia y la ternura

Por 36° año consecutivo, Cinemateca Uruguaya -institución resiliente si las hay- organizó su ya clásico Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay. Para el jurado de la sección Nuevos Realizadores -que tuve el honor de integrar-, éste fue el mejor filme de los trece en competencia. Un hallazgo de hipnótica belleza.

Majachkalá se encuentra en el Cáucaso norte. Es un importante puerto sobre el mar Caspio y es la capital de Daguestán, una de las veintiuna repúblicas que conforman la Federación de Rusia. Allí nació Alisa Berger (1987), la realizadora de Los cuerpos de los astronautas, su ópera prima.

Alisa se define a sí misma como una cineasta y artista alemana, coreana y judía, que creció entre Lviv, en Ucrania, y Essen, en Alemania. Estudió en la Academia de Artes Audiovisuales de Colonia, Alemania, y en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá; actualmente vive y trabaja entre Colonia, Tiflis, en Georgia, y Tokio, en Japón (desde allí envió su alegre saludo al enterarse del reconocimiento recibido por su película aquí en Montevideo, Uruguay). Su filme fue producido enteramente en Alemania.

Una de sus posibles presentaciones ha quedado hecha. Tal vez no tenga mucha razón de ser en este artículo. Tal vez sí. Quizá sirva para empezar a conocerla y tenerla presente, atendiendo al inicial talento demostrado en su debut. El futuro dirá si es uno de esos nombres a seguir en el mundo del cine. Su carta introductoria es un gran punto de partida.

Quizá sirva para comenzar a interpretar la universalidad de su planteo, su desprejuiciado enfoque, su humanidad sin límites terrenales, su evidenciada pasión por el ser humano.

Aquí, en Los cuerpos de los astronautas, los seres humanos centrales son cuatro: Michael, el padre, y sus hijos Linda, Anton, dos adolescentes cercanos a los veinte, e Irene, la niña que no arribó a sus diez aún. La madre está, pero desde su ausencia. Larga ausencia que parece fluctuar entre la muerte y el abandono. Ello no se explicita. De todos modos, el baile entre Irene y su padre, con el fondo de lo que sería “su” música, y las fotografías que subsisten en el hogar, nos llevan a pensar más en lo primero. Su ausencia se percibe ya asumida, sin lamentaciones.

Mientras tanto, el padre presente, Michael (Lars Rudolph), se mueve entre el “alcohol”, la desidia -física y psíquica-, la histeria, la hipocondría, la manipulación y la más absoluta ternura que puede producir el amor por sus hijos. Nada sencillo de asumir para jóvenes que deben lidiar con sus cambios de humor constantes ante la menor frustración a sus intereses y expectativas. Ellos sostienen la casa. Esa casa a la que su padre parece abandonar de cuidados cada vez más. Mismo proceso que empieza a sufrir su cuerpo, ya alejado de la higiene. Al igual que las razones para la ausencia de su madre, el alcoholismo de Michael tampoco asoma claro. Sus hijos llenan las botellas de vodka con agua cuando Michael comienza los reclamos por el “escondido” líquido. Tal vez sea, simplemente, -¿simplemente?- parte del trastorno psíquico que presenta. Trastorno que parece agudizarse ante el crecimiento de sus hijos y el posible inicio de un camino autonómico de vida.

En este pequeño pedacito vital de esa familia afectada por diversas circunstancias -su economía tampoco luce reluciente-, podemos inferir que, ante el lento alejamiento de sus hijos mayores, la que comienza a hacerse cargo de los platos rotos, casi literalmente, es la pequeña Irene (Luzie Nadjafi). Pequeña Irene con la que su padre pasa la mayor parte del tiempo; niña llena de luz y fantasía con la que también comparte momentos de infinita calidez, y desde los cuales el amor desborda la pantalla. Sin embargo, Michael no desea, de modo alguno, que ella también ocupe el tren de partida.

Anton (Béla Gabor Lenz), por su parte, parece decidido a la evasión. Se involucra en una experiencia científica que estudiará, por casi tres meses, los efectos en el cuerpo humano de la ingravidez, el reposo prolongado; una posible preparación para un viaje espacial, que intentará encontrar allí las claves para una menor afectación del espacio en el cuerpo de los astronautas. Es que los cuerpos de los astronautas padecen diversas consecuencias a raíz de los viajes y la exposición a la gravedad cero: desorientación, por la inclinación entre 12 y 20 grados que sufre la cabeza; pasaje de los fluidos desde la parte inferior a la parte superior del cuerpo, lo que provoca caras hinchadas y piernas delgadas; pérdida de la sed, del sentido del gusto; pérdida del apetito, mareos y vómitos; congestión nasal; a largo plazo, el debilitamiento y la pérdida ósea, la atrofia muscular; también los sistemas inmunes se ven afectados y se debilitan, disminuye el volumen de sangre y la condición física cardiovascular, al necesitar menos esfuerzo de trabajo.

He allí uno de los logros de Alisa Berger: el original paralelismo que establece entre entornos hostiles sumamente diferentes, pero que cumplen con la condición de facultarnos a afrontar desafíos aún mayores.

Desde ese lugar vinculado al viaje al espacio exterior, en tanto sueño individual como colectivo, también surgirá parte de la fantasía en la que nos sumerge Berger. Partiendo del juego entre hermanos, que recrean, en forma casera pero con gran imaginación, los viajes a otros mundos posibles y la comunicación entre tripulantes-soñadores, Berger nos conducirá a dimensiones más oníricas, en las que la fantasía que impregna el vínculo entre esos individuos será símbolo de la fantasía en la que como especie estamos embarcados: la de ponernos a prueba constantemente con el afán de hallar nuevos horizontes. La tentación de redactar “nuevos y mejores horizontes” se somete ante la conciencia de la incertidumbre, tanto de si el lugar a alcanzar realmente será mejor que el que habitamos, cuanto de si, verdaderamente, el punto de llegada merece la dureza de la senda a recorrer y el sufrimiento en el tránsito.

De todos modos, esa fantasía, que partirá de lo lúdico para transformarse en fantasía adulta -la de la propia Linda (Zita Aretz) intentando experimentar y desarrollar su sexualidad también como un despegue-, irá impregnando el relato en forma lenta e irrenunciable. Allí se mezclarán los sueños y el delirio, el poder de la imaginación y la necesidad de la evasión; y los viajes asumirán diversas dimensiones, todas ellas transformadoras. En todos los casos, y a pesar de todo, el amor se posa por encima de las dificultades y ayuda a enfrentarlas. No sin dureza, por supuesto; como corresponde a algunas circunstancias.

Y ese amor es el que deposita su directora en la propia cámara, ubicada siempre a la altura de sus personajes, a la altura de cada uno en sus momentos de soledad, a una altura intermedia, que los reúne y los contiene, cuando se presentan juntos; como mirando desde sus ojos, como puesta en sus zapatos, sin juzgar. Una cámara que los acompañará y hasta protegerá -digámoslo sin temor-. Una cámara que se sostiene desde el cariño y la compasión, en su acepción de identificación y ternura ante los males de alguien.

Esa misma cámara es la que buscará ciertos ángulos infrecuentes o primerísimos primeros planos de objetos, rostros, o partes del cuerpo, que distorsionarán la percepción más habitual como parte de esa búsqueda fantástica de uno mismo y de uno mismo en función de quienes nos rodean. Alteraciones que se acompañarán de formas y colores difíciles de definir, imágenes de carácter experimental, material de archivo de la propia NASA y que, junto a una edición de sonido climática y seductora, compuesta por una amplia gama de recursos -que incluye otras distorsiones-, nos transportará junto a sus personajes y nos hará partícipes de sus vivencias y sentires.

Y a pesar de la dureza del entorno familiar, de los sinsabores a enfrentar, Berger tiene la capacidad de llenar de luz y afecto esa cotidianidad, de retratar desde la sensibilidad y la calidez ese pequeño mundo complejo y cargado de conflictos. Y allí están esos personajes, cada uno resiliente a su manera, ingeniándoselas para desarrollar sus vidas y sus sueños, ingeniándoselas para vincularse desde el amor y la ternura más absoluta, y no únicamente desde la ira y el dolor.

Allí están Michael, Anton, Linda, Irene, y la propia Alisa, para demostrarnos que mientras respiremos aún podemos dar batalla.

Los cuerpos de los astronautas” (Die Körper der Astronauten) Alemania, 2017, 73 min. Dirección: Alisa Berger. Guión: Alisa Berger. Producción: Alisa Berger. Fotografía: Bine Jankowski. Música: Ron Hofmann, Leonard Huhn, Christian Lorenzen. Edición: Alisa Berger, Gesa Hille, Yana Höhnerbach. Elenco: Lars Rudolph (Michael), Zita Aretz (Linda), Béla Gabor Lenz (Anton), Luzie Nadjafi (Irene), Daniel Michel (Patrick), Britta Thie (empleada del instituto aeroespacial).

Andrés Vartabedian (Revista Vadenuevo, 02/05/2018)