“Lady Bird” (Guilherme de Alencar Pinto)

Amor y atención

No es raro que las óperas primas realizadas en un ámbito independiente reposen en reminiscencias autobiográficas de sus autores. Esto es especialmente frecuente en mujeres, quizá debido a que esas jóvenes cineastas sienten que los asuntos y tratamientos de los guiones que podrían servirles como modelos no reflejaban en forma convincente su perspectiva femenina, y tuvieron que recurrir a sus propias vivencias. Greta Gerwig dijo que, con esta película que escribe y dirige sola, quiso hacer algo así como la contrapartida femenina de Los cuatrocientos golpes (1959) o Boyhood: Momentos de una vida (2014). No es, dice ella, una autobiografía, pero sí una ficción en un contexto muy cercano al que ella vivió. Gerwig cumplió 18 años en 2001 en Sacramento, California, y ese año se mudó a Nueva York. Su personaje Christine “Lady Bird” McPherson pasa por el mismo proceso en 2003 (quizá el corrimiento de dos años haya tenido el propósito de no entreverar el asunto del desarrollo personal con la ocurrencia traumática ineludible del 11 de setiembre).

La película lidia con varios de los tópicos del coming of age: los conflictos con la familia y los profesores, las amistades, las ansiedades vinculadas a la identidad, al estatus en el ambiente liceal y al baile de la prom night, el primer beso, el primer sexo, las primeras frustraciones amorosas. Como actriz, Gerwig es la principal estrella del mumblecore, ese género de cine indie basado en diálogos abundantes y ágiles, humor quirky, actuaciones restringidas y énfasis en vínculos personales más que en el desarrollo anecdótico (además de actuar en algunos exponentes del género, ella coescribió algunos guiones y codirigió en 2008 Nights and Weekends con Joe Swanberg, el más prolífico director de mumblecore). No es de sorprender que haya aquí una importante influencia de ese género, muy especialmente en la primera escena larga (el viaje en auto de Lady Bird con su madre). Pero la realización trasciende, en estilo y alcance temático, tanto el coming of age como el mumblecore.

El asunto central es la pertenencia. A los 17 años Christine está, como casi todo adolescente, algo impaciente con su condición de virgen y sin novio. Construyó una sensibilidad demócrata-izquierdista peleada con el conservadurismo de su entorno (el clima belicista pos 11 de setiembre, el póster de Reagan, la conferencia anti-aborto). Está desconforme con todo lo que la rodea, incluida la ciudad de Sacramento (California), el colegio católico en que cursa el último año del bachillerato, el barrio modesto en que vive, su familia medio disfuncional (padre desempleado y desesperanzado, madre incomprensiva, un hermano adoptivo con el que no parece tener vínculo alguno, situación de aprieto económico y perspectivas limitadas). Entonces adopta el extraño nombre Lady Bird, pinta el pelo color zanahoria, fantasea con los muchachos apuestos y de “buena familia” y con las casonas de los barrios opulentos, sueña con irse al extremo opuesto del país y estudiar en una universidad neoyorquina, aunque su actitud rebelde en el liceo compromete sus notas y aleja aun más esa improbable posibilidad. En un momento extremo, relega a su amiga Julie (también de familia modesta, y además gordita, impopular) para sumarse al círculo de Jenna, la colega pituca, sexy y con novio.

La anécdota pinta la profundización de esos rechazos y, luego de un conjunto de ocurrencias significativas, la reconexión de Christine con sus orígenes, con los aspectos buenos que tienen aun las cosas malas de su formación, y con esa cosa loca de que, por más que uno reniegue de sus orígenes, a la larga ellos son una parte ineludible de lo que uno es. A tal efecto es esencial la mirada de la película, siempre pronta a encontrar el sentido de las emociones encontradas, a apreciar los motivos y esfuerzos de personajes muy distintos entre ellos. El moralismo de la monja Sarah (que en el baile vigila que las parejas no aprieten demasiado, o que las gurisas no usen la falda demasiado corta) queda como un rasgo anecdótico frente a su bondad y humildad. Es ella la que dice la frase central de la película: “¿No te parece que quizá sean la misma cosa amor y atención?” Es una observación crucial para que Lady Bird se percate de que, en el fondo, ama Sacramento aunque siga firme en el propósito de abandonarla y trascenderla. La película adopta ese mismo principio, una de las claves para que respire tanta vida y amor, aun si tiene también sus costados ácidos y satíricos. Y en lo visual se regodea con la arquitectura, las calles, los paisajes de Sacramento (un tratamiento que recuerda a Woody Allen). Hay una conciliación incluso con la formación religiosa: la visita a una iglesia católica y la belleza de la composición para coro “Rosa mystica” de Chrysogonus Waddell van a conducir a la conclusión de la película.

La anécdota parece reaccionar también al hartazgo ante el hecho de que, en el cine como en la sociedad, el éxito de la mujer se suele pintar en función del vínculo amoroso con un varón. Las tres arremetidas eróticas de Christine o no llegan a consumarse o resultan insatisfactorias. Una de las culminaciones de la película va a ser una consagración de la amistad y complicidad entre mujeres como algo tanto o más valioso que los vínculos de pareja. En ese tenor femenino/feminista, la película da por asumido el vínculo afectuoso y cómplice entre Lady Bird y su padre, y va a poner en el centro energético y temático la relación conflictiva entre ella y su madre (la alternancia o ambivalencia entre cercanía interdependiente y distancia orgullosa y crítica gana un espesor especial en las actuaciones formidables de Saoirse Ronan y Laurie Metcalf).

Como tantas películas de coming of age y tantas de mumblecore, la acción devanea entre situaciones, como si fuera un álbum de recuerdos y el espectador tarda en captar los ejes temáticos. Esa sensación de casualidad amorfa, sin embargo, es engañosa, porque la Gerwig no tiene nada que envidiarle a un Frank Capra en materia de concentración, agilidad y lógica, aunque aquí la cohesión se obtenga a partir de recursos, principios y propósitos muy distintos. Este film en que la protagonista dice que quiere ir a la costa este porque es “donde está la cultura”, arranca con citas-homenajes a dos autores californianos (Joan Didion y John Steinbeck —eso sí, ambos migrados a Nueva York—) en el primer minuto de proyección. La primera imagen diegética es el plano precioso de los rostros de la mamá y de Lady Bird acostadas en la misma cama, unidas en la intimidad, pero la postura también se puede interpretar como enfrentamiento (es como un póster que anuncia una pelea de boxeo). En los veinte segundos que dura el primer diálogo entre hija y madre ya se nos define una serie de características (las dudas de Lady Bird sobre su pertenencia a Sacramento, el realismo crudo de la madre, las diferencias entre la desprolijad de una y la obsesión de la otra).

Más allá de los asuntos, un trabajo estilístico de rara inteligencia y sensibilidad impregna de sentido varios aspectos formales: encuadres que se reiteran, movimientos de cámara o su ausencia, colores, motivos musicales, objetos. El montaje, en particular, es de lo mejor que se haya visto en el cine estadounidense del último año (su relegamiento entre las candidaturas del Oscar es un indicio más, por si hacía falta, de la superficialidad de criterios con que se suele manejar la Academia). Abundan las superposiciones o yuxtaposiciones significativas: en los créditos de presentación el cura dice un sermón y prácticamente cada frase resuena con algo que se ve en ese momento (“Tenemos miedo de nunca poder ir a la universidad que elegimos” sobre la imagen de Lady Bird, pero luego cuando avanza Julie escuchamos “tenemos miedo de no ser amados”). El criterio para yuxtaponer las escenas es muchas veces de asociación y contraste: Lady Bird garantiza a un personaje que no va a desvelar un secreto a la mamá de éste, y cortamos a la escena en que el padre Leviatch pide a la madre de Lady Bird que no cuente determinada cosa a su hija; Lady Bird y Julie comentan un error cometido por la mamá de ésta cuando tenía 19, y cortamos a la charla sobre el aborto en que la conferencista comenta sobre el error cometido por su mamá cuando adolescente. A veces esos significados se dan en lo gráfico: Jenna se zambulle y queda Lady Bird sola en el encuadre, y cortamos a la sala de clase en que Lady Bird, en el mismo lugar del encuadre, está sentada al lado de la silla vacía donde debería estar Julie. O, en forma más ostensiva y de sentido más explícito, casi al final de la película, la alternancia entre planos de la madre y de Lady Bird manejando, sustituyéndose una a otra en la pantalla. Y ni que hablar de las breves secuencias sintéticas, juguetonas y rítmicas hechas de planos que aíslan momentos discontinuos pero significativos de determinado episodio (como cuando Lady Bird pone en el correo las aplicaciones para la universidad, o cuando se masturba en la bañera luego de mirar el retrato de Kyle).

Todo eso se coordina con una puesta en escena también excepcional. En un momento de predominio de pantallas chicas, en que, exceptuadas las escenas de acción, casi todo se resuelve con primeros planos, la filmación de Gerwig pone mucho énfasis en el trabajo corporal en planos enteros: las manifestaciones de alegría, furia o expectativa de Lady Bird, Danny cohibido abrazándola, la actitud de Julie con los brazos colgados de los costados como empujados hacia fuera por su gordura. Los encuadres están concebidos con inusual inteligencia narrativa y visual: Lady Bird prueba un vestido azul (que no le queda muy bien), a su izquierda hay un vestido azul colgado y a su derecha está la madre con su uniforme azul de enfermera. De pronto, Lady Bird descubre el vestido perfecto, con el que queda deslumbrante, de un tono rosado que se destaca ahora entre los dos referentes azules que lo enmarcan (y ese rosado remite además a otros atributos previos de Lady Bird: el yeso que lleva en el antebrazo izquierdo en la primera mitad del metraje, la pared de su habitación, el vestido de Acción de Gracias). Esto, a su vez, ayudará a potenciar el comentario medio irritante que hace la madre en ese momento.

La banda musical consiste mayormente de canciones pop (algo muy común en películas estadounidenses de coming of age), pero la música incidental de Jon Brion, toda para vientos y una base entre jazzística y folk, es preciosa y original: es como que cada aparición parece irse dirigiendo a la definición del tema que aparece recién en los créditos finales. Cuando surgen éstos, el tema es como el falso recuerdo de algo que en realidad nunca había sido escuchado en su versión acabada, algo nuevo compuesto a partir de ideas viejas, y contribuye a delinear el periplo vital, emocional y conceptual de esta tremenda película.

Lady Bird”, dirigida por Greta Gerwig. Con Saoirse Ronan, Laurie Metcalf, Tracy Letts. Estados Unidos, 2017.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 15/02/2018)

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