Libros de cine (Rosalba Oxandabarat)

Imágenes y palabras

Por rara coincidencia, este año han visto la luz algunos libros sobre cine. Uno de ellos sigue el recorrido de la censura en Uruguay, en dictadura y también en democracia. Otro libro acerca un autorretrato de Homero Alsina Thevenet, mientras una pequeña parte de su torrencial obra escrita es publicada en sendos volúmenes. Por último, la estrecha y gozosa relación de un crítico con el cine.

LA CENSURA: DE LAS CAPILLAS A LOS CUARTELES. Todos los que lo vivieron lo recuerdan. En dictadura, como es connatural a ese tipo de régimen, en Uruguay hubo censura. Apenas estrenado, el régimen amparó al católico Juan María Bordaberry en 1974 para ordenar el secuestro policial de la muy subversiva Jesucristo superstar, una peligrosa comedia musical que osaba poner a cantar con roquero entusiasmo a los apóstoles, las santas mujeres y al mismo hijo de Dios. Cuando los militares se sacaron de encima a Bordaberry, la película volvió a exhibirse, en 1976. No es que fueran más liberales, pero la devoción no era lo que preocupaba a los uniformados. Más importante era rastrear las huellas de la subversión, que podían incluso contrabandearse en una superproducción como El padrino II, de Francis Ford Coppola. Allí, una larga escena transcurría en Cuba durante la revolución, y así los espectadores uruguayos tuvieron que conformarse con la versión recortada de la película, con la escena en cuestión cuidadosamente eliminada.

De éste y otros episodios da meticulosa cuenta La batalla de los censores. Cine y censura en Uruguay (1), escrito por Manuel Martínez Carril, a quien, por su ocupación y sus afanes, le cupo estar más de una vez en primera línea en la prolongada y azarosa batalla que mucha gente de la cultura libró contra esa interesada cautela. Episodios posteriores, todos los transcurridos durante la dictadura, y también anteriores, ocurridos en tiempos en que los derechos inherentes a la democracia se suponían plenamente vigentes.

Para los cinéfilos más jóvenes quizá sea una sorpresa constatar que el reverenciado Ingmar Bergman fue uno de los objetivos tempranos de un espíritu inquisitorial aún vivo en ciertos bolsones de esa sociedad liberal y laica que sus mayores evocan con nostalgia. Así pasó con Un verano con Mónica, en 1953, sujeto a cortes por decisión municipal y azuzamiento de grupos católicos. Así con El silencio, en 1964, lo que, nada curiosamente, aumentó a niveles insospechados el interés por este cineasta sueco dedicado a reflexionar sobre complejos asuntos humanos, físicos y metafísicos. Suerte compartida con su paisano Vilgot Sjöman, escandalizador de moralistas varios con 491 (1964), El fuego (1965) y Soy curiosa-amarillo (1967). Otras motivaciones, más ligadas al espíritu de la Guerra Fría, las convulsiones que vivía el país y un ensayo general aún disperso para el régimen ilegal que llegaría en 1973, signaron la suerte de películas del tipo Como el Uruguay no hay (1960), de Ugo Ulive, Morir en Madrid (1964), de Frederic Rossif, Elecciones (1967), de Mario Handler y Ulive, y La batalla de Argelia (1968), de Gillo Pontecorvo.

Denuncias, secuestros de copias, allanamientos, escenas cortadas, protestas públicas de parte de intelectuales, de la Asociación de Críticos y hasta de empresarios perjudicados arman un panorama variopinto y a veces confuso, donde se mezclan las consideraciones legales y jurídicas, las torpezas de censores vocacionales, y declaraciones y artículos periodísticos que dan cuenta del vigor de espíritus alertas ante los intentos de avance de la cerrazón. Nada demasiado dramático, en verdad, si se considera que atañe a un puñado de películas, y con algunos episodios de humor involuntario, como la calificación para mayores de 18 años hecha por las “especialistas” del Consejo del Niño de la película británica Su primer millón (1951), una divertidísima comedia de la Ealing sobre creativos ladrones que el Servicio Católico había calificado “apta para todo público”. Si algo es buena materia de añoranza en aquellos avatares hoy lejanos, es comprobar la importancia, la vitalidad y la vigencia que tenía el cine para esta sociedad, como materia viva a pensar y a defender en sus complejidades y alcances.

Un capítulo especial —del que «Brecha» publicó un extracto en su edición del viernes 13 de diciembre—, abarca los diez años centrales, 1975-1985, de la etapa en que la censura impuesta por el régimen dictatorial intentó vigilar el consumo cultural de los uruguayos. El protagonismo corresponde allí a un señor llamado, a todos los efectos, Sentena de Alencastro, aunque no era ese su verdadero nombre. Si no fuera porque detrás de estos hechos hay un sombrío panorama de represión y dolor real —que prohijó estas y otras medidas de control sobre la sociedad—, diríase este un capítulo en el espíritu del burlesco, por los curiosos procedimientos empleados por alguien bastante menor que sus propias pretensiones, y los juegos de mosqueta con los que la gente de la cultura supo burlar bastantes veces una represión que “actuaba a los manotazos y sin mucha puntería”. Ese capítulo permite entender por qué, bajo en un régimen que fue tan parejamente represivo en lo político, aún pudieron verse en Montevideo películas y obras teatrales que, de haber sido entendidas y meditadas por los dictadores en su real dimensión, hubieran sido radicalmente prohibidas.

EL MAESTRO CON CARIÑO. Homero Alsina Thevenet, fallecido en 2005, dejó no sólo un fenomenal legado de escritos sobre el cine, desarrollados a lo largo de una carrera iniciada a muy precoces años y continuada en Montevideo, Buenos Aires y Barcelona, sino una memoria donde el respeto y la admiración concitaron una rara unanimidad a ambos lados del charco. En este 2013 que culmina vieron la luz en Montevideo dos ediciones dedicadas a Alsina. La primera de ellas, Autorretrato hablado. Homero Alsina Thevenet —elegimos el título que luce en la primera página, que no coincide exactamente con el de tapa—, escrito por Ana Solari (2) es, según palabras de la autora, la versión número 17 de un libro que se fue gestando entre marzo y setiembre de 1998, en entrevistas semanales con Homero, completado y contrastado con opiniones y reflexiones de algunos de sus allegados.

El libro se divide en dos capítulos netos, “Vida” y “Obra”, a su vez subdivididos en dos subcapítulos el primero —“Homero por Homero” y “Breve historia universal del cine”— y en tres —“Periodismo y crítica”, “Viajes y festivales” y “Los libros”— el segundo. “Homero por Homero” resulta, a juicio de esta cronista, la parte más atractiva del libro. Es posible reconocer en sus palabras los humores y malhumores, las definiciones tajantes, las descripciones precisas que caracterizaban a Alsina, pero a propósito de una materia a la que no era, al menos públicamente, afecto a comentar: su propia vida. Un breve ejemplo: “Después de la separación volví a vivir con mi madre, y tras la separación con Andrea hubo cinco mujeres en mi historia, pero no quiero mujeres en este libro. Las mujeres son para líos». Como sucede con las memorias de gente de generaciones anteriores, el lector no sólo se encuentra con alguien al que ve crecer, o cree verlo, con sus matices, relaciones y situaciones particulares, sino que también vive el placer adicional de pasearse por otros tiempos y encontrar, además de al protagonista de las memorias, a una cantidad de personas que hacen a la memoria general, más que de un país, de la cultura de ese país.

Tanto en el cuerpo del relato, las palabras del propio Homero, como en el rol de participantes del contrapunto armado por Solari para contrastar o corroborar sus palabras con otras ajenas, el lector verá desfilar a Emir Rodríguez Monegal, Antonio Larreta, Darío Queijeiro, Tomás Eloy Martínez, Horacio Verbitsky, Juan Carlos Onetti, Carlos Quijano, Hugo Alfaro, entre otros, junto a algunos más contemporáneos, como Jorge Abbondanza, Elvio Gandolfo, Rosario Peyrou, Álvaro Buela —los tres últimos, sus compañeros de «El País Cultural»—, además de familiares, como su esposa Eva Salvo, su hermana Mireya, y como el más presente, sin duda, su hijo Andrés (una novela con varios capítulos a lo largo del tiempo, en la que los desencuentros y suspicacias compiten con las gambetas de un amor padre-hijo que se escapa para manifestarse —da la sensación— contra la voluntad explícita de sus protagonistas).

Del segundo capítulo y sus subdivisiones interesa “Periodismo y crítica”, por el anecdotario entrelazado con reflexiones que pautan la larga experiencia en ambos ítems. Sin embargo, más allá de lo jugoso de algunas anécdotas —por ejemplo las reacciones despertadas por su crítica de Sur, de Pino Solanas, publicada en «Página 12″—– es probable que quien ha leído artículos y libros de Alsina Thevenet echará de menos la precisión y detalle de su escritura, que no encontrará en el registro de conversaciones y recuerdos que este libro contiene.

Sin que trascendiera a la esfera pública, se supo en el sotto voce de las redacciones que, a su publicación, el libro de Ana Solari despertó reacciones encontradas, muchas veces airadas, entre algunas personas cercanas a Alsina Thevenet. Para una mirada más distante, queda el placer de escucharlo en tiempo presente, refrescando los pasos de una vida y una personalidad peculiarísimas aun en su contexto, la generación del 45.

MUCHO SOBRE CINE. En agosto de este año vieron la luz dos volúmenes que recogen varios artículos de cine de Homero Alsina Thevenet, o HAT, como solía firmar: Algo sobre cine I. Críticas cinematográficas 1937-2005, y Algo sobre cine II. Notas periodísticas 1941-2005 (3). Como lo aclara en el prólogo el editor, se trata de una “selección miscelánea, desordenada, discutible” —habida cuenta de lo torrencial de la producción de HAT durante setenta años—, de artículos ya publicados, y de ahí extraídos, en la monumental Obras incompletas compilada por Álvaro Buela, Fernando Peña y Elvio Gandolfo. Como el acceso a esas Obras incompletas no es algo fácil para todo el mundo, es bienvenido este rescate parcial, aun para quienes pueden presumir de tener todo o buena parte de lo que Homero editó en forma de libros, con su propia selección, ordenamiento y sentido.

Algunos temas recurrentes en la producción de H A T pueden encontrarse aquí —como “Más sobre listas negras. Crisis política en Hollywood”, de 1999—, pero también artículos más antiguos o puntuales, dejados de lado en las selecciones propias y que proporcionan el placer adicional de conocer la savia en su estado de frescura, saltar a un presente lejano y confrontarse con él. Seguramente el más revisitado en el anecdotario periodístico —para tener el gusto de sulfurar a Homero— es el dedicado a los Beatles, en ocasión del estreno de A Hard Day’s Night en 1964, en el que, además de conceder al filme el buen trabajo de cámara y compaginación, hace afirmaciones como la siguiente: “Algún día se descubrirá que estos músicos serían unos fracasados si no hicieran todo el ruido adicional de peinados y extravagancias”.

Pero también resulta toda una experiencia leer las opiniones de HAT en torno no sólo a películas sino a mitos relacionados con ellas —e incluso nacidos de ellas— que perduran hasta hoy. Por ejemplo, a propósito de Rebelde sin causa (dirigida por Nicholas Ray, 1955): “Si el filme no tuviera una prepotente ambición de sociología y de ejemplificar la realidad, todas las trampas del argumento, calculado atrás del efectismo, no tendrían la menor importancia: serían sólo las vueltas melodramáticas de tanta anécdota semipolicial”. O el párrafo final, y resumen de opinión, del artículo dedicado a Sin aliento (1959), de Jean-Luc Godard: “Hace un filme antojadizo, personal, superficialmente atractivo, vindica la libertad de creación y de improvisación. Más allá de ese lucimiento de joven brillante, su futuro es una incógnita, porque ni su filme dice nada esencial ni su estilo es una enseñanza”. O uno de los párrafos que dedica a Los pájaros (1963), de Hitchcock: “El filme debe ser lamentado como una dedicación fanática a las dificultades técnicas y como un síntoma de rebuscamiento para ser original”.

Este tipo de juicios —aun con la equivocación flagrante que corresponde al primer ejemplo— destaca de todas maneras una característica impagable de HAT. Si se piensa en que a la hora de la película de Richard Lester los Beatles ya deslumbraban a bastantes más que las “miles de muchachitas adolescentes”, en el mito juvenilista lanzado por Rebelde sin causa y James Dean, en la reverencia intelectual y crítica hacia la nouvelle vague francesa y especialmente hacia su gran teórico Godard, y en el culto sacralizante lanzado justamente por los críticos de «Cahiers du Cinéma» en torno a Hitchcock, resalta una de las características más salientes, y atractivas, de HAT: su tozuda independencia de criterio, su desconfianza hacia las modas intelectuales y los cultos que suelen propiciar. Supo estar solo, apartarse del redil. Qué mayor garantía para un crítico.

De ahí, además y ya se ha dicho, de sus análisis rigurosos y bien fundados, de su prosa sutil que sabía hacer parpadear los sentimientos sin abusar jamás de ellos, el placer de leer estos escritos; hayan sido pensados en la urgencia de las redacciones o con más tiempo de decantación. Sin contar que puede adjudicársele, aun, la invención de formatos. Véase, y para concluir este artículo que sería demasiado elogioso para su gusto, este ejemplo de concisión y fastidio:

Pasiones turbulentas

(Mr District Attorney, Estados Unidos, 1947.) Dirección: Robert B Sinclair.

Argumento: infantil.

Convicción y lógica: ausentes.

Realización: mediocre.

Interpretación: innecesaria.

Balance: deficiente con regular.

Hoy estamos parcos”. (Marcha, 1947.)

1. Irrupciones Grupo Editor.

2. Palabra Santa Editorial.

3. Ambos de Irrupciones Grupo Editor.

Rosalba Oxandabarat (Semanario Brecha, 3/01/2014)

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