“Maracaibo” (Pablo Delucis)

La cruda verdad

El cine del argentino Miguel Angel Rocca, centra sus historias en dramas familiares que se dan puertas adentro; si bien algún factor externo puede llegar a oficiar de disparador, es en lo íntimo – más específicamente en la relación padres-hijos -, donde está puesta la principal mirada. Arizona Sur (2007) y en especial La mala verdad (2011) ya anunciaban virtudes que Maracaibo, pese a algunos altibajos, confirma.

La familia compuesta por el cardiólogo Gustavo, su esposa Cristina, y el hijo de ambos, Facundo, no parece tener demasiadas complicaciones en su cotidianeidad. Sin embargo, prácticamente desde el comienzo, se advierte que el buen vínculo es más que nada una ilusión esperanzada de Gustavo, ya que la realidad, muestra a través de escenas cortas y concisas, un mundo íntimo bastante más complicado que lo que la apariencia mostraba. El ejemplo más claro, es el momento en que casi por casualidad, el cardiólogo se entera que su hijo es gay, y que su esposa no lo ignoraba. Esta novedad lo descoloca, quizás más que por el hecho en sí, por comprobar que el resto de su familia no confiaba en él de la manera que hubiera esperado. Luego de salir de su casa buscando un poco de aire que lo ayudara a sobrellevar la situación, es sorprendido por dos asaltantes que en un confuso incidente matan a Facundo y escapan.

A partir de esa tragedia, y hasta entrando al tercio final, la película muestra sus pasajes más dolorosos, pero también los más sutiles y profundos. El guion del propio Rocca y Maximiliano González se mete con pulso firme en el conflicto interior de un Gustavo en el que aparecen por un lado la culpa por no haberse permitido conocer mejor a su hijo, los reproches de ida y vuelta con su pareja y también un sentimiento de venganza difícil de controlar. Aquí surgen de forma valedera y sensible, reflexiones en torno a la importancia que se le da muchas veces a lo aparente; a pensar que lo real está en lo que elegimos creer, y en especial a ciertos legados familiares que pueden condicionar la vida de los hijos y que muchas veces tiende a repetirse generacionalmente. A través de un inmenso Jorge Marrale, el dolor y el desasosiego de Gustavo, hacen carne en un rostro que con miradas y en especial con silencios que dicen mucho, transmite cabalmente lo que esa persona estaba transitando.

En determinado momento, se percibe un viraje que trae consigo una notoria baja de intensidad, y es cuando aquel drama intimista, cede espacio ante el thriller vengativo y redentor, con algún punto de contacto por ejemplo, con la muy buena Vidas cruzadas (The crossing guard) de 1995, dirigida por Sean Penn e interpretada por Jack Nicholson como el padre que espera la salida de la cárcel de quien mató a su hija. Es aquí cuando el filme se torna bastante predecible y alguna situación de contacto entre el padre afligido y los maleantes parece un tanto inverosímil. Ya hacia el final, la historia retoma un tono similar al de la primera parte y aparecen nuevamente la sutileza y la sensibilidad.

Pese a ese reparo notorio, estamos ante una película que se mete de manera honesta y con toques de originalidad en un tema lacerante como pocos, y que sale bien parada a la hora de articular esa desgracia, con el proceso interior de quienes no tienen alternativa de vivirlo como pueden. Y tampoco sufrirlo.

Pablo Delucis (Cartelera, 15/04/2018)

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