“Kong: La isla calavera” (Guilherme de Alencar Pinto)

El mal mayor

Esta película fue realizada por la joven y pujante productora Legendary, la misma de Godzilla (2014). Los espectadores tenaces que se queden hasta el final se encontrarán con una escena después de los créditos que insinúa que la historia continuará y que involucrará otros monstruos más. Quienes hayan guardado recuerdos de la otra película y sean cultores de los daikaiju —películas japonesas de monstruos gigantes— reconocerán las referencias a Godzilla, Mothra, Ghidrah y Rodan. Lo de las escenas después de los créditos que tiran líneas hacia las continuaciones (sequels) y desdoblamientos (spin-offs) viene siendo un procedimiento estándar en películas de fantasía que involucran la generación de un universo ficticio común (véase las de Marvel): es una manera de conciliar el cierre satisfactorio (el de antes de los créditos) que se espera de un largometraje de formato clásico y el final abierto (después de los créditos) que suscita expectativa hacia la siguiente entrega, a la manera del episodio de una serie. De hecho ya está en andamiento una continuación de Godzilla prevista para 2019 y finalmente un King Kong vs. Godzilla a estrenarse en 2020, y que se espera que sea lo equivalente de Los Vengadores en lo que Legendary bautizó el Monsterverse (“universo de monstruos”).

De ahí que este Kong se ubica al margen de la historia de la pionera King Kong (1933), refilmada en 1976 y 2005. El Kong de 1933 tenía una altura medio variable según la escena, que oscilaba entre los 6 y los 18 metros, según lo requerido por la situación y el ángulo de la cámara (en el afiche era muchísimo más alto, como una montaña, pero eso no se corresponde con el contenido de la película). Cuando el estudio cinematográfico japonés Toho adoptó al personaje como un kaiju (monstruo gigante) en la King Kong vs. Godzilla original (1962), se basó más en el afiche que en la película original: el gorila pasó a tener unos 45 metros de alto, para que fuera posible oponerlo en forma más ecuánime al “rey de los monstruos”. El de la película de Legendary es un poco más moderado, con unos 30 metros de alto. Es menos gorilesco que el de la versión de Peter Jackson (2005), recuperando la postura establemente bípeda de los otros filmes (inclusive los japoneses). La línea “bella y la bestia”, central en la historia original, aquí es apenas insinuada en la actitud caballerosa del simio hacia Mason (Brie Larson): con el tamaño de este Kong, la proporción del amor imposible caería francamente en lo ridículo. Y para encajar la historia sin contradicciones con la del Godzilla de 2014, la acción fue ubicada en 1973 (la existencia de Godzilla entonces era un secreto de estado, y hay apenas unos vagos rumores conspiratorios al respecto). Las menciones a una teoría de la “Tierra hueca” será central para la historia de Godzilla.

Estos datos serán importantes para comprender la escena tras los créditos y las siguientes entregas del Monsterverse. A efectos de la apreciación de esta película son prescindibles. Aquí se trata de un científico obsesionado con fenómenos misteriosos que, en los inicios de la exploración satelital, llama la atención sobre la hasta entonces no mapeada Isla de la Calavera y convence al gobierno estadounidense de financiar una expedición allí y escoltarlo con un grupo de marines en helicópteros. Allí el equipo científico-militar se encontrará con la furia de Kong, pero además con otras criaturas gigantes. De éstas sólo una es relativamente inofensiva (una especie de búfalo). Las demás contribuyen a devorar humanos de maneras horribles y a veces asquerosas (es el componente terrorífico de la película, atenuado en lo gráfico para permitir el acceso a púberes y adolescentes), o se enfrentarán con Kong en unas luchas espectaculares (que son el componente de “artes marciales mixtas” maximizadas).

La realización cinematográfica es espectacular, algunos dirán incluso que demasiado ostentosa —cuestión de gusto—. No hay plano que no tenga interés visual: si no estamos viendo a un gorila gigante peleando contra un pulpo rojo, sino sólo una charla entre un científico y un soldado, entonces habrá un movimiento de cámara interesante, o algún matiz llamativo de dirección de arte, iluminación, elección de ángulo o trabajo con la profundidad de campo. Todo es medio exagerado: si un piloto saltó del avión, lo veremos en contrapicado extremo cayendo en dirección a la cámara; si Kong agarró un helicóptero y lo sacude tendremos la vista desde adentro del vehículo con el soldado agarrado de la puerta mientras el paisaje al fondo corre vertiginoso. Oscilamos entre ágiles sucesiones de planos de detalles y la vista de monstruos enormes en un paisaje tropical alucinantemente bello. La poética es frondosa, rebuscada: en la lámina del cuchillo tirado al piso vemos por primera vez el reflejo de Kong; los reiterados planos del sol y de la luna tomados con un teleobjetivo extremo rimarán visualmente con el iris del gran simio, y a su vez la mirada de éste rimará con la de su némesis, el coronel Packard; aparte de que vemos unas cuantas calaveras de distintas especies, este motivo visual se desdobla en la grafía de otros objetos (la imagen satelital de la isla, la montaña con dos grutas, la nariz semidestruida del avión Tigre Volador, los monstruos más malos de todos que tienen en las cabezas pálidas unas profundas fosas orbitales). El tamaño inmenso, el peso y la masa de Kong se sienten como nunca, gracias a un trabajo magistral de ángulos, tipo de lentes y efectos de computadora: vemos realmente un mono gigante de cientos de toneladas, nunca se trata de un muñeco de computadora cercado de árboles y montañas en miniatura. Igual cuidado se presta al sonido, desde los créditos de presentación, en que la sala del cine parece estar cruzada por los disparos de ametralladoras en la batalla aérea. Hay muchos choques atronadores, pero también silencios y delicadezas, como en la opresiva espera en el cementerio de monstruos, cuando ganan destaque y contribuyen al suspenso los ruiditos de un yesquero, una pitada, el flash de la cámara de fotos.

Hay momentos muy tensos, pero en general la película es bienhumorada, incluye algunos chistes, y varios giran alrededor del simpático personaje de Marlow. Apocalypse Now es aludida de distintas maneras: en la coreografía de los helicópteros de guerra sobre una selva tropical (uno de ellos con parlantes para difundir música bien fuerte), en la importancia del motivo visual del sol, en el afiche de la versión IMAX. Marlow era el nombre del personaje-narrador de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, en que se basa el clásico de Coppola. Y tenemos a otro personaje que se llama Conrad.

Al igual que en Godzilla, hay una moraleja ecológica: esa gente interfirió con lo que no debía y desató la furia de la naturaleza; en particular, al debilitar a Kong, desequilibraron el ecosistema, abriendo camino para criaturas aun más peligrosas y nocivas. Ese tema de la arrogancia del hombre frente a la naturaleza se explicita, irónicamente, en la frase de un marine: “¡Es hora de mostrarle a Kong que el hombre es el rey!” —el que dice eso, por supuesto, terminará aplastado—.

Pero esta lectura ecológica deja afuera el hecho muy prominente de que quienes atacan y se enfrentan a Kong son marines recién transferidos de Vietnam, comandados por un coronel decepcionado que insiste en que “No perdimos la guerra: la abandonamos”, y que llevan un muñequito de Nixon cerca del parabrisas del helicóptero. Este subtexto termina derivando en una moraleja bastante “radical”: porque Kong es poderoso, bruto y avasallante, pero no se mete con quien no se mete con él, incluso hace algún gesto para ayudar, y protege a los indígenas de la isla de las otras bestias más feas y crueles. La primera arremetida de Kong contra los humanos es en respuesta a la actitud agresiva de los marines invasores. Luego de que el simio gigante destroza todos los helicópteros y mata a varios soldados, el coronel Packard desarrollará una obsesión a la manera de la de Ahab con Moby Dick, y las consecuencias de ello serán muy malas para todos. Salvo el coronel enceguecido de ira belicista, todos se dan cuenta de ello, y hay incluso un soldado que le comenta: “A veces el enemigo no existe hasta que uno lo va a buscar”. Sin Kong, los nativos y también los estadounidenses se ven bajo una amenaza mucho mayor. No es difícil trazar una analogía con la actitud de la derecha militarista estadounidense, que decidió hacerle la guerra a líderes con tendencia hacia la izquierda (o al menos a aliarse con la Unión Soviética o la Rusia) y, al debilitarlos, se vio frente a los problemas mucho más grandes e incontrolables de la disolución de las instituciones y de la transferencia del poder al terrorismo islámico o al narcotráfico. La película toma un partido claro en contra del militarismo y el intervencionismo, incluso predicando la insubordinación (en el clímax del enfrentamiento con el coronel).

Y hay un subtexto más —que no se casa demasiado con las lecturas anteriores—, y que tiene que ver con la caracterización humanoide de ese King Kong bípedo y musculoso. Se juega con los clisés del macho alfa que tras la apariencia ruda tiene buen corazón, a lo Marlon Brando o James Dean. Se necesitarán muchos 8 de marzos más para que esa noción del tipo musculoso, no-intelectual, callado, autosuficiente, ganador, que claramente tiene el mando, deje de ser sentido como un modelo masculino y objeto de atracción femenina (al menos en el entorno heterosexual), máxime si luego se descubre que es así duro porque es un tipo sufrido (es el último sobreviviente de su especie, sus papás se murieron cuando era muy guacho). Y pese a la apariencia bruta, es un caballero, y por proteger a Mason se arriesga en la pelea con el monstruo más malo de todos. Luego de salvarla, eso sí, no concede en un gesto acaramelado, sino que le da la espalda, aparentemente indiferente, y rumbea como un cowboy solitario hacia el sol poniente, dejando a la doncella sola con sus fantasías (ella ahora sabe que, tras la apariencia dura, él es un tierno, dispuesto a y capacitado para protegerla, pero que también requiere amparo maternal). Dentro de esa lógica, no quedan muchas dudas sobre de qué lado estarán las simpatías cuando Kong se llegue a enfrentar con Godzilla.

Kong: La Isla Calavera” (Kong: Skull Island), dirigida por Jordan Vogt-Roberts. Con Tom Hiddleston, Samuel L. Jackson, Brie Larson. Estados Unidos, 2017. Ejido, Grupocine Punta Carretas, Movie Punta Carretas, Movie Montevideo, Nuevocentro, Portones, Costa Urbana, Colonia Shopping, Shopping Paysandú, Shopping Salto, Shopping Rivera.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 15/03/2017)

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