“Jackie” (Guilherme de Alencar Pinto)

Símbolos de auto-afirmación

Claro que es espantoso que vayas en auto con tu marido, padre de tus hijos, y que de pronto su cabeza explote a pocos centímetros de la tuya, y que su muerte violenta y repentina signifique no sólo que perdiste un ser querido, quedando viuda y madre sola, sino que además te tenés que buscar otro lugar para vivir en pocos días y cambiar de ocupación (“ocupación” en este caso son las tareas de primera dama). Es un buen disparador para una película dramática, triste. Pero el tratamiento de Jackie es más que eso: toda la película está elaborando el dolor, explorando las pesadillas traumáticas y morbosas. La música camerística de Mica Levi es muy bonita y original pero suena casi todo el tiempo, con su espíritu homogéneamente grave, luctuoso. Incluso tiene un pasaje (ese con la melodía de flauta) que está claramente inspirado en uno de los temas que hizo Hanns Eisler para Noche y niebla, el terrible documental sobre los campos de concentración nazis. Es decir, parece encarar el trauma de Jackie Kennedy y las decisiones que tiene que tomar en los días siguientes al asesinato como se implicaran uno de los dolores extremos de la condición humana. Y claro que no lo son. No deseo a nadie lo que le pasó a ella el 22 de noviembre de 1963, pero no es peor que, ponele, la situación del protagonista de Manchester junto al mar —que tiene un tratamiento comparativamente austero—, o la de una anónima mujer pobre cuyo marido fue linchado por el Ku Klux Klan. Es decir, si el destino me impusiera elegir sí o sí una persona para que le tocara pasar por esta situación, pensando en términos estrictamente personales y haciendo el cálculo del menor dolor posible frente a esta situación, creo que elegiría a Jackie Kennedy o alguien como ella: una tipa rica, mimada, joven, bonita, que no llevaba una vida conyugal especialmente feliz, que sólo tuvo que disponer los lineamientos de un entierro complejo que fue pagado con fondos ajenos y con el apoyo de miles de personas diligentemente encargadas de cuanto detalle hubiera para encargarse, y que tenía el atractivo suficiente como para cinco años después casarse con uno de los hombres más ricos del planeta.

Por supuesto que el caso de Jackie Kennedy es interesante para tratar en una película: es una figura pública, hay razones de estado involucradas en sus decisiones, genera mayor curiosidad a priori que el de una persona ficticia o menos conocida. Pero esa exploración solemne y mórbida del dolor parece partir de la asunción inconsciente de que las reinas sufren más que el común de la gente, asunción que heredamos de la tragedia griega, pasando por la ópera barroca, y plasmada en tiempos más recientes en la expresión drama queen. Esa asunción tendió a abaratarse en las revistas de chismes que buscan que nos apiademos porque tal estrella de televisión fue engañada por el novio, pero sigue viva en su costado “noble” en los Estados Unidos, quizá el país del mundo que más consistentemente otorga un estatuto heroico, sobrehumano, a sus jefes de gobierno, lo que propicia proyectar esa noción de que una “gran persona” tiene sentimientos más intensos y más merecedores de piedad que el común de la gente. El artificio de atribuir ese sentido trágico al dolor de Jackie induce, por medio de una trampa lógica de falsa bicondicionalidad, a que tendamos a sentir a Jackie como una reina a nivel metafórico. Lo de “reina”, aunque suena poco democrático, se aplica especialmente a ella, que fue quien lanzó, en la entrevista que hizo para Life dos semanas después del asesinato, la metáfora del gobierno Kennedy como Camelot —la corte del rey Arturo—. La expresión sigue vigente hasta hoy y la película insiste en ella. En una exageración aun más extravagante, hay incluso un cura que le dice a Jackie que “fue elegida […] para que las obras de Dios puedan revelarse en ti”, y la frase gana peso porque el cura está interpretado por el gran John Hurt, con toda su nobleza.

Para reforzar ese proceso, los productores llamaron para dirigir el proyecto al director chileno Larraín, en el momento en que se expandía su fama internacional. Larraín hace “cine de arte”, sus películas no suelen tener un formato muy clásico, su nombre y el tratamiento que da a la historia están capacitados para incrementar el prestigio de la producción, para que tomen esa película más en serio que, un suponer, La reina o La dama de hierro. El guion está lleno de guiños “filosóficos” y frases pomposas tipo : “¿Qué es real? ¿qué es actuación?”, “Hombres comunes luchando por un mundo mejor”, o preguntarse si el Dios omnipresente también estaba “en la bala que mató a Jack”.

No es una biopic, en el sentido de que no pretende cubrir toda la vida de Jacqueline Bouvier. Su temporalidad está comprendida entre dos entrevistas: el especial televisivo A Tour of the White House with Mrs. John F. Kennedy, aquí fechado como de 1961, y la que hizo para la revista Life (fines de 1963, ya mencionada). El programa en verdad es de 1962, y quizá la película haya corrido la fecha expresamente para justificar un sentido de evolución, desde la muchacha tímida del programa, que hacía lo que le decían que hiciera, a la figura segura de sí misma, corajuda, decidida a imponer su voluntad, que aparece en la entrevista de 1963, y que parece haber sido curtida por la tragedia y por el peso de las responsabilidades que tuvo que asumir en la coordinación de las ceremonias subsiguientes. (Aunque no aporta nada al comentario sobre Jackie, no resisto a la tentación de observar que A Tour of the White House fue dirigido por Franklin Schaffner, quien seis años después haría El planeta de los simios.)

De la misma manera que exageraron el tiempo, también exageraron (o más bien inventaron) la evolución personal, que sería el arco de desarrollo del personaje. A pesar de que Natalie Portman hizo todo un trabajo virtuosístico de emulación del acento, la colocación de la voz y la gestualidad de Jackie (y todo un equipo participó en el empeño por reproducir los peinados, maquillaje y vestidos), es notorio (especialmente en las tomas de la imitación ficcional de A Tour of the White House que al personaje de esta película lo sobrecargaron con inseguridades, miradas introspectivas, miradas a la secretaria que sugiere piques, mirada a la marca adonde fue pautado que se dirigiera, y en general un aire de inocencia que hace pensar en una niña, simultáneamente nerviosa y orgullosa, leyendo un poema en la fiesta de fin de año en la escuela. No hay nada de eso en el programa real con la Jacqueline Kennedy verdadera (se puede ver en Youtube). Si Jackie Kennedy tuviera ese aire infantil e inseguro no hubiera podido ser el ideal de ama de casa para toda la civilización occidental en la era pre-Beatles. La ama de casa ideal era subordinada al marido, era suave, pero tenía y usufructuaba su cuota de poder en el ámbito doméstico que la ocupaba, y dentro de ese ámbito debía tener autoridad, firmeza, ejercida idealmente con elegancia y recatada femineidad. Dicen que Jacqueline Kennedy tenía esas dos facetas: en público aparecía delicada y aparentemente sumisa, pero en privado, según testigos, podía ser autoritaria y decidida. La película amplía el contraste a niveles que bordean el trastorno psiquiátrico.

La mayoría de las imágenes siguen el curioso criterio de que, aunque la acción sea relativamente estática y esté tomada de cerca, la cámara se balancea todo el tiempo alrededor de los personajes. Los primeros planos usan un gran angular exagerado, un poquito deformante. Estos rasgos de estilo, sumados a la música, al montaje fragmentado y a la cronología barajada, contribuyen a una sensación constante de zarandeo, de mareo, o de ensueño, porque nunca hay firmeza.

La entrevista de Jackie a Life es donde ella explicita verbalmente sus recuerdos y sentimientos, y muchas veces la imagen corta y visualizamos las escenas que su voz sigue comentando. Eso propicia una identificación del público con el reportero: Jackie le habla y nosotros escuchamos lo mismo que él escucha, y esos diálogos con el periodista tienen un estilo más objetivo, con la cámara menos volátil. Eso da pie al artificio medio burdo de poner en el reportero la reacción con la que nos deberíamos identificar, la moraleja de la película. Al inicio él está medio escéptico y en una postura de superioridad; pronto la decisión y solidez de Jackie lo empiezan a desarmar, y al final no puede contener expresiones de admiración. Lo que hizo Jackie, según él (y, con él, según la película) fue obrar como una madre para un país traumatizado, favorecer las ceremonias que permitieron procesar y canalizar ese dolor, y además (tanto en las arriesgadas ceremonias fúnebres como ya antes, cuando reformó la Casa Blanca) se preocupó con la necesidad de símbolos de integración, permanencia, dignidad y magnificencia, para que la gente pudiera compenetrarse en seguir desarrollando ese gran país.

Hay también un marcado morbo en la película: alusiones verbales al ruido de la bala cuando atravesó el cráneo del presidente, los sesos desperdigados en el capó y en la frente de Jackie, su vestido rosado manchado de sangre, y guardando para el final la representación explícita del impacto de la tercera bala, con todo su gore. Funcionan en forma compleja con una multiplicidad de funciones: son el contrapunto dialéctico de la magnificencia aludida en otras partes, son un marcador más de la obra como una película adulta que encara el dolor de frente y sin circunloquios, contribuyen a acercar el sufrimiento de los Kennedys al estatuto de martirio, regala a los espectadores los procesos perversos que acercan la idolatría a la curiosidad casi pornográfica en los detalles de la humanidad íntima de sus figuras con poder (piénsese en las descripciones detalladas de Monica Lewinsky de sus relaciones con el siguiente presidente carilindo, también del Partido Demócrata).

Es medio raro ver a Larraín, un director chileno de izquierda totalmente consciente del papel nefasto de los Estados Unidos en el apoyo a una dictadura a la que se opone decididamente, prestándose a ser él mismo el catalizador de esa obra acrítica de potenciación de símbolos patrióticos de grandeza estadounidense. Ojalá haya sido nomás un breve acto de hipocresía para ganarse un lugar y obtener recursos para hacer otro tipo de cosas.

Jackie”, dirigida por Pablo Larraín. Con Natalie Portman, Peter Sarsgaard, Greta Gerwig. Chile/Francia/Estados Unidos, 2016.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 23/03/2017)

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