“La forma del agua” (Pablo Delucis)

Fábula, creatividad y realismo
Hace ya 25 años Guillermo del Toro dirigía Cronos. Desde ese momento y con la fantasía como principal instrumento, ha compartido a través de su cine, una más que interesante visión del mundo. Su obra, algo despareja y con algún tropiezo notorio – por ejemplo, Mimic (1997), La cumbre escarlata (2015) – ha cimentado de todas formas, un cine de autor que esta película confirma y que muestra a su director en un momento de suma madurez.
Elisa Espósito es una mujer muda que en los primeros años de la década del sesenta – plena guerra fría -, trabaja en la noche como limpiadora en una especie de laboratorio secreto de los Estados Unidos. Sus únicos amigos son un vecino sesentón y homosexual, y una compañera de trabajo de raza negra y que habla todo lo que Elisa no puede. En el momento en que, a su lugar de trabajo, traen de manera ultra secreta, una especie de humanoide anfibio hallado en Sudamérica, cambiará radicalmente la rutina del laboratorio y fundamentalmente la vida de Elisa. La trabajadora se acercará progresivamente al recién llegado, hasta llegar a entablar un romántico y sensual vínculo amoroso.
Con esa trama tan básica, este trabajo podía haber sido uno más de los tantos que se han hecho apelando a lo fantástico como ingrediente fundamental (El monstruo de la laguna negra, 1954) de Jack Arnold, es una clara referencia (reconocida por el propio del Toro); sin embargo, estamos ante una obra que, por su encanto y profundidad, podría perfectamente erigirse en una de esas referencias que cada tanto, marcan los distintos géneros cinematográficos.
El filme logra, recreando con eficacia el contexto histórico en el que está ubicado, aunar el candor de un fabulesco cuento de hadas – homenajes notorios al cine de clase B y a musicales inolvidables incluidos – con una interesante reflexión no carente de denuncia, en relación a varios temas que van apareciendo como el racismo, el desprecio y miedo hacia el diferente, el machismo, la homofobia y el acoso sexual. Para que esto suceda, hay algunos puntos fundamentales. El primero y fundamental es que del Toro logra a través de un tono narrativo conciso y ameno, que el espectador se meta en la trama y la siga con interés y disfrute. El mostrar a los personajes con su vivir y necesidades cotidianas, – como la masturbación de Elisa cada noche antes de ir a trabajar, o las dificultades por las que pasan sus vínculos más cercanos -, aportan credibilidad y humanidad a la historia. El elenco también es muy importante. Sally Hawkins brinda una sutil y fascinante actuación en la que congenia fragilidad, inocencia y valentía. Sus amigos, interpretados por los talentosos Richard Jenkins y Octavia Spencer aportan roles acordes a las necesidades de la anécdota; lo mismo cabe para Michael Shannon, cuyo personaje, el coronel Strickland, es el contrapunto malvado de la historia. Las delicias en el vestuario, en la fotografía de Dan Lausteu, y en la banda sonora de Alexander Desplat, completan un panorama acorde a las virtudes ya señaladas.
El cine de del Toro incita a la rebeldía. A su manera, confrontando y también compartiendo con el resto su visión de la realidad y de lo tan real. Al menos por esta vez, esa rebeldía está teñida de fascinante creatividad, sensibilidad y ternura.
Pablo Delucis (Cartelera, 02/03/2018)

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