“La forma del agua” (Hugo Acevedo)

Una fantasía alegórica

El cine fantástico de sesgo alegórico y simbólico no exento de ternura y hasta de reflexivo humor negro, es la removedora propuesta de La forma del agua, el elogiado film del realizador mexicano Guillermo del Toro, que atesora nada menos que trece nominaciones a los premios Oscar.

La película, que posee sin dudas la personal impronta del autor, está en sintonía con su celebrada filmografía, que incluye recordados títulos como Cronos (1993), El espinazo del diablo (2001), El laberinto del fauno (2006), Titanes del Pacífico (2013) y La cumbre escarlata (2015), entre otros.

En efecto, Guillermo del Toro es un director imaginativo y versátil, que ha incursionado con singular éxito en el género de ciencia ficción, en la adaptación de cómics, en el cine de terror fantástico y hasta en la narración histórica.

No en vano suele imprimir a sus producciones estéticas cuasi sobrenaturales, ambientes tétricos y agobiantes o situaciones rayanas habitualmente en el absurdo, aunque casi siempre con un trasfondo simbólico.

No obstante, tan vez sus dos películas más logradas sean precisamente El espinazo del diablo y El laberinto del fauno, que transcurren durante la dictadura franquista en España.

En La forma del agua, la historia, que está ambientada en plena Guerra Fría en 1962, en los Estados Unidos, gira en torno a la peripecia de Elisa (Sally Hawkins), una mujer sorda que trabaja como empleada de limpieza en una base secreta de gobierno dedicada a la investigación espacial, en plena competencia por la supremacía con la Unión Soviética.

Las únicas relaciones de esta joven retraída y taciturna son Giles (Richard Jenkins), un vecino dibujante y homosexual, y Zelda (Octavia Spencer), una afroamericana compañera de trabajo.

Empero, la sorpresiva irrupción en el lugar de gigantescos tanques de agua custodiados por el policía sádico y fascista Strickland (Michael Shannon), despierta la curiosidad de la protagonista.

En efecto y bajo estrictas medidas de seguridad, estos inmensos recipientes contienen un espécimen anfibio con forma humana oriundo de la selva amazónica, muy similar al recordado Monstruo de la laguna negra, del film terrorífico dirigido en 1954 por Jack Arnold.

Contrariamente a lo que se podría pensar, la película no es un mero thriller de terror gótico, sino una alegoría que trasciende al propósito de entretener.

No en vano el relato está ambientado en 1962 en plena Guerra Fría, en tiempos de la denominada crisis de los misiles, cuando la Unión Soviética dispuso el emplazamiento de plataformas de lanzamientos de proyectiles balísticos nucleares de medio alcance en Cuba, a pocos kilómetros de los Estados Unidos. La tensa situación mundial, que hace cincuenta y seis años puso al mundo al borde de la conflagración atómica entre las dos superpotencias hegemónicas, se dirimió con un acuerdo entre ambos bandos para el retiro del letal armamento.

Si bien en ningún momento se alude explícitamente al diferendo, este sí se insinúa mediante otros recursos cinematográficos, dando cuenta de uno de los momentos más inquietantes de la denominada Guerra Fría.

En ese contexto, la narración va conformando una escenografía histórica bien conocida, más allá de las meras tribulaciones de los protagonistas que permanecen ignorantes e indiferentes a la confrontación bipolar.

Obviamente, el monstruo acuático, que está oculto para su ulterior estudio, es también parte de la enrevesada historia de espionaje que alimenta esta película de sesgo casi siempre fantástico.

Más allá de la mera anécdota, hay explícitos guiños cómplices a los clásicos hollywoodenses de la década del cincuenta y a la primera crisis del cine de sala originada por la irrupción de la revolucionaria tecnología de la televisión.

Esa situación es claramente testimoniada por el local de proyección ubicado en la planta baja de la casa de la protagonista, que luce dramáticamente vacío por la ausencia de público.

Empero, este film es aun más ambicioso en la medida que reflexiona sobre la segregación al diferente, en este caso representada por una muda, un homosexual y una mujer negra, quienes son los tres personajes centrales de la historia.

De todos modos, tal vez el meollo de esta película inclasificable sea el amor y la intrínseca capacidad de amar, simbolizada por el imposible romance entre dos seres marginados.

Este es, sin lugar a dudas, el componente intransferiblemente poético de La forma del agua, que está obviamente en sintonía con los antecedentes artísticos de Guillermo del Toro.

En efecto y salvando las diferencias, esta historia es extrapolable con la monumental El laberinto del fauno, un relato ambientado en un tiempo de violencia y autoritarismo cruzado por la fantasía, ya que uno de sus protagonistas es el célebre monstruo mitológico.

Mixturando el drama con el cine fantástico, la recreación histórica y hasta la comedia, La forma del agua es una pequeña joyita cinematográfica que está entre lo mejor de la filmografía del aclamado director mexicano.

La película contiene la impronta que identifica a su autor, cuya arrolladora creatividad y sabio manejo de los recursos cinematográficos logra seducir y, por supuesto, también conmover.

El rubro interpretativo también colma las expectativas, con un amplio lucimiento de la estupenda y nominada a Mejor Actriz Sally Hawkins, quien encarna su papel de muda enamorada con una intensidad dramática que realmente remueve e impacta.

“La forma del agua” (The Shape of Water). Estados Unidos 2017. Dirección: Guillermo del Toro. Guión: Guillermo del Toro y Vanessa Taylor. Fotografía: Dan Laustsen. Montaje: Sidney Wolinsky. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Sally Hawkins, Michael Shannon, Octavia Spencer, Richard Jenkins, Doug Jones, Michael Stuhlbarg, Lauren Lee Smith, Nick Searcy y David Hewlett.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital, 26/02/2018)

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