“El hilo fantasma” (Enrique Buchichio)

Entre costuras

Esta octava película de Paul Thomas Anderson (California, 1970) cierra – quizás sin pretenderlo – una suerte de trilogía con dos probables culminaciones de su filmografía como son Petróleo Sangriento (2007) y The Master (2012). Más allá de sus obvias diferencias y valor en sí mismas, las tres comparten algunas no tan obvias similitudes, como por ejemplo el planteo de vínculos entre personajes fuertes, poderosos pero al mismo tiempo débiles y contradictorios, cada uno en sus propios términos.

Esa clase de vínculos, que derivan en verdaderos duelos no exentos de atracción y fascinación mutua, son los que se establecen entre el ambicioso petrolero Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) y su autoproclamado “sanador”, el pastor Eli Sunday (Paul Dano), y entre el carismático líder Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), inspirado en el fundador de la Cienciología L. Ron Hubbard, y el errante ex combatiente Freddie Quell (Joaquin Phoenix). En El hilo fantasma, esa dupla la componen el obsesivo diseñador de modas Reynolds Woodcock (de nuevo Day-Lewis) y la aparentemente inocente, frágil y encantadora Alma (Vicky Krieps), una joven trabajadora que irrumpe en la rutina perfectamente ordenada y egocéntrica del primero.

En las tres películas hay, en el centro del relato, un “self-made man”, un hombre que ha construido su propio imperio en un momento particular y decisivo de la Historia, ya sea en los inicios de la explotación petrolífera, creando un culto religioso en el Estados Unidos de la posguerra, o una firma de la alta costura en el Londres de la misma posguerra (como si se tratara de dos caras y dos formas de salvación después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, a través de la fe, el éxito y el glamour). En las tres hay, también, un tercer personaje que permanece un poco en las sombras pero que resulta decisivo, como el hijo de Plainview, o esa suerte de Lady Macbeth que era Amy Adams en The Master, o esta hermana observadora y controladora que compone admirablemente Lesley Manville, y de quien uno se queda con ganas de saber más y de verla más tiempo en pantalla.

Eso, claro, si no fuera porque la dinámica que se establece entre Reynolds y Alma, que es el centro de la película, resultase tan fascinante, inquietante y perturbadora. Se trata de una historia de amor, sí, pero también de una lucha de poderes entre dos seres que se necesitan, se desean y se repulsan casi en partes iguales. Que la historia se ambiente en los entretelones de la moda londinense, en una época en que la sociedad británica intentaba superar (coronación de una joven reina mediante) los traumas y las carencias que dejó la guerra con un toque de sofisticación y estilo, habla de la inteligencia de Anderson al no limitar su retrato a un cuadro íntimo de personajes encerrados en su propio mundo (que podría ser el caso).

Al igual que Petróleo sangriento era una demoledora visión de cómo se consolidaba el capitalismo empresarial en los albores del siglo XX, y The Master una reflexión casi enfermiza de la falsamente próspera sociedad de consumo de posguerra, El hilo fantasma también puede leerse como un comentario sobre los cambios inexorables de una sociedad elegante a medio camino entre las tradiciones y rituales del pasado y la modernidad. Y en ese sentido, que esa modernidad que irrumpe aparezca en la forma de una mujer como Alma, tan luminosa como impredecible y rebelde, no deja de ser un comentario sobre patriarcados, feminismos y empoderamientos, conceptos tan comentados y debatidos en estos tiempos.

Como buen autor cinematográfico que es, ya a la altura de cineastas como Orson Welles, Max Ophüls, Martin Scorsese y Stanley Kubrick (por nombrar sólo a algunos de los maestros que él mismo ha reconocido), hay una perfecta conjunción entre contenido y forma. El hilo fantasma es una película estilizada al máximo, y nunca gratuitamente, que denota una atención al detalle, un minucioso trabajo de puesta en escena y una inteligencia en las decisiones creativas que resultan al menos infrecuentes en el panorama cinematográfico actual. El equivalente contemporáneo al melodrama gótico que tan bien representa una joya como Rebecca (1940), el debut hollywoodense de Alfred Hitchcock, incluyendo a algún fantasma real o imaginario.

Por si hacía falta comprobarlo luego de Juegos de placer (Boogie Nights, 1997), Magnolia (1999), Embriagado de amor (Punch-drunk Love, 2002) y los otros antecedentes ya mencionados, Anderson es un director con mayúsculas. Sus propuestas podrán gustar más o menos, interesar con mayor o menor intensidad, pero es imposible negar la precisión y la mano maestra con las que conduce todos los recursos a su alcance, incluyendo la dirección de fotografía (que en este caso asumió él mismo), la banda sonora (otra formidable creación de su ya habitual colaborador Jonny Greenwood), la dirección de arte, y por supuesto la dirección de un elenco soberbio aún en sus personajes más secundarios.

Y aquí se hace imposible no comentar una nueva y admirable creación de ese enorme actor que es Daniel Day-Lewis. En su proceso de incorporar el papel de Reynolds Woodcock, un personaje inspirado en el modista español Cristóbal Balenciaga (1895-1972) y en otros grandes diseñadores de la época como Christian Dior y Alexander McQueen, Day-Lewis llegó a crear con sus propias manos una réplica de un vestido de Balenciaga. Investigó y trabajó durante meses y se metió en la piel de su personaje al punto de pedirle al director que el primer encuentro real entre él y su co-protagonista Vicky Krieps (toda una revelación) se produjese en el set, justo antes de rodar el primer encuentro entre Reynolds y Alma. Una dedicación a su arte casi tan obsesiva y de tiempo completo como la de su personaje. Tremenda despedida de la actuación, si es que efectivamente se retira de su oficio como se ha anunciado. Ojalá que no.

Enrique Buchichio (Cartelera, 03/03/2018)

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