Oscar 2018 (Guilherme de Alencar Pinto)

Priorizar otras cuestiones

Uno a veces tiene la tendencia de lidiar con la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y sus premios Oscar como si se tratara de una inteligencia unificada. Entonces puede describir la premiación atribuyendo criterios del tipo “No dieron el premio a mejor película a ¡Huye!, entonces, como consuelo, le dieron un absurdo premio al mejor guion original, para quedar bien con la comunidad afrodescendiente y evitar que se reiteren las críticas de racismo como las que hubo hace dos años, protagonizada por el movimiento #OscarsSoWhite.” Pero no, no funciona así: los miembros de la Academia, que eligen por voto individual secreto, no tienen idea de cuáles serán los resultados antes de emitir sus votos, y los enormes intereses económicos en conflicto parecen ser una buena garantía contra cualquier tipo de fraude.

Así que el Oscar se puede apreciar bajo el modelo de esa especie de semiinteligencia con componente caótico que caracteriza a los sistemas electorales. Los direccionamientos son más bien estructurales: los alrededor de 6 mil integrantes de la Academia distan de abarcar o representar a la totalidad de los profesionales estadounidenses del sector. El único criterio de admisión neto es el hecho de haber sido nominado al Oscar, y esto corresponde a aproximadamente un tercio de los miembros. La admisión de los otros dos tercios obedece a criterios no revelados. La nómina es reservada, así que es muy difícil hacer estadísticas, pero una investigación de 2012 del Los Angeles Times estimó, frente a una población estadounidense con 78% de blancos y 48% de varones, 94% de los integrantes de la Academia eran blancos y 77% varones, y esas diferencias se radicalizaban en el más restringido cuerpo directivo (98% blancos y 85% varones). Hay una campaña consecuente para que la Academia sea más representativa de la diversidad humana, al menos dentro de los parámetros que actualmente están de moda (género, “raza” y, en alguna medida, etnicidad), y eso podría tener su efecto en la medida en que se asuma la premisa de que las mujeres tenderán a votar en mujeres, los negros en negros, los asiáticos en asiáticos, los latinos en latinos, los homosexuales en homosexuales, etcétera (esa presunción es uno de los fundamentos de la política identitaria, que a su vez fomenta ese tipo de actitud de representatividad de “tipos de gente” definidos y categorizados con cada vez mayor minucia).

Otro tipo de censura estructural está dictaminado, como en la mayoría de los procesos electorales dichos democráticos, por el hecho de que, del cuerpo enorme de películas elegibles, los votantes votarán en las que vieron, y éstas tienden a estar entre las que tuvieron mayor circulación, o cuyos productores dispusieron de recursos para promocionarlas de la manera más eficaz. Esto explica la ausencia en la premiación de muchas de las películas estadounidenses más notables, realizadas con bajo presupuesto y destinadas al circuito independiente (piénsese, en los últimos años, en peliculones estadounidenses como Starlet, Tangerine, Bone Tomahawk, Little Men o Paterson).

Esta restricción se incrementa con el sistema de clasificación de películas de la MPAA (Asociación Cinematográfica de América, el lobby de los grandes estudios estadounidenses). Una gran cantidad de cines se rehúsa a exhibir películas clasificadas como NC-17 (prohibidas para menores de 18). Sin llegar a constituir una censura, el sistema garantiza que ciertas películas tendrán una circulación muy limitada si se logra excusar ese estigma con algún pretexto vinculado a la presencia de violencia, palabrotas, exposición de uso de drogas, desnudez y sexo.

La mayoría de los estadounidenses (y esto, tristemente, incluye a los profesionales de cine) son reacios a ver películas sutituladas o dobladas, lo que vuelve extremadamente improbable que una película de habla no-inglesa sea contemplada en las categorías principales, quedando para ellas el nicho específico reservado a mejor película en idioma no-inglés, que obedece a reglas radicalmente distintas a las del resto de la premiación). Ello entraña una trampa importantísima: una vez que la categoría de películas en idioma no-inglés excluye la participación estadounidense en la producción, es extremadamente improbable que llegue al Oscar cualquier película que lidie con minorías estadounidenses cuyo idioma principal no sea el inglés (por ejemplo, idiomas nativos, o castellano).

Y a todo eso se suma el hecho, que tampoco es muy alentador, de que cuando uno reúne un grupo extenso de votantes, aunque supuestamente integran un sector especializado, la combinación de opiniones termina pareciéndose bastante al “sentido común” de la gente de a pie, sin la diferencia positiva de apreciación que uno podría esperar. Así, suele primar la idea de que se está premiando el cine “de calidad”, identificado como aquel que lidia con ideas importantes, positivas, enaltecedoras, grandiosas. Y algo similar en los demás rubros: aun los montajistas, al contrario de lo que uno podría pensar, tenderán a elegir las películas que tienen muchos cortes y construyen con el montaje un ritmo ágil y fluido —es decir, la idea más ingenua sobre qué es montar—, pasando totalmente por alto el montaje de una película como Lady Bird, probablemente mucho más original e inteligente en su concepción que cualquiera de las cinco que fueron nominadas. En música, ganó la de La forma del agua, que es la que tiene la melodía más tarareable y está asociada a un sentimiento más punzante, perdiendo para el trabajo formidable y mucho más original de Hans Zimmer para Dunkerque, que se caracterizaba por ser poco melodioso, ruidista. Esta película fue la merecida ganadora de los dos premios al sonido, pero uno se pregunta si habrá sido por la cuidadosa articulación entre ruidos y música, o sencillamente porque en tiempos recientes siempre ganan en esa categoría las películas en que hay muchos disparos, choques contra distintos tipos de superficies y motores. En actuación ganaron las acrobacias físico-verbales de Gary Oldman haciendo su imitación de Churchill (en Las horas más oscuras) sobre el tremendo trabajo de Thimothée Chalamet en Llámame por tu nombre, compuesto sin la premisa de sobre-exhibir y sobre-explicar el virtuosismo actoral.

De todos modos, las campañas de concientización de algunos tipos de desigualdad vienen surtiendo un fuerte efecto en los votantes: hubo una cantidad especialmente grande de mujeres nominadas (aparte de las nominaciones específicamente femeninas a la actuación), de negros y de latinoamericanos nominados. Los precedentes históricos fueron ostentados con orgullo: Yance Ford, productor y director de Strong Island, en cuanto potencial receptor del Oscar a mejor documental puede ser considerado el primer varón transgénero nominado. Rachel Morrison fue la primera mujer nominada por su dirección de fotografía (en Mudbound). Por la misma película Dee Rees fue la primera negra homosexual nominada a guion. Ninguno de ellos ganó, pero Jordan Peele (el primer negro nominado simultáneamente como productor, director y guionista) ganó el Oscar a mejor guion original por ¡Huye!. Otro negro (Kobe Bryant) fue co-ganador por el mejor corto de animación (El corazón del deporte). Un inmigrante mejicano (Guillermo del Toro) ganó como mejor director por La forma del agua (que también ganó mejor película y fue la producción que sumó la mayor cantidad de estatuillas —ganó en 4 de las 13 categorías a las que estaba nominada—). Una película latinoamericana —la chilena Una mujer fantástica— ganó el premio a la película en idioma no-inglés (tan sólo la tercera película latinoamericana y la 13ª no-europea que haya ganado ese premio). Un nieto de filipinos con tipo físico reconociblemente austronesio (Robert Lopez) ganó mejor canción (“Remember Me”, de Coco). Un japonés (Kazuhiro Tsuji) ganó el premio al maquillaje por Las horas más oscuras. Al recibir su premio a mejor actriz por Tres anuncios por un crimen, Frances McDormand hizo quizá el discurso más enfervorecido e histriónico de la noche, pidiendo a todas las mujeres nominadas de la ceremonia que se pararan, y concluyendo con una convocatoria a que los profesionales establecidos de Hollywood negocien un inclusion rider (es decir, una cláusula contractual que condiciona su participación en una película cualquiera a que el equipo esté integrado con un criterio inclusivo).

Ese tipo de inclusiones se extendió además a la temática, considerando que hay asuntos candentes del feminismo en las anécdotas de Tres anuncios por un crimen (que ganó los premios a mejor actriz y mejor actor secundario), o sobre la condición del negro en Estados Unidos en ¡Huye! (mejor guion original). Coco (mejor largo animado, mejor canción) tiene una visión muy positiva de la cultura mejicana. No es difícil ver la historia central de amor de La forma del agua (entre una muda y una criatura acuática) como una metáfora de un vínculo por fuera de la norma dominante (esa interpretación gana saliencia con la línea secundaria vinculada al señor homosexual interpretado por Richard Jenkins, también nominado como actor secundario). La inclinación a premiar películas con un tratamiento correcto de ese grupo de cuestiones puede ser una de las explicaciones para la victoria de Llámame por tu nombre en la categoría de guion adaptado —la película lidia con un amor homosexual y sus muchos méritos están más en la dirección, la actuación y la temática que en el guion—. De la misma manera la elección de Una mujer fantástica como película en idioma no-inglés seguramente debe mucho a su temática —sobre una mujer trans—, y si no fuera por ese factor costaría explicar su elección por sobre una película excepcional como The Square. Pero ésta se caracteriza por una moraleja mucho menos clara, por tener como personaje central a alguien que está mucho más para el lado de opresor que de víctima, y por lidiar con un tipo de exclusión que no está de moda como los que fueron aludidos hasta aquí, es decir, la exclusión económica, las diferencias de clase, los contrastes entre la opulencia y la marginalidad.

La Academia no tiene control directo sobre los resultados electorales, y probablemente tampoco sobre los discursos espontáneos de los ganadores. (La agilidad, relativa precisión y ritmo del montaje en vivo de la trasmisión televisiva del discurso de Frances McDormand puede sugerir un componente ensayado. ¿Quizá se acordó que quien fuera que ganara en la categoría de mejor actriz haría un gesto similar?) Pero sí hay control sobre los componentes preestablecidos de la ceremonia, donde hubo un cuidado aun más riguroso con la inclusión (dentro de las categorías que están de moda), con aproximadamente el doble de mujeres (incluida la trans Daniela Vega) que de varones, y una leve mayoría de no-WASP, que incluyó a varios negros, personas de ascendencia italiana, hispana, indoamericana, judía y un paquistaní de familia musulmana, algunos de ellos inmigrantes. Sandra Bullock y Emma Stone se ocuparon de llamar la atención sobre las mujeres nominadas en las categorías que anunciaron (respectivamente, fotografía y dirección), con el doble sentido de resaltar su grata presencia y de señalar su posición minoritaria de una en cinco. Ashley Judd, Annabella Sciorra y Salma Hayek dedicaron un discurso específico a las conquistas de los movimientos #MeToo y #TimesUp. Cuando se presentaron las canciones, siempre que el texto daba el menor pretexto (“Dejemos de lado nuestras diferencias”, “Tenés que levantar alguna bandera” o “No pido disculpas, ésa soy yo”) se llamaba la atención sobre sus valores morales, e invariablemente, luego de las primeras notas, antes de que quien cantaba empezara a hacer gala de toda su potencia pulmonar, aparecía al fondo una línea de personas de negro en una actitud que combinaba la reverencia de quien oye un himno y la actitud de un superhéroe presto a levantar vuelo. Por tradición, el ganador como mejor actor en el año previo presenta la categoría de mejor actriz, pero Casey Affleck prefirió (o “fue preferido”) no participar, porque frente al clima generado por #MeToo su presencia no hubiera sido grata. (En 2010 fue acusado de acoso sexual. Fue declarado legalmente inocente y el peso de las evidencias cayó a su favor, pero estos factores no fueron considerados por la tendencia de opinión que viene siendo hegemónica en ese medio.) James Franco, cuyo The Disaster Artist: Obra maestra competía en la categoría de guion adaptado, y que recibió acusaciones de acoso al parecer mejor fundamentadas que las de Affleck, no se vio en la ceremonia realizada en el teatro Dolby (al menos no en cámara).

Incluir a los republicanos

Las demandas por inclusión no incluyeron ninguna consideración a favor de películas de bajo presupuesto, que representaran a personas pobres y defendieran sus derechos. No supe de nadie que haya ni siquiera mencionado la exclusión de películas de naciones en las que no se habla inglés (que, al contrario de la creencia común, son candidateables, con tal de haber sido exhibidas en Los Ángeles por más de siete días entre el 1º de enero y el 31 de diciembre de 2017). El hecho de que toda la opinión de la Academia considere que el cine del mundo que merece consideración se hable en inglés, y deje afuera al resto del mundo (incluidas sus mujeres, homosexuales, y no-blancos, los ricos y los pobres, los sanos y los deficientes físicos, los conservadores y los progresistas) no parece computar como “exclusión”. Hay como una ambigüedad importante en la actitud frente a esas inclusiones: ¿es la denuncia de problemas graves o la ostentación orgullosa de los nuevos logros de la nación que (poco menos que) inventó la democracia, los derechos civiles, la igualdad y la mejor forma de vivir la libertad? Cada uno de los inmigrantes que tuvo la oportunidad de hablar resaltó lo bien que fue acogido en ese país, quizá con algún dejo de que se cuiden de ciertas tendencias xenófobas que no hay que dejar que crezcan. Me parece maravilloso que un mejicano gane el premio a mejor director (aunque, puntualmente, entre los nominados, considerando estrictamente la dirección, hubiera preferido a Christopher Nolan y a Greta Gerwig), pero el discurso de agradecimiento de Guillermo del Toro, por cierto muy bonito y sentido, habla de cuando era niño en México y veía “películas extranjeras”, y sólo refiere a directores estadounidenses. Refiere a la emoción de integrar un linaje junto a esos directores yanquis que admiraba de niño, y parece reconocer que finalmente “llegó”, conquistó lo que había que conquistar. El discurso de Del Toro no parece considerar que hay mucho cine valioso en México que nunca va a ganar un Oscar y que bien que podría valorizarse sin tener que pasar por ese filtro. La real conquista sería asumir con orgullo los propios valores sin babearse con los dudosos criterios de la Academia, o en todo caso alegrarse cínicamente con los beneficios económicos brindados por un Oscar, pero sin dejarse engatusar con su valor artístico ni deshacerse en indignas expresiones genuflexas de emoción y triunfo.

Hay una ambigüedad similar con el juego de que una serie de estrellas hollywoodenses se aparezcan de sorpresa entre los espectadores de una sala de cine normal. Muy bien, las estrellas se entreveran con “la gente”, pero es también “miren a esa gente, meros mortales, cómo vibran en contacto con los dioses magnánimos que accedieron en bajar del Olimpo e incluso permitieron que uno de ellos presentara a los presentadores de mejores cortometrajes”.

Junto a esos aspectos, hubo en la ceremonia un claro intento de disociar los movimientos por la inclusión de algunas categorías desfavorecidas de personas, de la idea de izquierda o de “Partido Demócrata”. No hubo, como en otros años, discursos ni alusiones explícitas contra Trump o contra los manejos del capital financiero. En los varios montajes que celebraron el pasado del cine, hubo abundantes escenas de películas de y/o con Clint Eastwood, la más célebre de las eminencias hollywoodenses pro-Trump. Hubo incluso un montaje de películas bélicas que constituyeron “Nuestro homenaje a los hombres y mujeres militares alrededor del mundo”. El presentador Wes Studi fue aplaudido cuando hizo referencia a su enrolamiento voluntario para ir a pelear en Vietnam, y definió, sin más, los soldados estadounidenses retratados en la extensa tradición de cine bélico como gente que “peleó por la libertad”. Eso, por supuesto, no es prueba de nada, más que de cierto oportunismo de la Academia y de un plan para recuperar cierta neutralidad partidaria. De todos modos, son un regalo para quienes, desde la izquierda más conservadora, consideran que la nueva agenda de derechos no es más que un elemento para distraer la energía militante de las causas más esenciales.

Los noventa

Más allá de todo eso, hubo aspectos muy simpáticos en toda la ceremonia. El kitsch habitual del decorado, en este caso, ganó una justificación linda, ya que había un espíritu retrospectivo bajo el pretexto de que ésta fue la 90ª ceremonia de entrega de los Oscar. Esa mezcla de cristales, motivos acuáticos, art déco y columnas rojas funcionaba como la reminiscencia del viejo Hollywood. Para algunas presentaciones, recurrieron a veteranísimas y encantadoras ganadoras de hace muchísimas décadas (Eva Marie Saint ganó como actriz secundaria en 1955 y Rita Moreno en 1961). Hubo unos montajes fantásticos y emotivos con escenas de películas clásicas, que uno se sentiría tentado a llamar “tributos a Hollywood”, pero en realidad eran a todo el cine del mundo, sólo que la proporción de películas de otras nacionalidades era ridículamente chica. Luego del famoso equívoco del año pasado, en que se anunció la película errada como ganadora del premio principal, fue un buen gesto volver a invitar a los mismos dos veteranos actores (Faye Dunaway y Warren Beatty) que había quedado medio pegados en aquella ocasión, para redimirse con una presentación impecable. También vino bien que se relajaran un poco con el control sobre los discursos de los ganadores: en vez de reprimirlos echándolos del escenario, simplemente se otorgó un premio jugoso (un jet ski de más de 17 mil dólares) para el discurso más breve. La ceremonia duró casi cuatro horas, que, para los cinéfilos, pasaron volando. El gran director James Ivory finalmente ganó su Oscar (aunque lo hizo como guionista de Llámame por tu nombre), y el genial fotógrafo Roger Deakins también (aunque lo hizo por Blade Runner 2049, una de sus películas más deslucidas y ni ahí su mejor trabajo). La sección In Memoriam, que rinde homenaje a los socios de la Academia fallecidos en el correr del año, siempre es conmovedora, pero aparte de figurar en ella, Jerry Lewis se hubiera merecido un homenaje más extenso y desarrollado, pero no dio, porque los coordinadores del evento tuvieron otras prioridades.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 06/03/2018)

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