“La forma del agua” (Paula Montes)

Signados por lo diferente

Con 13 nominaciones a los premios Oscar, se encamina La forma del agua, hacia la gran fiesta del Cine, el 4 de marzo de 2018

Lo que plantea con gran sutileza el director mexicano Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, El laberinto del Fauno), en el film La forma del agua, nombre inquisitivo si lo hay, – se adhiere en cierta forma al género fantástico -, es una tierna relación entre dos seres signados por lo diferente.

La joven (interpretada con genial maestría por la actriz británica Sally Hawkins), no puede emitir ni siquiera un sonido, teniendo que apelar al lenguaje de señas, de lo gestual para poder comunicarse. Trabaja en un laboratorio gubernamental secreto de los Estados Unidos, con numerosas dependencias y largos pasillos que se volverán muy significativos en el devenir fílmico.

Elisa se desempeña como limpiadora, junto a la actriz afroestadounidense Octavia Spencer, que también pertenece el personal de limpieza, y que será su confidente y protectora en la ficción.

La agonista descubrirá detrás de un vidrio, sumergido en el agua de un tanque, a un anfibio, que será capaz de comer los huevitos que le deja depositados en un banco, y comenzará a advertir que es capaz de sentir emociones.

Está encadenado, pero sus sufrientes, comprensivos ojos, hablan. Así la música que Elisa le hace escuchar, lo dulcifica, lo calma, y/o lo libera.

La muy creativa historia se ambienta en un poblado costero norteamericano, durante la llamada Guerra Fría entre las dos grandes potencias, los Estados Unidos y la Unión Soviética, en la década sesentista.

El “freak” al que tienen sigilosamente cautivo, lo están estudiando en el laboratorio estatal, tal vez con el propósito de investigarlo y enviarlo al espacio interestelar con la finalidad de una conquista, o de pronto le acaecerá el exterminio si se lo considera prescindible. Se le tortura, padece el sufrimiento.

De aquí que visionemos a cada instante imágenes de agentes secretos de ambos países, en un ir y venir constante, respecto del anfibio marino, a quien denominan “el activo”.

Elisa que se sentía un ser a medias, disminuida por no poder emitir ninguna palabra, por la soledad que implica carecer del habla, comienza a vivir por ese ser, una suerte de amor imposible, de aquí que los rasgos que definen al romanticismo, emerjan del film, y muy especialmente la inclinación por lo extraño, un espejo en quien Elisa comienza a mirarse, con algunas incertezas respecto de sí misma, y de lo desconocido que la atrae fatalmente, que será su destino.

Como se apreciará en el decurso cinematográfico, la misteriosa criatura de forma humana, fue a su vez una deidad verdosa, poseedora de un don mayor, el de hacer milagros.

Lo que el espectador en definitiva visiona, es una historia de amor correspondido, entre dos seres “diferentes”. Como explicitara el realizador mexicano, “una cosa maravillosa que posee el amor, es que no requiere de palabras”.

Con la ayuda de un vecino homosexual muy amigo, – dibujante y pintor -, interpretado nada menos que por Richard Jenkins; el actor Doug Jones en la piel del monstruo, de una interioridad de naturaleza “angelical”, será liberado por Elisa, llevado para su casa.

La gran escena de amor, requerirá del agua salada como el mar, y ésta no solo inundará todo el hábitat de Elisa, sino que perjudicará a los departamentos que se ubican por debajo del suyo, y llegará hasta la sala de cine, a la que generalmente concurre poca gente.

El amor no tiene límites, se redimensiona. La escena es de un puro, maravilloso esteticismo.

La banda sonora que va subrayando con exquisitez las variaciones amorosas del ayer y el quehacer cinéfilo-musical, tendría que ser objeto de un estudio en profundidad, así como la intercalación de secuencias expresivas del género musical de antaño.

Guillermo del Toro creció visionando películas, donde los monstruos eran su mayor debilidad.

Los espectadores siempre tendremos La forma del agua en nuestra memoria, la puesta en escena del atípico y muy verdadero amor, no es olvidable, y más aún cuando se trata de seres angélicos, entrañables, inmortales.

El amor todo lo vence” se plenifica casi pictóricamente en el dramatismo que conlleva el desenlace, en la profundidad e inmensidad del mar. El muy simbólico zapatito negro que perderá la “princesa muda”, queda en el corazón del espectador por y para siempre.

El director ha plasmado un cuento de hadas nada convencional, con indudable alcance metafórico, en un tiempo histórico racista, discriminatorio, clasista, xenófobo, y desigual por demás.

La forma del agua” (The shape of water), Estados Unidos, 2017. Dirección: Guillermo del Toro. Guión: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor. Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Dan Laustsen. Elenco: Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon, Octavia Spencer, Richard Jenkins, Michael Stuhlbarg, Lauren Lee Smith, David Hewlett, Nick Searcy, Morgan Kelly, Dru Viergever, Maxine Grossman, Amanda Smith, Cyndy Day, Dave Reachill.

Paula Montes (20/02/2018)

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