Libros de cine: José A. Martínez Suárez

Un pibe de Villa Cañá

En Villa Cañás, en la provincia argentina de Santa Fé, hubo un chico (pibe dirán en el país vecino) que desde su infancia se sentía atraído por aquellas salas oscuras donde devoraba películas. En su adolescencia, ya en Buenos Aires, entró por vez primera a un estudio cinematográfico comenzando de inmediato a realizar pequeñas tareas. Al chico puede vérselo hoy en los Festivales de Cine de Mar del Plata. Como si no quisiera perder detalle de cuanto allí ocurre, parece quedar despierto cuando por la noche todos se van a dormir, y se le halla en plena actividad a tempranísima hora de la mañana siguiente. Ese chico, infatigable, se halla próximo a cumplir ochenta y ocho años en los que ha desplegado su amor por el cine. Su agilidad, su lucidez y unos juveniles ojos claros desafían al almanaque.

A la vieja usanza, José A. Martínez Suárez, aprendió y aprehendió el cine transitando las múltiples tareas imprescindibles en el desarrollo de un film. Hasta que en 1960 sacude al cine argentino, que paulatinamente se alejaba de un período signado por el convencionalismo, con El crack, film que aborda críticamente una de las pasiones que mueven multitudes en el mundo: el fútbol. Pero Martínez Suárez se la juega porque habla de la Argentina. Dio la cara. Y seguramente no es casual que su título siguiente se llame Dar la cara (1962), acerca de jóvenes argentinos enfrentados a una compleja realidad política.

Pero no se trata aquí de reseñar la trayectoria del realizador, también maestro de cineastas entre los que se cuentan Juan José Campanella y Lucrecia Martel, sino de señalar la publicación de un libro fascinante y absorbente: Estoy hecho de cine (Prosa y Poesía, Amerian Editores, Bs.As. 2013), conversaciones del historiador e investigador Mario Gallina con ese octogenario chico de Villa Cañás. Confesiones y testimonios de una figura mayor del cine argentino (y del cine a secas) oscilando entre los cariñosos recuerdos familiares y su trabajo/amor. Irrumpe junto a padres, en particular un abuelo, y dos hermanas por las que siente especial cariño: Chiquita y Goldy, más conocidas como Silvia y Mirtha Legrand, símbolos de un cine –la observación es responsabilidad de quien esto escribe– que se halla en las antípodas del desarrollado por Josecito, como ellas le llaman. Irrumpe en el torbellino de la creación: director, guionista, productor, fiel a la dignidad profesional aún en tareas que sabe menores.

Leer Estoy hecho de cine implica la aproximación al cineasta, que inteligentemente elude toda frivolidad, permitiéndonos acompañarle en su recorrida por estudios cinematográficos, la vida cotidiana, películas propias y ajenas (con justificada devoción hacia Citizen Kane, cuyo conocimiento es imprescindible para acceder a sus personalizadas clases). Con juvenil entusiasmo –quizás el mismo que experimentara ante las pantallas de Villa Cañás, o los reflectores de los estudios donde fuera a ver a su hermana Goldy– José MS recorre su vital trayectoria. Testimonio de una carrera y entrañable confesión de una figura humana que nos hace partícipes de su aventura biográfica.

Martínez Suarez nos dice Estoy hecho de cine y su interlocutor Mario Gallina ha estructurado el libro como si se tratase de un film caleidoscópico. Su protagonista pertenece a la estirpe del Dr. Isak Borg de Victor Sjöström, el Fellini de Amarcord, el Guido Anselmi de Marcello Mastroianni, con predominio de la calidez y el humanismo del Salvatore “Toto” di Vita de Jacques Perrin; o quizás sea más correcto señalar que ellos se entroncan con la peripecia existencial del pibe de Villa Cañás (*).

Álvaro Sanjurjo Toucon

(*) N. de R.: El autor de la nota se refiere a las películas Cuando huye el día, de Ingmar Bergman (1956) con Victor Sjöström, a Ocho y medio de Federico Fellini (1963) con Marcello Mastroianni y a Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore (1988) con Jacques Perrin.

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