“Coco” (Andrés Vartabedian)

La luz de tus ausentes

El multipremiado filme de Disney-Pixar -incluyendo Oscar y Globo de Oro a Mejor Animación- ha batido también diversos récords de taquilla en distintas partes del mundo, incluyendo al propio México, país protagonista de su relato. Sin ser la “joya” que muchos pretendieron ver, una realización que aborda de manera sensible y luminosa temas caros para buena parte de la humanidad.

Hoy… voy a perderme / entre las cosas olvidadas. /

Es morir dos veces / si de mí no queda nada. /

Mañana… / yo, no pido más, / quiero ser /

un buen recuerdo / alguna vez…”

Ser (tango) – Mandy (letra) y Carmen Guzmán (música)

En tiempos de muros renovados -algunos literales, otros no tanto-, de Trump versus México, del mundo Hollywood versus Trump, la maquinaria de la industria cinematográfica más importante del orbe vuelve a decir presente tomando partido. La gran diferencia con ocasiones previas recientes es la valoración positiva y el respeto con el que se observa la cultura mexicana muchas veces denominada “latina” por extensión, aun en el error. Lejos de simples prejuicios, siempre hijos de la ignorancia, de estereotipos en general negativos, o meras visiones turísticas, siempre superficiales, Coco rescata una importante tradición del país norteño, como lo es el Día de Muertos, de manera atenta, seria, informada, profunda.

Con las salvedades y adecuaciones propias de toda adaptación dramática, de lo funcional a la historia contada en que puede devenir la traslación de la tradición recogida, en este caso con el cariz agregado de tratarse de una película de esas a las que solemos denominar “infantiles”, el equipo realizador de Coco no ha recibido acusaciones de manipulación reduccionista o simplificación de postal, mucho menos de tergiversación o irrespeto. Por el contrario, se ha destacado el estudio y compenetración con la cultura que la rodea y el país retratado. El hecho de que el filme se haya transformado en el más taquillero de la historia mexicana quizá sea el corolario de tal aval.

Coco cuenta la historia de Miguel, un niño amante de la música y cuyo anhelo es convertirse en cantante, quien vivirá una experiencia reveladora durante el Día de Muertos, que hará que su vida y la de su familia sufran una perturbación primero, y una modificación trascendental luego, que los reunirá de un modo más hondo y auténtico.

El Día de Muertos, celebrado en México y algunos países de América Central el 1 y 2 de noviembre, coincidiendo con las festividades católicas del Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos parte del sincretismo acuñado en América, tiene a la música como uno de sus componentes centrales: además de la que puede acompañar a la propia celebración callejera en los diferentes pueblos y ciudades, muchas familias, incluso, contratan bandas que interpretan las canciones favoritas de los difuntos al pie mismo de sus sepulturas.

Sin embargo, la familia Rivera no tolera tal manifestación artística. Producto de una supuesta decisión del tatarabuelo, quien eligió la música, las giras y la notoriedad que ella le otorgaba por sobre su familia y abandonó a Mamá Imelda tatarabuela de Miguel, desde entonces no hay lugar para la música en ese hogar. Está absoluta y terminantemente prohibida, so pena no sólo de malhumor generalizado, sino de grandes reprimendas.

La bisabuela Coco fue la primera afectada, siendo una niña muy pequeña, ya que su padre ni siquiera retornó a su encuentro o mostró interés alguno en volverla a ver. La música carga con la responsabilidad aún hoy para la familia Rivera. Coco, de muy avanzada edad, con el rostro vivido en arrugas, con algunos síntomas de Alzheimer, sentada al pie del altar propio de la festividad, y aún en su silencio habitual, todavía lo nombra. De todos modos, el rostro de su padre ha sido arrancado de la foto que las contiene a ella y a su madre junto a él. Tampoco recibe las ofrendas que todos los restantes miembros del árbol genealógico allí presente sí obtienen. Coco es la única que sostiene, de algún modo, su memoria. Y con ella, su permanecer entre los vivos.

En su afán de comenzar a vivir su sueño musical, Miguel, que hasta ahora ha desarrollado su don en el más absoluto secreto, en la más absoluta clandestinidad, podríamos decir, pensando en el rígido matriarcado que, cual Ley, domina su hogar, en ese Día de Muertos se rebelará ante su familia, revelará sus dotes y sus deseos e intentará participar del concurso local de canto.

Su guitarra ha vuelto a ser simple madera gracias a la fuerza intrínseca de su adorable “abuelita”, por lo que, para presentarse a cantar, necesitará una nueva. Ante las diversas negativas obtenidas a sus solicitudes de préstamo, tomará la de su bienamado e idolatrado Ernesto de la Cruz, el cantante más famoso de todos los tiempos, el más homenajeado y recordado, quien lo ha inspirado a desarrollar su talento y a “vivir su momento” a través de los filmes que Miguel repasara una y otra vez en VHS, y cuyo instrumento él tomara como referencia para confeccionar la propia a su imagen y semejanza. La susodicha guitarra forma parte del panteón que Ernesto posee en el cementerio del pueblo, por lo que Miguel deberá ingeniárselas para hacerse con ella.

Lo que Miguel desconocía es que ese acto, ese intento de apropiación indebida, ese gesto desesperado, y valiente a la vez, lo pondrá en contacto con el mundo de los muertos.

La concepción de ese mundo será uno de los diferenciales de Coco. El mundo de los muertos no es ni lúgubre ni ominoso. No causa miedo ni espanto. En consonancia con el espíritu de la tradición mexicana recuperada y con el folclore que la rodea, será un mundo lleno de luz y color, un mundo avasallantemente luminoso y colorido. En él, los calavéricos espíritus de los difuntos se visten con sus mejores prendas, listos para cruzar al mundo de los vivos a visitar a sus seres queridos. Sus familias han preparado ya el terreno para ello, y además de altares y ofrendas han regado el suelo con pétalos de cempasúchil (del náhuatl “veinte flor” o “flor de veinte pétalos”), o flor de los muertos que, con su poderoso anaranjado, señala el camino de retorno. En ella, también Miguel encontrará una de las claves de su posible regreso al mundo de los vivos.

En ese reverso de nuestro pequeño, y muchas veces triste, paraíso, aquí cargado de la alegría del reencuentro, la música volverá a jugar un rol fundamental para el decidido Miguel. Es con ella, y a través de ella, que aprehenderá aspectos de su vida desconocidos o trampeados y culminará definitivamente de declararle su amor imperecedero. Esa integración del arte musical a la propia trama desarrollada en Coco, que tendrá su clímax emocional sobre el final, apelando al componente sanador del mismo, en carne y espíritu, también logra hacerlo trascender el mero valor decorativo o amenizador que comporta en la mayor parte de las películas “infantiles” (desde un tiempo a esta parte mucho más pensadas para todos los públicos que para el específico de su género). Otro valor agregado.

A ello debemos sumar la calidad en la recreación fantástica de detalles costumbristas; la reconfiguración de la ciudad de Guanajuato y sus laderas coloridas de casas apiladas para forjar esa Tierra de los Muertos llena de fulgor; los homenajes a varias figuras del arte mexicano en diversas manifestaciones (Frida Kahlo y Diego Rivera, en parte responsables, como inspiradores, de toda la iconografía creada para la ocasión, Pedro Infante y Jorge Negrete, figuras emblemáticas de la época dorada del cine mexicano, del que también da cuenta Coco, el propio Mario Moreno “Cantinflas”, el famoso luchador “Santo”, alguno más que no habremos reconocido); la propia utilización como compañero de andanzas de Miguel del perro Xolo (Xoloitzcuintli), la raza canina sin pelo que Frida y Diego Rivera ayudaron a dar a conocer al mundo y a preservar en el propio México al comenzar a incluirlo en su obra cuando percibieron su descenso de popularidad, y que en la mitología mexica servía como guía de las almas de los muertos en el inframundo; las tradiciones y el arte de las culturas indígenas -la llamada cultura precolombina- incorporados también a ese diseño espacial y de vestuario de dos mundos; los propios alebrijes, respondiendo a una tradición artesanal de comienzos del siglo XX; hasta la denominación de Santa Cecilia patrona de los músicos para la Iglesia Católica del pueblo en el que habita Miguel y su familia, es uno más de los rasgos detallistas y preciosistas de este filme.

Sin embargo, tal vez no resida allí la centralidad de la fuerza expresiva de Coco. Sin desdeñar el poderío visual señalado, el pintoresquismo y el costumbrismo tan bella y poderosamente utilizados -aun a sabiendas de que contenido y continente no pueden desagregarse en toda buena realización cinematográfica-, quizá debamos reparar algo más en la sensibilidad y el amor -el verosímil amor- con el que el Lee Unkrich y Adrián Molina encararon la tarea.

En Coco, los viejos son respetados y cuidados, la familia es un lugar de abrigo y refugio aun cuando Miguel pueda decir lo contrario en determinado momento, los muertos son recordados y homenajeados. Ello no es óbice para que aparezcan el egoísmo y la mezquindad propias del bicho humano, tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos, que no es otra cosa que una extensión de aquél; para que aparezcan los obstáculos más, o menos, intencionales en el camino de los sueños. Sin embargo, el coraje que busca su consecución es más poderoso. También aleccionador. Desde allí, podremos erguirnos para ver que perdón y olvido no son sinónimos, que perdonar es sólo posible al recordar, y que continuar la vida sin perdón es -quizá- paralizarse encadenado a la ira y al dolor.

También veremos que la vida no se reduce a un presente fatuo y perpetuo, que la memoria colectiva funda identidades, y que la memoria es una cadena transgeneracional compuesta de recuerdos, olvidos y silencios, de la que todos somos eslabones; “un movimiento dual de recepción y transmisión, que se continúa alternativamente hacia el futuro” (YERUSHALMI, Yosef, “Reflexiones sobre el olvido”, en: YERUSHALMI, Y., LORAUX, N., MOMMSEN, H., y otros, Usos del Olvido, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1989, p. 19.) y nos hace ser parte de un algo colectivo que nos complementa y fortalece; que nos carga de sentido y trascendencia.

En ese camino, sólo el olvido podrá transformarse en la muerte definitiva, en la muerte de la muerte.

Coco” Título original: Coco. EE.UU., 2017, 105 min. Dirección: Lee Unkrich. Codirección: Adrián Molina. Producción: Darla K. Anderson. Guión: Adrián Molina, Matthew Aldrich (historia original: Lee Unkrich, Jason Katz, Matthew Aldrich, Adrián Molina). Música: Michael Giacchino. Fotografía: Matt Aspbury, Danielle Feinberg. Edición: Steve Bloom, Lee Unkrich. Elenco: Anthony Gonzalez y Luis Ángel Gómez Jaramillo (Miguel, voz, en inglés y español respectivamente), Gael García Bernal (Héctor, voz, ambos idiomas), Benjamin Bratt y Marco Antonio Solís (Ernesto de la Cruz, voz), Alanna Ubach y Angélica Vale (Mamá Imelda, voz), Renée Victor y Angélica María (Abuelita, voz), Jaime Camil y César Costa (Papá, voz), Alfonso Arau (Papá Julio, voz, ambos idiomas), Ana Ofelia Murguía y Elena Poniatowska (Mamá Coco, voz), Sofía Espinosa (Mamá, voz, ambos idiomas).

Andrés Vartabedian (Revista digital Vadenuevo, 04/04/2018)

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