“Silencio” (Guilherme de Alencar Pinto)

Lo más cristiano

Ésta es realmente una película religiosa: el marco es de fe, probaciones, tentaciones, debates teológicos, enaltecimiento de mártires y hay una escena en que el protagonista —y nosotros con él— oye la voz de Cristo (o de Dios). Rodrigues, el personaje principal, tiene una devoción inquebrantable, homogénea e intensa en el correr de toda la película, al punto de convertirse en un personaje poco interesante, idealizado. Es justamente ese diseño unidireccional del personaje lo que va a servir de medida para los dilemas teológicos que son el asunto principal. La película está dedicada “A los cristianos japoneses y sus pastores / Ad Majorem Dei Gloriam”.

Algunos de los personajes son históricos, pero no hay apego a la Historia. En la introducción en 1640 en Macao uno de los personajes es el padre Valignano (que en la realidad falleció en 1606), encargado de coordinar la difusión jesuítica del cristianismo en el Extremo Oriente. Todo el resto de la acción transcurre en Japón, donde acompañamos a dos jóvenes misioneros portugueses (ficticios). En ese entonces, el cristianismo llevaba casi un siglo en Japón y había llegado a contar con unos 300 mil creyentes (Endō, autor de la novela en que está basada esta obra, maneja esta cifra, quizá exagerada). Luego de idas y venidas, algunas de ellas violentas, el cristianismo fue definitivamente banido por el shogunato en 1638. De modo que los padres Rodrigues y Garupe arriban a Japón en forma clandestina y tienen que predicar a escondidas, con peligro de vida para ellos y para los creyentes, en un clima similar al de los romanos en los tiempos de las catacumbas.

La estructura de la película tiene mucho de Apocalypse Now. Rodrigues y Garupe llegaron con el cometido expreso de ubicar un misionero antecesor, padre Cristóvão Ferreira (personaje histórico, c.1580-1650), que de pronto dejó de comunicarse con Macao, está desaparecido pero corren sobre él rumores extraños. Durante dos horas de metraje tendremos una serie de episodios que ilustran el panorama general: el ansia de los kakure kirishitan (cristianos ocultos) por alguien que les escuche las confesiones, perdone los pecados y celebre los ritos, el clima de miedo, las crueles formas de presión, tortura y ejecución por parte de las autoridades, la manera obstinada como muchos creyentes se entregan al martirio, las explicaciones que pulidamente brindan los inquisidores sobre la necesidad de eliminar el cristianismo del país. Finalmente, en el tramo final, Rodrigues se encontrará con Ferreira (el “coronel Kurtz” de esta película), interpretado por un actor veterano de peso (Liam Neeson): la obra cambiará de tono y arribará a conclusiones inesperadas.

El contexto con que se encuentra Rodrigues implica para él el contacto con una realidad muy cercana a la épica de los mártires y de la santidad. En esas primeras dos largas horas, identificados con el cura podemos conmovernos con la permanencia de la fe, con la humildad y el coraje de los creyentes, con su resistencia. También podemos hastiarnos con tanto sufrimiento y cuestionarnos, con Rodrigues, sobre el sentido de todo eso: ¿habrá realmente recompensa para esas pobres personas que padecen tanto dolor? Esa acumulación de anécdotas y situaciones subrepticiamente conforma la base para los dilemas que van a ser el centro de la película. Las autoridades japonesas capturan a Rodrigues, pero en vez de martirizarlo, les resulta más conveniente dejarlo vivo y presionarlo torturando y matando a los de su “rebaño”. ¿Qué es lo más cristiano en esa situación? ¿Mantenerse firme en la pureza de sus convicciones? ¿O pisotear la imagen de Jesús y escupir en el crucifijo para salvar esas vidas inocentes? ¿La apostasía podría ser un acto de amor, una acción más cristiana que la obstinación en rehusarla? Cuando Rodrigues se decide a sufrir como ha sufrido Jesús, ¿está rindiendo el mejor tributo posible al sacrificio del hijo de Dios, o está pecando de vanidad al compararse con él? Las diferencias culturales de los japoneses, que propician maneras a veces peculiares de encarar la fe cristiana, ¿ensanchan el alcance de dicha fe o, al contrario, son evidencia de la visión secular de la religión como hecho antropológico, inseparable del contexto cultural de donde procede? (Esto último implicaría pensar el cristianismo como un fenómeno europeo, tan distinto de sus orígenes palestinos como de su derivación nipona, lo que contradice toda pretensión ecuménica.) Para pronunciar esas dudas, hay claras identificaciones de Rodrigues con Jesús: en un momento de alucinación él ve en lugar de su reflejo en el agua la efigie de Cristo (tal como pintado por El Greco); y hay un plano en picado cenital de Rodrigues tirado al piso, retorciéndose de angustia, que es la autocita de un plano de Jesús en La última tentación de Cristo (Scorsese, 1988). Hay un personaje que termina actuando como Judas (vende Rodrigues a las autoridades japonesas por unas monedas), y al igual que en La última tentación… Scorsese se regodeará con la paradoja de encontrar en ese judas una fuente de inspiración cristiana.

El “silencio” del título es, entre otras cosas, el de Dios ante el sufrimiento de sus fieles y ante las preguntas del cura. Los créditos iniciales, sobre fondo negro, empiezan con el sonido de la naturaleza nocturna (grillos y ranas). Ese ambiente sonoro va en crescendo hasta que desemboca, sorpresivamente, por corte, en un silencio absoluto cuando surge el cartel del título: Silence. Son dos sentidos de “silencio”, el acústico (que ocurre con el título) y —antes— el simbólico (los sonidos de la naturaleza, que son en realidad ruidosos pero no son el tipo de contenido que solemos oponer a “silencio” como sinónimo de paz). Se juega entonces con dos metáforas: el silencio acústico es como el silencio de Dios que no contesta las oraciones, pero el “silencio” simbólico (los sonidos de la naturaleza) es un silencio ilusorio, porque bajo distintas formas la voz de Dios está presente y le toca a cada uno buscarla, estar atento a sus manifestaciones que puedan pasar desapercibidas. Hay otro silencio acústico más adelante en la película: es el momento crucial de la apostasía de un personaje importante. En esa ocasión es que escucharemos la voz de Cristo, real o imaginada por el personaje. Cuando, poco a poco, regresan los sonidos del ambiente, escuchamos (muy discreto, para los espectadores atentos) un gallo que canta tres veces. Los créditos del final vuelven a lidiar con el silencio simbólico: no hay música, sólo los sonidos nocturnos del bosque del inicio, que se trasmutan en ruido de lluvia y luego en las oleadas del mar.

Quizá desde tiempos de Alicia ya no vive aquí (1974) Scorsese no hacía una película estilísticamente tan despojada. No hay casi nada aquí del barroquismo formal que se vino exacerbando en su obra desde Taxi Driver (1976). Es como si aquí él hubiera querido asumir el ascetismo de los kakure kirishitan y de los misioneros clandestinos. No se resistió, de todos modos, a algunas exquisiteces: la belleza pictórica del paisaje, algunos picados cenitales (los curas de negro recorriendo la escalera blanca, el barco cuando la cámara se eleva hacia un sol divino) y una cita casi textual (la travesía en bote de Tomogi a Gotō) de una escena famosa de Ugetsu (Ugetsu monogatari) de Mizoguchi, incluida la música. Hay un par de momentos (la crucifixión de los tres fieles, y el reencuentro de Rodrigues con Garupe), en que el espacio no es naturalista: el protagonista mira los eventos desde un punto lejano en que no parece ser observados, pero la cámara escruta desde la cercanía lo que él ve, como si él estuviera mirando una película. Cada una de las imágenes captadas por el fotógrafo mejicano Rodrigo Prieto es muy bella, insistiendo en un juego cromático casi totalmente privado de rojos (salvo la sangre), y con unos espectaculares interiores nocturnos a la luz de antorchas. No conozco la adaptación portuguesa de la misma novela (Os olhos da Ásia, 1996), pero la de Scorsese es infinitamente más expresiva e interesante que la versión japonesa (Chinmoku, 1971, con guion del propio Endō).

En el diálogo de Rodrigues con uno de los inquisidores se explicita uno de los motivos para la prohibición del cristianismo en el Japón de los Tokugawa: esencialmente un asunto de Estado, de manutención forzada de cohesión cultural. En forma no demasiado acusativa pero clara, se muestra también una alevosa desigualdad en la consideración de un pueblo por la cultura del otro: los cristianos europeos no se disponen a aprender el japonés, pero hay unos cuantos japoneses (incluso no-cristianos) que aprendieron portugués (en la película representado por el inglés, como suele ser en películas yanquis de ambientación histórica, aunque se mantienen necesariamente portuguesismos asociados a los kirishitan, como ser padre o Deus). La película no hace ilusión a los motivos adicionales para la prohibición del cristianismo en Japón: no hay referencia a los temores frente a una posible colonización ibérica de la isla, al hecho complejo de que el cristianismo fue “vendido” a la isla junto con las armas de fuego (algo muy desestabilizador de la mentalidad samurai), a la pretensión de algunos europeos de establecer un tráfico de esclavos japoneses, a actitudes intolerantes hacia los budistas de parte de comunidades cristianas relativamente poderosas, al menosprecio ofensivo de algunos jerarcas jesuitas a las costumbres japonesas. Estas omisiones pronuncian el sentir de que la prohibición fue injusta e intolerante. Pero la película no llega a ser, en mi opinión, un ataque anti-budista, como acusaron algunos. La visión del budismo es bastante respetuosa (y recordemos que Scorsese hizo en 1997 Kundun, una biografía muy favorable y filo-budista del dalai lama).

Scorsese alimentó la idea de hacer esta película por 28 años, sorteó enormes dificultades para realizarla y es quizá lo más parecido al gran proyecto de su vida. Se puede entender el atractivo que tiene para él, seminarista indeciso que luego abandonó la religión pero permaneció toda su vida afectado por la simbología y la problemática alrededor del catolicismo. Quienes estén por fuera de ese marco hallarán aquí poco más que un drama lloroso y piadoso tremendamente bien filmado. Ahora que descargó sus inquietudes religiosas, ojalá que en los próximos años el director vuelva a ocuparse de mafiosos, perdedores de Little Italy o ricachones ambiciosos, en películas salpicadas de canciones pop e indicios menos católicos de la demencia que es la condición humana.

Silencio” (Silence), dirigida por Martin Scorsese. Basado en novela de Shūsaku Endō. Con Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson. Estados Unidos/Taiwan/México, 2016.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 16/03/2017)

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