“Pecera” (Guilherme de Alencar Pinto)

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Éste es un documental que, esencialmente, documenta. Enfoca un aspecto localizado (la situación de los trabajadores que quedaron sin su fuente laboral y decidieron luchar por ella) de un episodio también relativamente localizado aunque ilustrativo de una situación más amplia (la quiebra del Frigorífico Pesquero del Uruguay, Fripur). No busca analizar la situación, no brinda un panorama que nos asegure sobre el alcance de la empresa y su forma de funcionamiento y los posibles motivos del quiebre, no abstrae cuestiones estructurales o éticas. Formalmente, dentro de las condiciones de un presupuesto al parecer exiguo, es una realización prolija, con encuadres cuidados, imágenes claras, preocupación por la articulación rítmica en el montaje. Donde el sonido directo no quedó lo bastante neto, se agregan sutítulos. No parece concebido prioritariamente como “documental creativo” (aunque tiene varios detalles creativos), sino que antepone a todo lo demás su función de registro, documento y acción social.

Hay una introducción en que vemos encuadres estáticos de pintadas gremiales callejeras y escuchamos un montaje de audios oriundos, al parecer, de programas periodísticos, que arman un mosaico visual-sonoro de conflictividad laboral a mediados de 2015: en la educación pública, con los trabajadores de la Intendencia de Montevideo, desempleo y el shock del cierre de Fripur, que dejaba sin empleo a 960 personas que trabajaban allí (86% mujeres), sin perspectiva concreta ni siquiera de indemnizaciones por despido. Esas imágenes callejeras y voces periodísticas van a ser nuestra única instancia generalizadora. De ahí en más las únicas voces que escucharemos serán las de los propios trabajadores, y todas las tomas se ubicarán en el interior de la planta de Fripur.

Hay una transición interesante entre esa introducción callejera y lo grueso de la película: se acallan las voces de los locutores periodísticos y tenemos una serie de imágenes del exterior de la planta. La cámara pasa hacia dentro y, en forma casi desafiante, enfoca el cartel que dice que está prohibida la entrada a personas ajenas al personal de la empresa: lo vemos desde atrás, ya transgredida en los hechos la prohibición: un espejo nos ayuda a leer el contenido invertido del letrero. Es como si la cámara en los hechos se asumiera como un factor más en la ocupación de la planta, solidarizándose con los trabajadores que se turnarían para cuidarla y mantenerla durante un año entero, en la expectativa de que la deuda de la empresa con ellos les valiera una apropiación de las instalaciones, para seguir con la producción bajo la forma de una cooperativa. En medio a lejanos susurros de los obreros, emerge una voz individualizada, a la que pronto corresponderá un rostro: el de Marlen Marrero, el “personaje” más destacado del documental.

De ahí en más la película oscila entre el esquema “cabezas parlantes” —entrevistas con trabajadores, en las que nunca se escuchan las preguntas—, y lo observacional —la cámara aparentemente invisible captando conversaciones y situaciones espontáneas—. Esas dos formas de documental a veces están articuladas con planos estáticos de espacios vacíos que recuerdan las imágenes callejeras del inicio, y por sucintos carteles que indican el paso de las estaciones del año.

Dentro de esos límites acotados, es mucho lo que se informa y lo que se trasmite. Por un lado, en lo anímico: los espacios enormes de la planta, cuidadosamente mantenidos por sus ocupantes que guardan la esperanza de seguir trabajando ahí: ver esos ambientes es desolador —porque los imaginamos cómo serían llenos de gente, con las máquinas funcionando, produciendo—, pero al mismo tiempo es conmovedor ver el afecto con que el colectivo de trabajadores los mantiene impecablemente limpios y bien cuidados.

La parte más intensa de la película es la primera serie de “cabezas parlantes”, donde distintos trabajadores hablan de las condiciones de trabajo antes de la quiebra. Lo que relatan es muy feo: debía ser realmente terrible trabajar en las partes refrigeradas de la empresa, con todo mojado, siendo que los implementos de uso obligatorio proporcionados por la empresa casi siempre eran inadecuados (las camperas muchas veces no tenían cierre y estaban agujereadas; para atenuar el frío los empleados los trataban de cerrar con cinta adhesiva). Algunas trabajadoras se sentían frustradas de depender de un trabajo en que no podían tener pintadas las uñas. El pescador observa que, como casi todos sus colegas, él es divorciado, porque era imposible mantener una familia en un trabajo que implica ausencia casi constante, a veces por lapsos de unos setenta días. El ruido en la planta era tan fuerte que mal escuchaban uno lo que decía el otro. Los mandos medios ejercían su prepotencia sádica sobre sus subordinadas (aunque ahora están igual de desempleados que ellas, en muchos casos unidos en la misma movida gremial por su fuente de trabajo). Había una alevosa persecución sindical. Y sin embargo, retoma Marlen emocionada, le parte el corazón ver la planta detenida, y no puede dejar de sentir mucha pena por la quiebra de una empresa a la que dedicó su vida, aunque, cuando funcionaba, detestaba estar allí: los misteriosos y contradictorios mecanismos del apego. Más adelante, comentará la manera en que el cierre contribuyó a que los trabajadores se conocieran mejor y se unieran, y sobre todo la sensación, mucho más amigable, de poder recorrer toda la planta, sentirla suya, sin que haya algún encargado botón gruñendo que hacia tal lado no se puede pasar.

El resto de la película es más diluido: el aguante, el cotidiano, el contar las moneditas de las colectas solidarias, los relatos del hambre y las ollas populares, el pasar el tiempo hablando de cualquier cosa, alguna reunión sindical. Vemos la manera en que Marlen Marrero ascendió, de ser una más, a ser una especie de líder o, al menos, de corazón de la movida, de pieza aglutinadora.

La cronología histórica se encargó sola de un detalle lírico: las primeras imágenes son del invierno de 2015 (justo en seguida de la quiebra de Fripur), luego vienen la primavera, el verano y el otoño, pautados por un optimismo con respecto a la posibilidad de que se concrete la cooperativa. Todo desemboca en el invierno de 2016, cuando nos encontramos con el único comentario objetivo de la película, en un par de letreros. Se dice que Fripur fue adquirida por una empresa canadiense, que puso 17 millones de dólares para las deudas, de los cuales 71% se destinarán a la devolución de préstamos bancarios y el 29% restante a los demás deudores, incluidos los trabajadores. Ellos recibirán no más que la mitad de lo que se les adeuda. No se aclara mucho más. Entiendo que la propuesta de la cooperativa se defraudó. No queda claro si los ex-trabajadores fueron absorbidos como empleados de la nueva empresa, ni, de los “personajes” que llegamos a individualizar en la película, quiénes quedaron adentro y quiénes no. Seguramente serían cuestiones no del todo resueltas al momento de finalizar el montaje.

Así que la película no llega a concluir. Asumo que debe seguir irresuelta la situación de buena parte de esas casi mil personas que quedaron sin trabajo y sin cotidiano, a quienes este documental nos permite conocer, acompañar, visibilizar, dejando doler la frustración por una sociedad que no logra garantizar el ejercicio de los derechos mínimos que ella misma tiene instituidos.

Pecera”, dirigida por Emiliano Grassi. Documental. Uruguay, 2017. Cinemateca 18.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 05/09/2017)

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