“La forma del agua” (Mathías Dávalos)

Donde viven los monstruos

En su décima película, Guillermo del Toro vuelve a representar una visión fuertemente personal e idílica. Una fábula marcada por lo fantástico, el suspenso, la ciencia ficción y la crítica social, elementos que ha cultivado en su filmografía y que a su vez se apoyan sobre diversas influencias artísticas que van desde el arte surrealista de las primeras décadas del siglo XX hasta el de las historietas.

Entre el tributo al paradigma cinematográfico de Hollywood de pos Segunda Guerra Mundial como escaparate de fantasía de masas ante la realidad de la Guerra Fría, clásicos musicales protagonizados por Fred Astaire (Sigamos la flota, 1936; Boda real, 1951) y uno de sus films más admirados (El monstruo de la Laguna Negra, Jack Arnold, 1954), Del Toro narra una historia de amor entre Elisa, una limpiadora muda, y una criatura entre humanoide y anfibio, cautivo en un laboratorio tras ser capturado por el ejército estadounidense en la selva de Sudamérica, donde era respetado como un Dios y con un nuevo destino como arma de guerra descartable.

Como en su celebrada El laberinto del fauno (2006), el director mexicano confronta los conceptos del bien y del mal tanto en la superficie audiovisual como en las emociones de los personajes. En este caso, el resultado es desparejo. La creación de este escenario de fábula con la omnipresencia del agua, apoyada en la permisiva música de Alexandre Desplat y en la fotografía marcada por tonalidades del azul y del verde del sueco Dan Laustsen, es recreativa e impulsa el film cuando el guion de Del Toro y Vanessa Taylor se estanca entre clichés y falta de novedad ante la linealidad de la trama (algo en que se apoyan célebres fábulas clásicas como el caso de La bella y la bestia, evidente influencia de este film).

Entre los méritos de La forma del agua está la conformación de su elenco. La actriz Sally Hawkins, en el rol de Elisa Esposito, manifiesta su talento al interpretar a una mujer solitaria, soñadora y expresiva mediante el lenguaje de señas y su mirada, entre la atención y la desatención en un silencio sugestivo como provocador. Su performance es el alma del film, mientras Del Toro la rodea con personajes que proponen una denuncia social desde la ciudad de Baltimore a comienzos de los años sesenta. Su compañera en la limpieza del laboratorio es Zelda (Octavia Spencer), mujer negra y obesa, subestimada por su esposo y discriminada por el coronel Strickland (Michael Shannon), villano del film y carcelero de la criatura. En los parlamentos entre Zelda y Strickland es donde Del Toro desarrolla con mayor mérito el tema de la intolerancia. Zelda, intérprete de Elisa en el laboratorio ante el resto de los empleados, es a quien suele preferir el racista y perverso Strickland en sus ofensas que van desde el mito de Sansón hasta las críticas a los movimientos por los derechos civiles de los afroamericanos. Otro personaje en conflicto por su incomunicación es Giles (Richard Hawkins), un veterano ilustrador homosexual en busca de trabajo en el rubro de la publicidad.

Lo que resulta en estas interrelaciones entre los personajes secundarios es lo que falta en el vínculo central, entre la criatura y Elisa. Una historia de amor entre dos seres diferentes unidos por los sentimientos y el instinto, donde el guion toma varios atajos posibles en las resoluciones, abordando el factor del sexo y la simpleza en la tarea de rescate de la criatura en un laboratorio militar de alta seguridad, excepto en una escena que conecta con sutileza y encanto la tensión entre lo fantástico y lo real que posiblemente ha perseguido Del Toro desde su ópera prima Cronos (1993). Un musical, aquí momento de escape válido desde su condición poética y humana, en blanco y negro, sin verdes y azules de la fotografía y sin agua como en gran parte del metraje. Elisa domina la pista, canta, sonríe embelesada ante su amante, un inmejorable partenaire.

Pero a pesar de la riqueza de recursos cinematográficos de un director con evidente talento y gracia, en su nueva película radica un problema que responde a uno de sus célebres enunciados que define su obra desde su origen. Una “fascinación antropológica” por los monstruos. Según el autor: “Los estudio, los disecciono en algunas de mis películas: quiero saber cómo funcionan, qué aspecto tienen por dentro y cómo se comportan”. En La forma del agua esta inquietud no se cumple.

La forma del agua” (The Shape of Water) Dirección: Guillermo del Toro. Guion: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor. Fotografía: Dan Laustsen. Música: Alexandre Desplat. Elenco: Sally Hawkins, Michael Shannon, Doug Jones, Octavia Spencer, Richard Jenkins, Michael Stuhlbarg. 123 minutos. 2017.

Mathías Dávalos (18/02/2018)

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