“Yo soy Tonya” (Pablo Delucis)

El cisne negro

Al comienzo de esta historia basada en hechos reales, se lee un texto que previene que la película que veremos será el producto de entrevistas sin ironía, totalmente contradictorias y absolutamente ciertas. No hay dudas de que este aviso se cumplirá cabalmente.

Tonya Harding fue una patinadora precoz y talentosa que tuvo su momento de gloria deportiva por los años noventa. Su especialidad era el triple Axel- algo así como un triple salto mortal -, un truco que ninguna mujer había logrado antes. Lejos de pertenecer al entorno social acomodado predominante en la mayoría de los que practican esa disciplina, provenía de una familia pobre, disfuncional y violenta, cosa que no pasaba desapercibida para ese ambiente tan especial, donde el glamour es casi tan importante como el talento. En 1994, previo a los Juegos Olímpicos de Lillehammer, Noruega, una patética, bizarra y confusa agresión que sufrió su amiga y competidora Nancy Kerrigan, la involucró de manera lapidaria.

Ante todo, vale la pena subrayar que más allá de sus muchas virtudes y pocos defectos, el filme hace gala de una incorrección política que luce sincera y sin maniqueísmos hipócritas. Craig Gillespie (Lars y la chica real, 2007), sale notoriamente airoso en una narración donde el falso documental, el melodrama familiar y la forma satírica con que se muestra una realidad generalmente dura, terminan de consolidar un tono equilibrado, y a la vez contundente. Es que los momentos donde no se escatiman detalles de la violencia sicólogica y física que era lo corriente en el vínculo de Tonya con su madre LaVona y con su esposo, Jeff, tienen el contrapeso de que la escena termine generalmente con el diálogo del personaje con el público – desde un seductor cinismo que genera empatía – o recurriendo al absurdo para aliviar la situación. Para que ese cambio brusco de tono funcione es fundamental la notable edición de la nominada al Oscar por este trabajo, Tatiana Riegel. El montaje depara escenas rápidas, categóricas, un poco a lo Paul Thomas Anderson – en especial en Juegos de placer (Boogie Nights, 1997) – con algunos personajes que parecen salidos de Fargo (1996) de los hermanos Coen.

En el elenco está otro de los puntos altos. Margot Robbie, muy lejos de su habitual rol de chica sexy, compone una labor tocante y realmente sensible como Tonya, mientras que la ganadora del Oscar a Mejor actriz secundaria por el papel de su madre, Allison Janney, conmueve desde un personaje que acude a la manipulación feroz para atenuar dolores de un pasado que se adivina con muchos tropiezos. Sebastian Stan en el rol del esposo de Tonya, completa un terceto de excelencia en este rubro.

Más allá de la anécdota principal – que por supuesto solo los que la vivieron sabrán la verdad – la historia no elude en absoluto otros temas pesados. El amarillismo de una prensa que exprime a más no poder todo lo abyecto y vendible; la desesperación que gana a muchos padres en pos de que sus hijos “lleguen a la meta” y sobretodo, una historia que muestra cierta consideración y piedad hacia sus personajes, si es rotundamente crítica hacia un modelo de sociedad que privilegia la imagen que se quiere mostrar – en este caso la de una sociedad estadounidense feliz, conforme, rubia y bonita – ante la realidad. La escena en que uno de los jueces le da a Tonya los verdaderos motivos por los cuales se la relega, se resume en una sola palabra: honestidad.

Pablo Delucis (Cartelera, 29/03/2018)

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