“Maze Runner: La cura mortal” (Guilherme de Alencar Pinto)

Pobre maldita multitud

Éste es el estamento final de la trilogía Maze Runner. Las primeras dos entregas fueron del 2014 y del 2015; la demora en la terminación y estreno de la película de cierre se debió a que el actor protagónico Dylan O’Brien se lastimó gravemente en las filmaciones, que debieron interrumpirse por más de un año hasta que se recuperara. La trilogía integra una moda de películas distópicas con personajes adolescentes/juveniles y destinadas a un público ídem, y que comprendió también a City of Bones (Ciudad de hueso, 2013), The Giver (El dador de recuerdos, 2014) y Divergente (2014, con continuaciones de 2015 y 2016). Todas ellas vinieron en el rastro del éxito espectacular de Los juegos del hambre (2012, con continuaciones de 2013, 2014 y 2015). Ninguna se acercó a la taquilla de esta última serie, pero Maze Runner quizá la supere en interés y en el brillo de la realización.

Maze Runner partía de una situación original e interesante: un grupo de adolescentes (autodenominados Gladers) surgen en un lugar al que no saben cómo llegaron, y habiendo perdido todos la memoria. Ese lugar era como una enorme plaza amurallada: de vez en cuando los muros se abrían y entraban criaturas extrañas y peligrosas, y a veces eran ellos quienes se atrevían por las entradas, nada más que para encontrarse con laberintos llenos de amenazas, de las que ellos tenían que correr para no ser aniquilados. Al igual que en Los juegos del hambre, no se encontró manera de desarrollar esa premisa sin que se volviera repetitiva, y las continuaciones tienen muy poco que ver con la buena idea que les dio origen: son esencialmente historias de jóvenes rebeldes combatiendo poderosísimas instituciones malvadas en un contexto fantasioso. Aquí todos los Gladers recuperaron sus memorias y ya no aparece la tal plaza, salvo por una escena muy breve en que Minho tiene que correr por un laberinto huyendo de un monstruo (de alguna manera había que justificar el título de la serie).

La justificación para toda la situación es pueril: un virus convirtió, o está en vías de convertir, a casi toda la humanidad en zombis (aquí se llaman cranks). Los Gladers son inmunes a ese virus, y una institución poderosa llamada WCKD (se pronuncia wicked, “malvado” en inglés) los estudia en pos de una cura a la infección. Los procedimientos para el estudio son inverosímilmente retorcidos (incluida la millonaria farsa del laberinto poblado de monstruos en la primera película).

La realización, en cambio, es excepcionalmente buena. Dylan O’Brien es un actor muy simpático y carismático, de los pocos que logran salirse bien (sin quedar ampuloso) cuando la mano viene de tomar alguna decisión heroica y partir decidido hacia el peligro con ínfimas chances de éxito, por el bien de su mejor amigo o de toda la humanidad. Y la dirección de Wes Ball es fantástica, sobre todo en las escenas de acción. Maze Runner: Correr o morir (2014), la primera de la serie, fue su ópera prima. Antes había hecho un corto (Ruin, 2011, que es sensacional y se puede ver en Youtube) y trabajado en efectos especiales y en la gráfica de créditos de películas. Los productores no quisieron cambiarlo de ninguna manera, y la trilogía Maze Runner es la única de este ciclo de sagas distópicas juveniles íntegramente firmada por un mismo director.

Ruin era esencialmente una persecución de 8 minutos, con un breve prólogo y un breve epílogo. Este largometraje consiste esencialmente en una yuxtaposición de escenas de ese tipo, muy distintas unas de otras, alternadas con respiros destinados a motivar los siguientes episodios y desarrollar los personajes. Las secuencias de acción están todas realizadas con maestría. La película empieza in medias res, con un grupo de rebeldes persiguiendo un tren y siendo, a su vez, perseguidos por una nave voladora. Hay que ver el dinamismo de las tomas, la creatividad de las situaciones, el ritmo, el suspenso, la manera como el visual es creativo y complejo y al mismo tiempo siempre claro. Uno siempre tiene la referencia clara de cómo va la situación. Luego de eso, las secuencias de acción incluyen a los Gladers que atraviesan un túnel infestado de cranks, la mencionada escena con Minho en el laberinto, Brenda se escapa de las fuerzas policiales en un ómnibus lleno de niños (en un momento el ómnibus está colgado de una grúa a la altura de los últimos pisos de un rascacielos), la invasión del laboratorio de WCKD y los tiroteos subsiguientes, el intento de rescate de dos Gladers en la azotea de un edificio en llamas y prestes a colapsar.

Tomando una cierta distancia, es siempre curioso observar cómo la idea de la guerrilla guevarista y la de la utopía basada en una visión idealizada de una sociedad tribal igualitaria, siempre tienen la primacía moral contra el Goliath corporativo-imperialista-tecnológico. Las alegorías de la guerrilla sólo lucen malvadas cuando amenazan algo similar a la familia de clase media (ahí la guerrilla se convierte automáticamente en un grupo de fanáticos psicópatas), y por este motivo esta saga omite cuidadosamente a las familias, para no embarrar la claridad del circuito de heroísmo/villanía que da sentido a esta anécdota, y además para mantener las tensiones al nivel del grupos de adolescentes. (Dicho sea de paso, también está omitido el sexo: los deseos siempre quedan más bien como atracción platónica o afinidad especial entre compinches.)

Esta película introduce un segundo grado de rebeldía que complica las cosas. Por un lado está la rebelión constructiva liderada por los Gladers, todos muchachitos de clase media, con la complicidad de un par de “latinos” (Jorge y Brenda) oriundos de otros contextos. Por otro lado están los disconformes que residen en los asentamientos alrededor de Last City. Ésta es, como indica su nombre, el último bastión de civilización, una espléndida ciudad moderna, a lo Hong Kong. Está cercada de un muro casi inexpugnable. Los desclasados que viven en las afueras del muro y tienen prohibido entrar, son sumariamente bombardeados por la policía cada vez que se acercan al portón. (Las resonancias de angustias actuales son evidentes —el muro antimejicanos de Trump, la crisis de refugiados de Oriente Medio y África—.) La película no demoniza a esas víctimas, pero tampoco empatiza con ellas, y el ídolo de la facción rebelde es un sujeto con el rostro deformado (seguramente en algún enfrentamiento con las fuerzas del orden) y que no tiene nariz. Las fosas nasales expuestas y los ojos saltados le dan una expresión cadavérica, como si fuera un emblema de la muerte. (Como suele pasar, el “nosotros” son personajes de clase media, y los pobres son la alteridad.) No queda claro cuál es el peor aspecto de la distopía, si esa situación polarizada en que está sacrificada la mayoría de la humanidad, o la reversión de esa situación en una invasión bárbara en que la horda, tomada por justificado rencor, destruye todo, inclusive el centro donde residía la tecnología y el saber que era la esperanza inmediata de salvación de la mayoría de la humanidad. Sí, matan a los villanos, pero con ellos condenan a la muerte a casi todos los demás, invasores incluidos.

Pero la dinámica del cine hollywoodense no está basada en la consideración por la humanidad, sino en los personajes con quienes nos identificamos, así que resulta mucho más trágica la muerte de algunos personajes individualizados queribles. Hay también algunos que se las arreglan para salvar su propio pellejo y quizá vivir tranquilos para el resto de sus vidas, así que eso contará como final feliz.

Maze Runner: La cura mortal” (Maze Runner: The Death Cure), dirigida por Wes Ball. Basado en novela de James Dashner. Con Dylan O’Brien, Kaya Scodelario, Aidan Gillen. Estados Unidos, 2018.

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Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 31/01/2018)

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