“Nadie se salva solo” (Guilherme de Alencar Pinto)

Sexo soft con nombres de escritores

Una ex-pareja de treintañeros casi cuarentones se reúne a cenar en un restorán para combinar las inminentes vacaciones de los hijos. Esa charla se desplegará por todo el metraje de la película, pero se irá alternando con flashbacks en los que acompañaremos, en orden también cronológico, la historia del casal: desde que se conocieron, se enamoraron, se casaron, tuvieron sus dos hijos, se desgastaron, fueron infieles, se odiaron.

El director Castellitto dice que se inspiró en la estructura de una canción: las escenas en el restorán serían el estribillo, los flashbacks serían las estrofas. Es una manera afectadamente rebuscada de referirse a un esquema común de situación en el presente que abarca una extensión temporal casi “a tiempo real” y miradas al pasado que, poco a poco, explican el fundamento de la situación actual y narran lo grueso de la historia cubriendo una extensión de varios días o años —piénsese en The Bad and the Beautiful (Cautivos del mal, 1952), Los sospechosos de siempre (1995) o Life of Pi (2012)—. Es una manera inexacta de describir el esquema, una vez que un estribillo es siempre igual, mientras que aquí los recuerdos van haciendo evolucionar la situación actual.

Fue la única declaración de Castellitto que he leído en mi vida, así que soy consciente de la injusticia de evaluarlo por un excusable artificio publicitario para generar algo de efecto en alguna conferencia de prensa, y que me llegó aislado de contexto en una cita en el programa de Cinemateca. La cuestión es que la película entera confirma, insistentemente y a cada paso, esa disposición afectada, como para impresionar a un público cheto o que sueña con serlo.

La historia es una sucesión de clisés. Claro, algunos de esos clisés no son clisés del cine, sino clisés de la vida misma (una pareja de muchos años y con hijos tiene mayor tendencia a desgastarse; aun en el desentendimiento actual los buenos recuerdos traen reminiscencias del viejo amor, etc., etc.). Lejos de mí renegar de películas que tienen un estilo y una forma global ya transitados, o que “no aportan nada” pero elaboran sobre asuntos importantes en la vida de las personas. Pero si estamos lidiando con cosas simples tratadas con conceptos simples, ¿para qué esos diálogos llenos de citas cultas que son puro name dropping (Mishima, Dostoievsky, Dürrenmatt, Joseph Campbell, Pessoa, Buñuel, Woody Allen), que no dicen nada sobre esos autores y sólo cumplen la función de tratar de suscitar envidiosa fascinación por esa gente ambientada? Se supone que Gaetano es un guionista con pretensiones pero medio fracasado que hace libretos para series de televisión menores, y Delia es una nutricionista totalmente despreocupada del jet set, pero en el restorán piden de esos platos casi vacíos con dos o tres objetos irreconocibles (enfatizados en planos de detalle connotativamente inconsecuentes), como si fueran gurmés que se pasaran sus vidas degustando delicias exóticas. El estilo visual de la película tiene mucho de publicitario: Castellitto parece ser incapaz de encontrarle la gracia a un esquema plano-contraplano si cada maldito plano no está adornado por un movimiento de cámara; hay escenas en que ejercita alguna de las posibilidades que parece haber aprendido en la escuela de cine (Delia se prepara para la cena, y los distintos atuendos que prueba están mostrados con jump cuts y, por supuesto, terminan con un desnudo trasero de la escultural Jasmine Trinca; el diálogo con los amigos hipsters de la pareja se hace todo con whip pans). Las escenas de sexo tienen una onda porno-soft, ambientadas con canciones de Tom Waits o Leonard Cohen. Todos los paisajes son una belleza, todos los apartamentos están decorados con terrible onda, todo el mundo se viste con elegancia (Giorgio Armani está nombrado cuatro veces en los créditos finales). La frase que parece ser la moraleja de la película se dice en una increíble callecita romana de adoquines justo delante (efecto Kuleshov mediante) de la espléndida escalinata de la Galleria Nazionale d’Arte Moderna (que en realidad queda en una calle asfaltada). Todos los viejos son simpáticos, todas las viejas son, para la edad, unas veteranas espléndidas —actuadas por Ángela Molina, Anna Galiena y Eliana Miglio—. En el restorán todos los extras son parejas de gente joven y bonita instruidos por el asistente de dirección a hablar y poner expresiones de demostrar interés por lo que el otro tiene a decir.

Las situaciones que acercan o apartan a la pareja en distintos momentos son bien primarias (Delia se encuentra de casualidad con un conocido al que da un cálido abrazo y Gaetano se pone celoso, Gaetano hace pichí sin levantar el asiento del inodoro). Hay diversas ocasiones (en el restorán en algunas escenas de los flashbacks) en que cambian intempestivamente de estado de ánimo y de disposición el uno con respecto al otro, y esos vuelcos torpemente motivados por el guion a veces parecen pretender un toquecito de humor, o comentar qué complejos son los sentimientos.

Ambos actores principales fueron nominados al David di Donatello (el “Oscar” italiano). No ganaron, lo que contribuye un poco al honor de dicha premiación. Scamarcio es como un galán de telenovela, valorizado por una expresión viril y unos imponentes ojos azules, que compone siempre con el pelo cuidadosamente despeinado, la barba medidamente crecida y un cigarro en la comisura de los labios, y hubiera sido deprimente, aun si el cine italiano dista del esplendor de otrora, verlo llevarse la estatuilla que supo tocarles muchas veces a Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Giancarlo Giannini o Nino Manfredi.

La historia se corona, hacia el final, con un toque agridulce y abierto. La película puede llegar a tocar alguna fibra a quienes disfruten de ver gente, ropa y lugares bonitos, y a procesar por identificación aspectos no muy elaborados sobre amores terminados y juventud perdida.

Nadie se salva solo” (Nessuno si salva da solo), dirigida por Sergio Castellitto. Basado en novela de Margaret Mazzantini. Con Riccardo Scamarcio, Jasmine Trinca, Roberto Vechioni. Italia, 2015. Cinemateca 18.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 23/05/2017)

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