“Yo, Daniel Blake” (Pablo Delucis)

Insistente y vigente militancia

La obra del británico Ken Loach no se caracteriza por la sutileza. La denuncia social y un humanismo avasallador, son elementos característicos en las historias de un cineasta que muestra claramente donde se para a la hora de adjudicar culpas, méritos y responsabilidades en las peripecias generalmente duras por las que pasan sus personajes.

Esta película (por la que ganó en 2016 su segunda Palma de Oro en Cannes, luego de la conseguida por El viento que acaricia el prado en 2006) no escapa a esas generalidades. Daniel Blake, es un carpintero viudo que a sus 59 años, ha sufrido un infarto y por lo tanto sus médicos le prohíben trabajar. Lo que Blake no tenía en sus planes, es que el sistema de asistencia social estatal al que recurre, iba a complicar aún más su situación con reglamentos y requisitos propios de un universo kafkiano, pero que tiene lugar en la Inglaterra de estos días. La primera escena de la película, en la que solo se oye la conversación telefónica del protagonista y una operadora estatal que recita una serie de contradictorias y ridículas exigencias, es una eficaz y explícita manera de adelantar todo lo que la anécdota irá deparando.

A pesar de estos contratiempos, a los que se le suma sus nulas habilidades informáticas, Blake – interpretado de manera notable por Dave Johns, un exitoso comediante devenido de la televisión inglesa – tratará con suerte diversa de ir sorteando la carrera de obstáculos cuasi asfixiante que el sistema y sus empleados irán oponiéndole paso a paso. En ese camino, conoce a Katie, una joven madre soltera de dos pequeños, que afronta una situación igual o peor a la suya. El vínculo a la manera de padre-hija que se va forjando entre ellos, es utilizado por Loach para decirnos que la única esperanza está en la unión de los relegados, y aunque de esa forma tampoco se garanticen resultados, hay que intentarlo unidos o se fracasará irremediablemente en el intento. En estos pasajes, la película muestra situaciones muy duras – como la que se da en un banco de comidas – y otras entrañables, en especial en la relación que genera Blake con los hijos de Katie.

Algo que ha pasado también en trabajos anteriores del veterano director – ya cuenta con 81 años -, tiene que ver con que lo que mejor funciona está en la parte descriptiva del asunto. A nadie puede quedarle dudas de las penurias del carpintero y que las soluciones que vienen desde lo estatal, están lejos de al menos apaciguar las angustias de gente que solo tiene su trabajo para ofrecer. Estos momentos están retratados con hondo humanismo, y hasta en algunos casos con brutal claridad, sin embargo, no se puede decir lo mismo del Loach narrador. Quizás esta parte no le interese demasiado, pero los altibajos en ese rubro son tan claros, como las bondades retratadas anteriormente. En especial en la segunda mitad, hay situaciones que parecen darse, solo por el hecho de remarcar algunas ideas, más que como una correlación creíble y ajustada de los hechos. Lo mismo acontece con un final previsible que se acerca bastante al golpe bajo.

A pesar de todo esto, las denuncias y planteos de Loach – así como lo que plantean por ejemplo los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne – son a estas alturas imprescindibles ante tanta liviandad y falta de profundidad cuestionadora en la mayoría del cine de hoy. Eso sí, un poco de más cuidado en lo narrativo y formal, darían aún más fuerza a sus justificados y vigentes reclamos.

Pablo Delucis

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