Alfaro, crítico de cine (Rosalba Oxandabarat)

El placer de la mirada y las palabras

Escribir de Alfaro como crítico de cine. Menuda tarea. Sobre todo para quien comenzó a interesarse en el cine como algo más que el obligado y apasionante entretenimiento de cada domingo, y en la crítica de cine en particular, gracias a la pluma de Hugo Alfaro.

Tamaña deuda es difícil de saldar, y hará falta, quizá, ubicar el desconcierto de los que llegamos a la veintena en los años sesenta. El lenguaje del cine cambiaba vertiginosamente por entonces, las nuevas olas eran sucedidas por olas novísimas, el cine europeo, con refinamiento y complejidades varias, desafiaba el reinado de Hollywood y los jóvenes de entonces fuimos inmisericordemente catapultados desde las jocundas cowboyadas y pícaros musicales de unos días antes a los suntuosos pliegues de Antonioni, los cerebrales ejercicios de Godard y los oscuros abismos de Bergman, sin explicaciones y sin anestesia. Cuando tratando de entender buscábamos la luz de la crítica, no pocas veces nos pasaba que -bajo la influencia, o no, de los prestigiosos Cahiers du Cinema– parte de esa crítica tendía a acompañar a los cineastas “difíciles” poniéndose a tono, es decir, incomprensible para el vulgo, aun el vulgo interesado. Hay que repasar ese panorama para calibrar la luminosidad de aquella prosa, la de Alfaro, que viernes a viernes venía a clarificar un (crecientemente complicado) estado de las cosas. Las notas de Alfaro eran una ventana abierta al mundo, un alivio para la comprensión, un estímulo para ver cine, y para seguir leyendo, claro está.

Porque Alfaro, con un sorprendente don de ubicuidad, no hablaba solo de cine; hablaba con el cine, y con los cineastas, dirigiéndose a ellos con su desarmante desfachatez –léase la imperdible “carta a Ingmar Bergman”, texto inédito que aportan estas páginas-, y desde esa parla de y con el cine, hablaba también de sí mismo, y del mundo que lo contenía. De sus carencias, inquietudes, debilidades, desconciertos. A lo Woody Allen –al que, a pesar de disfrutarlo de punta a punta, también le marcaba los puntos, faltaba más- Alfaro se introducía en la película en cuestión, y se introducía siempre desde un lugar voluntariamente autoburlón, pequeño, socarrón, recurriendo a composiciones humorísticas que creaba incansablemente y con envidiable facilidad para establecer ese diálogo múltiple –con el film, con su creador, con él mismo, con sus recuerdos, y básica y primordialmente, con el lector- que se concretaba en páginas cuya contagiosa energía y frescura disimulaban el trabajo de orfebrería que las sostenían. En tiempos de Alfaro no prosperaba, como ahora, la sanata de la “comunicación”. Se era periodista, crítico, cronista, no comunicador. Pero cómo “comunicaba”, ese hombre. Es verdad que se tomaban su espacio, en tiempos de Marcha sobre todo (ahora es una rareza que una crítica de cine alcance a una página entera, y más rareza aun sería encontrar lectores dispuestos a leerla completa). Pero incluso en los espacios más acotados de Brecha, Alfaro se las arreglaba para mantener su estilo, pleno de ramificaciones jugosas.

Para encarar este artículo repaso algunas críticas de Hugo y no ceso de encontrar perlas en su descripción de situaciones en películas y de situaciones en que se veían las películas. Algunos ejemplos, y hay centenares, miles tal vez. Los seres humanos comunes y corrientes, como los protagonistas de La familia, de Ettore Scola, apenas viven –vivimos- “desdichas y alegrías de bolsillo” (1987). O:“(…) el olor del azufre se olfatea desde el hall del Ambassador” (a propósito de la satánica irrupción de Jack Nicholson en Las brujas de Eastwick, 1987), película de la que, sobre el desmadre de recursos derramados en exceso, también anota que el director George Miller trabajó el asunto “mucho más con el acelerador que con el embrague”. O: “(…) es medio patizambo, y en Relaciones peligrosas se desplaza por los salones cuajados de cristal y porcelana, o por el césped de pensados jardines, con la elegancia perdularia de nuestros centre-halfs mas aguerridos. Un ríspido anticlímax”. (A propósito de John Malkovich interpretando al vizconde Valmont en la mencionada película dirigida por Stephan Frears). “Resultado: las señoras vienen tan predispuestas que escuchan la música desde el foyer y ya empiezan a llorar en el noticiero”. (A propósito de Love Story, 1971, cuya reseña tituló “Leucemia taquillera”). Pero no todo era humor -que tanto abundaba- en sus artículos. “Una ráfaga de poesía insana, de belleza neurótica. (…) Una mujer alta y flaca, de gafas oscuras y 84 años, se desmorona en un silencio estremecedor”, escribió en 1990 sobre Greta Garbo, que moría como la sombra de “la Divina” que supo ser para la juventud del reseñista, seguramente igual de estremecido que ese silencio.

Homero Alsina Thevenet, en el prólogo a De cine soy, el libro que Brecha y Cauce Ediciones dedicaron a recoger algunas críticas de cine de Alfaro –empeño e iniciativa del amigo y compañero Antonio Corti, hoy también fallecido-, escribió: “Hicimos crítica de cine con nuestro mejor criterio pero no sabíamos bastante sobre productores o libretistas. Y en esa postura crítica que no sería errado llamar ‘impresionista’ (juzgar lo que se ve), Alfaro era sobresaliente.” Claro, no había Internet para buscar datos, ni contrastar opiniones –menos que menos cursos de o sobre cine-, e incluso en los inaugurales años cuarenta y cincuenta, cuando HAT y Alfaro escribían en Cine Radio Actualidad o en Marcha, tampoco, anota el mismo HAT, llegan “las buenas revistas y los buenos libros de cine”. Lo que diferenció a Alfaro de otros críticos de cine, en primer lugar de su entrañable amigo Homero, fue como manejó su paleta impresionista, esa soltura para introducirse sin complejos en lo que escribía, el uso desenfadado del “yo”, que le permitió circular por las imágenes y las ideas, los recuerdos y la música, componiendo una forma de escribir sobre cine poco ortodoxa y absolutamente personal, y con notable llegada para los lectores.

Es que Alfaro fue, además, un gran hedonista. Así como al tablado, a las sesiones de jazz o a los conciertos del Sodre, iba al cine por placer, escribía con placer, y por eso se leía con placer. El placer del que mira, del que piensa, del que relaciona esas imágenes y esos sonidos con otras imágenes y sonidos, y con vivencias propias y ajenas, y es luego capaz de juntar todo eso y verterlo en palabras con sentido (muchos sentidos). ¿Para qué hacerlo, si no? (En mis años de editora de Cultura, cada vez que me enfrentaba a una reseña mecánicamente escrita, con oficio y conocimiento del tema, quizá, pero sin aportes propios, sin hallazgos, sin pensamientos originales sobre la materia tratada, hecha “de taquito” para cumplir con el tema y el espacio reservado, pensaba en Alfaro, lo invocaba. ¿Por qué escriben los que no sienten placer en escribir?. Hay formas más simples de autoflagelarse.)

Nacido en plena Gran Guerra –que aquí solo llegaba por la prensa- Hugo Alfaro fue un cabal hombre del siglo XX. En términos de cine, eso significa que abrevó de niño en el cine mudo, en su adolescencia en los hoy clásicos de los años treinta, en su juventud en el tiempo de la renovación del cine de Hollywood y el renacimiento europeo, en su madurez, sin abandonar jamás toda esa herencia -hay que leer con que unción escribe sobre una función de El gabinete del doctor Caligari en plenos años ochenta- estuvo a tiempo de asomarse con su natural curiosidad al cine antes “raro” (de Asia, de África), y hasta de asistir, con juvenil entusiasmo, a los pininos de un cine nacional que buscaba reinventarse y durar. Con toda su memoria, nunca fue –aunque estuvo cerca, no llegó a los ochenta años- “un octogenario que oficia de aguafiestas”, como el mismo escribe a propósito de la eterna manía de las comparaciones con lo anterior.

Sobre su forma de entender y amar el cine, nadie puede describirla mejor que él mismo: “A los del siglo XX nos tocó navegar en un barco, no en otro. Y en esa formación figura el cine, el cine-película, el cine-sala, el cine-contenido y el cine-ámbito de reunión. Y el cine encuentro consigo mismo. La butaca como un diván longevo. Donde se está solo y en sociedad, donde la risa, el murmullo y el silencio son compartidos (y el hormigueo del cuerpo ante el aburrimiento). Una relación pantalla-hombre, pantalla-mujer, pantalla-sociedad, a través de la cual el cine nos formó y nosotros formamos el cine.”

Un barco proteico, del que aun somos deudores. No sabemos qué diría y escribiría hoy Alfaro sobre los multicines, las películas dobladas, la saturación de superhéroes y efectos especiales, los públicos clavados en la adolescencia, la crisis de Cinemateca. Pero con toda certeza podemos suponer que encontraría rendijas de provocación, alegría y consuelo para desplegar su mirada encantada sobre la pantalla en movimiento, para meterse adentro y traernos de vuelta lo que allí encontrara, que siempre sería mucho.

Rosalba Oxandabarat (Brecha, 26/10/2017)