“Las horas más oscuras” (Guilherme de Alencar Pinto)

Guerra y paz

La popularidad de Winston Churchill (1874-1965) como figura histórica británica y mundial puede verse como la contracara de la posición de Adolf Hitler como el personaje más villanesco de la historia de la humanidad. Churchill fue, sin discusión, racista, decididamente imperialista y, si su papel en la Segunda Guerra no hubiera eclipsado el recuerdo de sus muchos fracasos, podría ser recordado como uno de los responsables por una de las mayores derrotas militares británicas (la batalla de Gallipoli, en 1915, que resultó en unos 60 mil soldados aliados muertos). Ni siquiera fue, como esta película parece asumir, un opositor ideológico de Hitler, por quien expresó admiración en distintas ocasiones. Lo que sí tuvo, y le valió la votación como “el más grande británico de todos los tiempos” en la famosa encuesta de 2002, fue la visión estratégica de que el Reino Unido debería prepararse militarmente para frenar y anular las pretensiones hitleristas de englobar a Europa, islas británicas incluidas, en un Tercer Reich. Y tuvo el liderazgo, la obstinación y la suerte fundamentales para lograrlo. De haber actuado de otra manera o con menos decisión y habilidad, viviríamos en un mundo muy distinto, probablemente peor. Quien mantuvo una postura opuesta a la suya, el anterior primer ministro Neville Chamberlain (1869-1940), que favorecía un acuerdo de paz con Alemania, hoy día representa la actitud pusilánime, el ingenuo intento de conciliación con un monstruo que no merece confianza y está pronto a devorarte, el abandono egoísta de los vecinos europeos.

Esta película describe justo ese momento crucial, desde la renuncia de Chamberlain a inicios de mayo de 1940 —cuando Alemania recién había ocupado Dinamarca y Noruega—, hasta el rescate de Dunkerque finalizado el 4 de junio (esta historia es como el telón de fondo político del reciente film bélico Dunkerque, de Christopher Nolan). La línea de desarrollo implica un Churchill confiado en que sería posible para los países de Europa occidental continental resistir la embestida germana con el apoyo británico; luego el desaliento y casi parálisis del mandatario frente a la serie de victorias arrasadoras del enemigo; y finalmente la decisión de resistir a cualquier costo. En el momento “más oscuro” es que gana peso la posibilidad, alentada por Chamberlain y el vizconde de Halifax, de negociar un acuerdo de paz.

Normalmente, a las actitudes que una narrativa plantea como correctas, las tendemos a generalizar, extrapolándolas a moralejas. Mientras leamos esta película como “Churchill merece nuestra admiración y nuestro agradecimiento por haberse plantado en forma intransigente contra Hitler” la cosa es indiscutible, pero es difícil no leerla como “frente a fuerzas que se oponen a nuestros países y nuestro bienestar no hay contemplación posible, pensar que la hay es una estupidez suicida y mejor usar toda la fuerza de la que disponemos para aplastarlas”. El director Joe Wright parece haber tenido consciencia de ello y trató de darlo vuelta, en forma no muy convincente, declarando en entrevistas que el mensaje de la película es de resistencia, como la que, por suerte, observa en el pueblo estadounidense que no parece aceptar con pasividad las atrocidades que propone Trump (esto sería Hitler = Trump, Churchill = ciudadanos de espíritu democrático). Es medio forzado: en todo caso, es mucho más fácil e inmediato, dada la jerarquía del personaje y su fundamentada argumentación, hacer la equivalencia Churchill = Bush/Trump, Hitler = fuerzas enemistadas con el mundo desarrollado, y Chamberlain = pacifistas.

Es evidente, de cualquier manera, que no fue la intención de la película hacer una declaración sobre el mundo actual. Se trata de una más en la fatigosa serie de películas y series televisivas británicas sobre sus grandes mandatarios en algunos momentos cruciales de la historia nacional. Ese tipo de películas suele tener tres gracias principales: (1) el relato que involucra personajes y episodios que se volvieron míticos; (2) la afirmación reconfortante de los valores nacionales (producto de orgullo para los británicos y de deslumbre para extranjeros que sientan atracción por ese mundo de aristócratas); y (3) el ejercicio de reconstrucción, que además de la dirección de arte suele involucrar el esfuerzo de algún tremendo actor que personifica la figura reverenciada, para que el público evalúe hasta qué punto le salió parecido y logró acercarse al carisma y gravedad que se supone que tuvo el personaje.

Empezando por lo último, Gary Oldman viene ganando premios importantes por su personificación de Winston Churchill, que le requirió unas doscientas horas acostado en la sala de maquillaje, además de comprometer la propia salud fumando unos 25 mil dólares de habanos. El trabajo involucra, sin duda, un gran virtuosismo en el uso del cuerpo, de la voz y de la observación de ciertas inflexiones. Junto a eso está el prodigioso maquillaje del japonés Kazuhiro Tsuji, que proveyó el actor con amplios cachetes, lunares y grandes entradas en el cuero cabelludo. Es sensacional, y efectivamente parece que estamos viendo un rostro natural, curioso híbrido entre Oldman y Churchill. En cuanto a la personificación, como suele ocurrir, involucra una exageración que bordea la caricatura. Oldman, que tenía 6 años cuando se murió Churchill en 1965, hace un Churchill mucho más avejentado y excéntrico que lo que lucía el primer ministro en 1940. Esto quizá se deba también al propósito dramático de presentar, inicialmente, una figura por la que pocos dan crédito, pero que finalmente sorprenderá con su vigor, carisma y lucidez, pese a la apariencia rara (gruñidos, silencios raros en que pareciera que su mente se apagó durante largos segundos, torpeza social, comportamiento errático en momentos de importantes decisiones). Todo eso contribuye a una pátina de comedia en esta película de trasfondo serio. Es medio triste que la maravillosa escuela actoral británica se venga contagiando de un criterio circense de actuación a lo Hollywood, que premia especialmente el sacrificarse en cámara para diversión del espectador (véase ese excelente actor que es Leonardo DiCaprio, que terminó ganando su primer Oscar por zambullirse en agua helada y comer un hígado crudo).

Con respecto al punto (2), la película sigue el mismo periplo de La reina (de Stephen Frears, 2006). El primer ministro tiene relaciones tirantes con el rey, comete errores y hace apreciaciones equivocadas sobre la capacidad de aguante bélico de franceses y belgas. De pronto Jorge VI empieza a entender su punto de vista, le tiende un voto de confianza, le da algunos consejos —que Churchill decide atender— y todo se empieza a encaminar. Pero todavía falta un elemento para completar el crecimiento del personaje-mandatario: el pueblo. Churchill, quien nunca en la vida tomó un medio de transporte colectivo urbano, decide subirse al subte y preguntarle a la gente sobre su opinión sobre asuntos básicos. A partir de ahí, consagrado por el rey y por el pueblo inglés, se carga del aura superheroico que le va a permitir conducir el país y el mundo libre hacia la victoria.

Finalmente, el punto (1): la película pinta un momento fascinante y decisivo en la historia de la humanidad. Hubiera sido genial lidiar con sus dilemas y conflictos sin las afectaciones inherentes a los puntos (2) y (3). Es al revés, e incluso agregaron otras afectaciones más. Alternamos, sobre todo, entre dos puntos de vista: el del propio Churchill y el de su secretaria Elizabeth Layton. Ésta se pinta como una muchacha común que se escandaliza un poco con las excentricidades del líder, lo teme un poquito, pero aprende a admirarlo, siente nervios cuando lo va a ver por primera vez —y nosotros, que también lo veremos por primera vez, deberíamos compartir su expectativa, así como, luego, reírnos un poco cuando lo descubrimos irreverente, impredecible, chistoso; deberíamos sentirnos privilegiados por poder verlo en la intimidad en trajes menores—. Las expresiones de Elizabeth, sobreexplicadas por la actriz Lily James y los primeros planos que las enfatizan, nos dicen todo el tiempo cosas como “ojo, estamos atestiguando un gran momento histórico”, “qué gran hombre”, “qué loco es, hay que bancarlo pero… qué admirable”. Las caras que pone Elizabeth son la versión facial de la actitud, igualmente infantil, de la música incidental, casi omnipresente e igualmente explicadita: éste es un momento solemne e importante (oh), aquí (ja ja ja) es el interludio cómico, aquí (snif) debemos sentir una profunda congoja.

La acción está hecha esencialmente de diálogos. En vez de asumirlo, el director opta por un estilo emperifollado que trata de rodear las ocurrencias con “cine”, entendido como movimientos de cámara complejos, cortes rítmicos y llamativos (Churchill está dictando el texto de un discurso y cortamos a un plano de detalle de las letras siendo tipeadas), reencuadres en ventanitas y puertas, ángulos estrafalarios (mientras pasa un avión tenemos el picado cenital de un niño que está mirando hacia arriba con la mano cerrada alrededor del ojo para bloquear la luz del sol o para imitar una luneta; de ahí cortamos al ángulo opuesto, en que vemos el avión desde abajo rodeado por la mano del niño), uso expresivo del sonido (Churchill irritado con el discurso de Hitler en la radio golpea la puerta y el discurso silencia completamente). Unos pocos de esos recursos tienen algún sentido compositivo (como los travellings laterales en cámara lenta y con teleobjetivo mientras Churchill es trasladado en limusina, mostrando la manera como ve a la distancia a “la gente”, hasta que decide mezclarse con ella y de pronto todos los movimientos ganan su velocidad normal y se vuelven menos distantes). Por lo general se trata esencialmente de adornos un poco histéricos. Es como si el realizador pensara que ver a “Churchill” salvando el mundo occidental en una maravillosa “Londres de 1940” no tuviera interés intrínseco alguno, y una película que parte de tal premisa de anestesia audiovisual/conceptual difícilmente pueda llegar a algo digno.

Las horas más oscuras” (Darkest Hour), dirigida por Joe Wright. Con Gary Oldman, Lily James, Kristin Scott Thomas. Reino Unido, 2017.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 25/01/2018)

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