“Roslik y el pueblo de las caras sospechosamente rusas” (Pablo Delucis)

La memoria obstinada

El asesinato de Vladimir Roslik – el último cometido por la dictadura uruguaya – no fue una más entre las muchas atrocidades de aquellos tiempos. En aquel momento, el 16 de abril de 1984, el fin de la tiranía asomaba muy cercano, algunas libertades se iban recuperando, y las noticias en relación a las violaciones de los derechos humanos, tomaban ya mayor estado público. En este ambiente, en el que la esperanza comenzaba a vislumbrarse, el crimen de Roslik fue un mazazo tremendo y recordó que los tiempos oscuros todavía no habían terminado.

San Javier es un pequeño pueblito situado en Río Negro fundado por inmigrantes rusos en 1913. Este origen fue la excusa que eligieron los militares para inventar que allí se estaba gestando un movimiento subversivo, una especie de postrer intento de los tiranos de mantenerse un tiempo más en el poder. Vladimir – que según los que lo conocían no era lo que se dice un militante político -, debido a su ascendencia, se había recibido de médico en la Unión Soviética, por lo cual fue uno de los blancos elegidos y en 1980 fue detenido por primera vez, mientras que en 1984, ya en su segunda detención, muere salvajemente torturado.

Julián Goyoaga ha participado ya sea como productor y/o montajista, en películas como El cuarto de Leo (2009), Anina (2013) y Una noche sin luna (2014) además de haber codirigido junto a Germán Tejeira algunos cortos como Matrioshka (2008) y El hombre muerto (2009) . En este documental que es su primer largometraje, revela una sensibilidad manifiesta al recrear aquellos sucesos, y en especial en las consecuencias que ellos tuvieron en las vidas de la viuda y el hijo de Vladimir, Mary y Valery respectivamente. En apenas una hora y media, la película logra ubicar al espectador en el contexto y en el ambiente en que se dieron los hechos y también en como el asesinato marcó la vida posterior de su familia.

La parte periodística del asunto si bien brinda la información imprescindible, es sólo uno de los vértices del relato. Roy Berocay, Roger Rodriguez, Román Klivzov (profesor y director del liceo de San Javier, también detenido y torturado en aquel momento) y el staff de Jaque, un semanario de la época dirigido por Manuel Flores Silva, son los que tienen la voz cantante en este aspecto. Uno de los aciertos mayores, está en las animaciones – el original sello de Alfredo Soderguit (Anina) es inconfundible – que recrean lo más duro, como las dos detenciones de Roslik y un homenaje póstumo a su memoria. Esos momentos son una síntesis perfecta de emoción, creatividad y realismo.

Es indudable que el filme no se agota en los ribetes periodísticos e históricos. Por el contrario, y como ya fuera apuntado, la esencia está en mostrar las consecuencias que todo aquello tuvo en la posterior vida de Mary y Valery. Mary, una persona que ha llevado sobre sus hombros el recuerdo de la figura de su esposo, ya sea siendo la principal gestora en la fundación que lleva su nombre o participando activamente en diversas iniciativas sociales. Admite con cierto desencanto que no ha vivido la vida que quiso vivir, sino la que aquel lamentable suceso le marcó como legado. Esto no impide encontrarnos con una mujer pujante, vital, alegre a su manera, y que a pesar de todo, irradia una aureola de reconfortante paz interior.

En el caso de Valery, lo que sabe de su padre se lo han contado, y confiesa que en particular en su primera juventud, se resistía a dejarse llevar por el contexto en que le tocaba vivir, quizás por ese motivo es que su rebeldía la vuelca a través de su guitarra en un grupo metalero.

Estos efectos colaterales que tan bien capta y transmite Goyoaga hacen sí de este trabajo un fuerte y necesario recordatorio pero también nos pone delante a dos personas que a pesar de los pesares y sin renunciar a lo que el destino les deparó, apuestan a la vida. Imprescindible.

Pablo Delucis (cartelera.com.uy, 12/09/2017)

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