19º Bafici (Guilherme de Alencar Pinto)

Revelaciones y mentiras

El Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) es el evento cultural anual más masivo de la capital argentina y punta de lanza de la política cultural del municipio. Las veintipocas películas a las que asistí, a un promedio de más de cuatro por día, no son sino una partícula de la inmensidad de la programación, que contó con unos 450 títulos de 56 países de todos los continentes, y que a su vez son una fracción en una abundancia de actividades que comprendió conferencias, workshops, publicaciones y un laboratorio de proyectos en desarrollo. Lo único de lo que se puede dar cuenta en términos globales es —más allá de tal o cual película— el clima de excitación general, salas llenas, gente ansiosa que aprovecha encuentros casuales en las filas (con conocidos o desconocidos) para intercambiar pareceres, que no dejes de ver tal maravilla o no vayas a perder tu tiempo con ese bagayo que no se entiende qué hace en un festival como este. Con respecto a las películas en sí, no puedo más que compartir mi recorrido personal, que me deparó algunas maravillas, varios títulos muy buenos y, por suerte, no más que un par de garrones.

Algunas de las luminarias del Festival de Cinemateca fueron premiadas en el Bafici: la chilena El pacto de Adriana ganó mención en la Competencia de Derechos Humanos, la ecuatoriana Un secreto en la caja ganó el premio FIPRESCI (crítica internacional) y su autor Javier Izquierdo fue considerado Mejor Director de la Competencia Latinoamericana. La estadounidense La bruja del amor fue presentada en el Bafici como “estreno latinoamericano”, pero en realidad había sido exhibida en Cinemateca 2016.

Dos de las películas más premiadas fueron españolas: Estiu 1993 ganó el premio SIGNIS (Asociación Católica), el premio del público y su autora Carla Simón fue reconocida como Mejor Director en la Competencia Oficial Internacional; y Niñato, de Adrián Orr fue Mejor Película en la misma ompetencia. No vi ninguna de las dos.

Cinefilia y reflexividad

Dado el ambiente de cinefilia reinante, no sorprendió encontrar entre los ganadores películas en las que el cine es un asunto central. Las cinéphilas recibió el premio del público en la Competencia Argentina. En este documental la directora María Álvarez acompaña mujeres jubiladas de Buenos Aires, Montevideo y Madrid que van al cine prácticamente todas las tardes. Lo hacen porque a través de las películas “viven mundos” enteros, se enamoran de los personajes/actores, se entretienen, palian la soledad, e incluso para disfrutar de calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Muchos de los espectadores del Bafici se habrán sentido identificados con la forma en que una señora porteña planifica cuidadosamente su grilla para asistir a varias películas por día en el Festival de Mar del Plata. Hay una señora Lucía, frecuentadora asidua del Cine Universitario, en Montevideo, que se roba la película con sus observaciones sobre la vida y, sobre todo, con sus descripciones vívidas de algunas escenas que tiene impresas en su memoria, de Fellini, Bergman, Kurosawa o Konchalovsky. En buena medida ve el mundo a través del cine, y dice que la realización de este documental en cierta forma la preparó para morir: ahora una parte de ella está registrada y pronta a proyectarse en una pantalla. Efectivamente, algunos miles de personas tuvimos y tendremos la suerte de conocerla por ese medio, así como a las demás entrañables veteranas cinéfilas que Álvarez logró encontrar y retratar con tanta calidez, admiración e intimidad. Sólo parece un poco contradictoria la música de tono vetusto y melancólico que recubre las imágenes con cierto sabor a naftalina y desvía hacia la decadencia crepuscular una película que evidentemente se pretende un tributo a una forma de expresión que anima la vida.

El jurado de la Competencia Argentina consagró a La vendedora de fósforos. Es la tercera vez que una película de Alejo Moguillansky gana ese premio. Es una mezcla de ficción y documental, realizada durante los ensayos para el estreno argentino (2015) de una ópera (1996) del gran compositor alemán Helmut Lachenmann. En la ficción, un director escénico porteño es encargado de la régie de la obra, que discute con su esposa. Mientras tanto, la pareja se las tiene que arreglar con problemas prosaicos (dónde dejar la hija chica mientras trabajan, cómo volver a casa durante un paro de transporte, cómo bancarse mientras aguardan el siempre demorado pago del Estado por los trabajos artísticos). La banda musical involucra todo un linaje de compositores germanos (Bach, Mozart, Beethoven, Schubert) que culmina con la extrañísima “música concreta instrumental” de Lachenmann. Pero también suena, con mucho destaque, el compositor preferido de éste, Ennio Morricone. La superposición de elementos (documental y ficción, Argentina y cultura europea, el teatro Colón y el cuento de Andersen, una película de Bresson y spaghetti western, artistas superentrenados y reflexivos y la inocencia infantil, prosperidad y miseria) propicia todo tipo de choques poéticos que, a su vez, disparan reflexiones sobre la vanguardia, la política, lo real y la representación, lo serio y lo lúdico. Hay humor, inteligencia, ternura y una mezcla muy saludable de irreverencia y tributo a las expresiones artísticas aludidas.

Le Concours (Francia), de Claire Simon, es un documental observacional que acompaña el concurso 2014 para ingreso en La Fémis, la más prestigiosa escuela de cine de Europa. Son anualmente miles de candidatos para los 40 puestos disponibles. En las entrevistas individuales a algunos de los candidatos, llama la atención la importancia de la práctica cinematequera que trasmite la venerable herencia del cine nacional: los nombres que inspiraron a los futuros cineastas son Démy, Truffaut, Cocteau, Grémillon, Prévert. En las discusiones entre los evaluadores tenemos material para reflexionar sobre lo arbitrario de ese tipo de procesos, los prejuicios que imponen filtros a pesar de la ejemplar seriedad que empeñan en la elección, y sobre todo sobre la naturaleza del cine: ¿qué señales pueden indicar en esos pretendientes a estudiantes a alguien que aportará a las distintas ramas del quehacer cinematográfico? Si se detecta en un candidato, por ejemplo, una evidente habilidad para venderse a sí mismo, ¿eso lo desmerece con respecto a otros de mayor talento pero más recatado o, al revés, es justamente un rasgo que lo ayudará a proyectarse en la selva competidora para llevar adelante una carrera consecuente? Si uno evidentemente talentoso parece medio chiflado y se anuncia como un probable alumno-problema, ¿eso es motivo para dejarlo afuera o, justamente, para incluirlo?

El prolífico surcoreano Hong Sang-soo es uno de los cineastas del momento. On the Beach at Night Alone (Bamui haebyeoneseo honja) se proyectó con lleno total de la enorme sala del cine Gaumont, y en la platea se distinguía una cantidad de directores de cine, intelectuales y críticos prestigiosos. Como siempre, los personajes son profesionales de cine winner-losers, es decir, gente reconocida y sin embargo aplastada por crisis e insatisfacciones personales (en este caso, una actriz y un director). Son planos extensos en que charlan de trivialidades, se emborrachan, comparten la tibia emoción de estar juntos —que nunca encubre una sensación de soledad compartida— y, pese a su vigorosa juventud, se muestran tristemente conscientes de la noción de transitoriedad y envejecimiento. Hay una delicadeza inefable en las obras de este director, aunque aquí empieza a dejar cierto gusto a fórmula.

Out There (Japón/Taiwan), de Takehiro Ito, también aborda a un actor y un director en crisis, con resultados más profundos y peculiares, y más énfasis en lo metacinematográfico. transcurre en entrevistas, tests y ensayos de un naturalismo que podría ser documental, que se alternan con largas escenas de contemplación cotidiana y algo de fantasía (de vez en cuando vemos una fantasma). Distintas texturas visuales (un blanco y negro especialmente rico en matices de gris, video casero en color) se combinan en forma arbitraria con distintas texturas sonoras (sonido directo comprimido, sonido editado y con un énfasis sensual en los ruidos, el dominio casi absoluto de la voz o de la bonita música incidental). Ese énfasis en lo estilístico termina confiriendo una poesía inusitada a determinados planos, relatos y momentos. El espectador compenetrado agudiza su ver, su oír y el relacionar los elementos. El actor sorprende a la actriz en una estación de tren y le saca una foto; ella desde lejos lo ve –como si el acto de ser fotografiada la hiciera percibirlo–; la foto cuando se revela muestra el lugar, pero ella está ausente –¿imaginación? ¿espejismo?–, pero luego cuando el personaje vuelve a ver la foto ella sí está en la imagen –¿una forma no-realista de mostrarnos que el recuerdo del lugar y del momento la trajo a colación, o que algo cambió que propicia una nueva forma de mirar?–. Son especialmente poéticas las imágenes de una especie de club abandonado, que incluye las ruinas de una sala de cine con la pantalla agujereada y pedazos de película deteriorada entreverada con la maleza.

No intenso agora (Brasil), de João Moreira Salles es, a un nivel, un documental más sobre el mayo de 1968 en Francia, que vuelve a encarar la intensidad de informaciones, sorpresas e indagaciones propiciadas por ese momento tan especial. Hay dos dimensiones que lo vuelven peculiar. Una es la búsqueda personal: el director vivía en Francia con su familia en 1968, recupera elementos de su infancia y los combina con otros datos, también familiares y políticos (el turismo de su mamá por China en 1966). La otra dimensión es cinematográfica: las imágenes son analizadas desde un punto de partida formal, para derivar sentidos connotativos que casi nunca son intencionales. El mismo ojo aguzado que se abre a las maneras en que el cine revela el mundo, advierte también las maneras en que el cine miente, y esas mentiras a su vez son reveladoras. 1968 fue un episodio político armado a partir de la renovada conciencia del poder del audiovisual y se jugó en buena medida en la representación: televisión, cine, coreografía callejera, poéticos eslóganes grafiteados. Utopía, desencanto, esperanza, transitoriedad, permanencia, la abundancia y la ausencia de sentido, tributo a los grandes documentalistas y a los anónimos personajes que empuñaron sus cámaras amateur para registrar aspectos de la vida que hoy es historia.

Más cine en el cine

Toda película dice algo sobre el cine, y en un festival eso es más evidente. La surcoreana Asura: the City of Madness, de Kim Sung-su, se ubica en un ámbito de corrupción policial, política y judicial, mafias y drogadictos miserables que obran como informantes. El detective Han (actuado por el carismático Jung Woo-sung) está lejísimos de la corrección, pero a su manera busca, aunque sea, la vía menos desastrosa. Esa radiografía de la podredumbre social hace pensar en The Wire, y el tributo se explicita con la canción “Way Down in the Hole”. Sólo que aquí, a diferencia de la serie estadounidense, somos llevados a un final catastrófico y la película termina por falta de personajes. Se notan también probables deudas con Sidney Lumet y Taxi Driver.

The Mole Song – Hong Kong Capriccio (Mogura no uta: Hong Kong kyōsō-kyoko) es la continuación de una comedia de 2013, del mismo realizador, el prolífico y ecléctico japonés Takashi Miike, sobre un policía infiltrado en una banda de yakuzas. Es un entrevero vertiginoso que incluye elementos del humor más primario imaginable (las morisquetas a lo Jerry Lewis del actor Toma Ikuta, una verdadera obsesión con las amenazas y agresiones a los testículos de distintos personajes, o con las erecciones incontenibles del protagonista frente a la abundancia de mujeres súper sexy), hipérboles caricaturescas, absurdo (una sopapa enchastrada de caca usada como instrumento de tortura) y una mezcla irreverente de técnicas (efectos digitales, collages) y estilos. Cuando uno piensa que los desbordes llegaron a su ápice, entra en acción un tigre cabalgado por una preciosa china fatal y amplía la masacre.

La canadiense Prank, de Vincent Biron, está producida por una firma llamada Romance Polanski. Un adolescente solitario finalmente encuentra su barra entre un grupo de guachos un poco mayores que él, que en cierto sentido lo adoptan como compañero para las bromas más o menos elaboradas a las que dedican su vida, que registran con el celular y suben a Internet. Se lidia aquí con los costados graciosos y los amargos del crecimiento, del enamoramiento adolescente, de la busca de identidad, la timidez y las presiones de grupo. Uno se ríe y casi que llora al mismo tiempo. De vez en cuando Jean-Sé le cuenta a Stefie sobre una de las películas que éste no tuvo oportunidad de ver, y esas narrativas están siempre ilustradas con montajes de ilustraciones pintadas. La creatividad visual es excepcional y colabora mucho con el humor a veces medio quirky de la película.

Beduíno (Brasil), del veterano vanguardista Júlio Bressane, gira alrededor de un hombre y una mujer. No son propiamente personajes: son más bien vehículos para distintas representaciones, donde encarnan personajes en escenografías armadas casi todas en el interior de un mismo apartamento: una pareja burguesa e intelectual, un beduino y su amada, un mendigo ciego, una prostituta y el potencial cliente, dos soldados que se disparan, un asesino serial y su víctima. A veces esos personajes derivan de películas del propio Bressane de los primeros años 70, que vemos alternadas con las imágenes nuevas. Los diálogos son dichos con teatralidad exagerada, “literaria”. Un tren de juguete cruza un paisaje abstracto, espléndidamente iluminado, donde el cuerpo de la mujer desnuda es una montaña. La amplitud de referentes culturales se amplía con mayas precolombinos y samba humorístico de los años 30, y el todo funciona como una especie de tratado sobre el deseo, el erotismo, la cultura y la representación, tan caótico y arbitrario como su amalgama temática. De vez en cuando la cámara —mirona, ávida, juguetona— capta el propio equipo de filmación en el set, visto a través de un recorte con la forma de ojo de cerradura.

Dhogs (España), de Andrés Goteira, funciona en dos dimensiones. Por un lado tenemos la historia de una mujer secuestrada y violada, y las distintas etapas de su desgracia son mostradas en forma cruda y contundente. Sin embargo, en distintas escenas, el relato se transfiere a otra dimensión, donde espectadores inertes, neutrales, están asistiendo a los eventos como si transcurrieran en una sala de teatro o en un cine, y aquí a veces el protagonismo es asumido por el más secundario de los personajes. Más adelante, los eventos ganarán una dimensión más, la de un juego de video. La película es incómoda, en cuanto se planta con una discutible indiferencia frente a los hechos terribles que pinta, o será que esa pose de indiferencia está puesta para interpelar a los espectadores que naturalmente nos encontramos en el lugar de esos otros espectadores hipnotizados mostrados en la pantalla.

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The Assignment (Estados Unidos/Francia/Canadá), de Walter Hill, es una producción clase B o C, basada en un guion truculento y que pretende impactar con frases breves de tipo “Una 45 nunca miente”, dichas con una caricatura de voz ronca de film noir. Pero la película tiene una característica realmente fuera de lo común en su carga de ambigüedad sexual: el súper asesino Frank Kitchen es capturado por la súper cirujana dra. Jane que, como forma de venganza por haber matado a su amante, le hace una cirugía de cambio de sexo. Así que, actuado por Michelle Rodriguez, Frank ahora es un varón en un sensacional cuerpo femenino, mientras que la cirujana, actuada por Sigourney Weaver, pese a que se supone que es hetero actúa y se viste como varón. Lo grueso de la historia estará en el sangriento recorrido de Frank para vengarse de su vengadora. Entre escena y escena, hay fotogramas que se trasmutan en dibujos, entablando una conexión con la historieta oscura, a lo Sin City, que esta historia podría ser.

Animación

My Entire High School Sinking into the Sea (Estados Unidos), de Dash Shaw, es una película de animación independiente no sólo en los medios de producción, sino también en los criterios estéticos, que no tienen nada que ver con la animación mainstream: contornos espesos que parecen hechos con dry pen, fondos pintados con crayola o acuarela, collages, efectos con líquidos derramados, ninguna pretensión de ilusión de profundidad. La historia es lo del título: el liceo se está hundiendo en el mar como si fuera un barco. Un trío de nerds que puntúan muy bajo en la popularidad liceal, frente al desastre se ven con cierta ventaja debido a su inteligencia. No es una película exclusivamente adulta, pero definitivamente no es para niños chicos: la mayor parte de los estudiantes muere violentamente. Pero aun esa masacre está llevada en forma lúdica en medio a la fiesta de colores y el ritmo imparable de ocurrencias sorpresivas de esta cruza de cine catástrofe con high school movie. El director tiene el prestigio suficiente como para haber podido contar con las voces de Susan Sarandon, Jason Schwartzman y Lena Dunham, y se entiende.

The Red Turtle (Francia/Bélgica/Japón), de Michaël Dudok de Wit, está coproducida por los estudios Ghibli. Es la clásica animación dibujada en celuloide, como en los animés. El visual es menos neto y detallado que en las películas de Miyazaki, pero increíblemente expresivo de ciertos detalles, y es de una belleza alucinante. El relato también es peculiar, entre otras cosas por ser un largometraje en que no se dice una sola palabra. Un náufrago arriba a una isla desierta donde, en vez de colonizar el lugar a la manera de Robinson Crusoe, al revés, llevará la vida de un animal. En forma mágica, inexplicable, una tortuga gigante se transformará en mujer y será su compañera de por vida, tendrán incluso un hijo. Hay un par de episodios de peligro y acción, que tienen que ver con la caída de un peñasco y un tsunami, pero esencialmente el ritmo es contemplativo, cotidiano, y el final es triste, triste, triste.

Transparencia

En mi recorrido particular, fueron pocas las películas que no hacían pensar en películas y parecían conectar en forma inmediata con el universo de sus personajes y su entorno. Sambá (República Dominicana), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, transcurre en el ambiente sórdido del boxeo no-estelar de un país tercermundista. Un ex-preso deportado de Miami, que aprendió a pelear en la cárcel estadounidense, es adoptado por un ex-boxeador italiano cuya carrera se estropeó cuando un piñazo le destruyó un ojo. Coimas, matones que acosan por la devolución de plata prestada, un hijo delincuente, la esperanza de salir adelante, son algunos de los ingredientes en juego. El montaje es sumamente ágil, las actuaciones muy buenas (especialmente Ettore D’Alessandro) y la insólita banda musical entrevera rap, merengue y Wagner.

Fala comigo (Brasil) es la ópera prima de Felipe Sholl. Es una historia de crecimiento, hecha con dos pesos, un par de apartamentos y cinco actores. Un adolescente de 17 que cultiva una bizarra forma de sexo telefónico termina entablando una relación amorosa bastante en serio con una de las pacientes (43 años) de su madre psicoanalista. Hay mucha fineza psicológica en los personajes, una corajuda intimidad en la abundancia de emotivos primeros planos, y una particular alegría, ternura y libertad en el manejo de un vínculo no-convencional. La actitud frente al psicoanálisis es ambigua: por un lado la película rinde tributo a la teoría, a los símbolos, a esa vía de compenetración con el comportamiento humano. Por otro lado, se expone, en el personaje de la psicoanalista, lo insuficiente que puede ser el más refinado de los conocimientos cuando uno se enfrenta en la propia vida con los prejuicios y los celos del vínculo edípico.

El francés Stéphane Brizé fue uno de los cineastas homenajeados en la sección Trayectorias. Es quizá el más notable representante de la tendencia realista del cine francés actual (llamando realismo a algo emparentado con los hermanos Dardenne). En su nueva realización, Une vie, se desvía del ámbito habitual de personajes proletarios de la actualidad para adaptar una novela de Maupassant cuya acción transcurre con una familia de la baja aristocracia en decadencia en la primera mitad del siglo XIX. Es curioso ver la cámara en mano y los jump cuts asociados al realismo y al modernismo cinematográficos, aplicados a vestidos largos, carruajes y castillos, paisajes que hacen pensar en cuadros de Friedrich e interiores a la luz de velas. No creo que nadie nunca haya pintado como aquí ciertos detalles de la vida en los castillos de la Europa de siglos pasados: el frío, la humedad, la oscuridad y la soledad. La película es muy triste, y a ello colabora la conmovedora actuación de Judith Chemla. Pero la carga de sentimiento personal está templada por el tratamiento seco y percusivo del montaje, con enigmáticos fueras-de-campo, intrigantes elipsis narrativas, transiciones abruptas de la quietud a la violencia, y sobre todo un juego con flashbacks que no siempre sabemos de cuándo son, que funcionan como lapsos de memoria.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 04/05/2017)

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