“Blue Jasmine” (Paula Montes)

Duro drama de ascenso y caída

Un gran escepticismo aflora en el universo cinematográfico de Woody Allen, que por momentos se viste de un humor defensivo, culto, intelectual, a veces socarrón, o apela a la distanciadora ironía para hacer frente a las adversidades de este mundo, que pretendería que fuera imperecedero. Su obra fílmica es siempre distintiva, sorpresiva en sus connotaciones absurdas, en sus sesgos de inteligente ilogicidad. Hacer cine es su pasión, así como la música jazzística que compone y ejecuta, cosa de seguir negando la llegada “cierta de la muerte en la hora incierta”, y de este modo, Woody, el gran comediante y guionista, no se olvida de entregar al espectador un film más, que lo afirma como creador de mágicos, insospechados mundos ficticios en esta vida.

Luego de su “tour” europeo, en el cual realizara postulaciones disímiles como Vicky Cristina Barcelona, Medianoche en París, A Roma con amor —entre otras—, con Match Point filmada en el Reino Unido, se puso serio y planteó una historia de arribismo y criminalidad, instaurándole al espectador profundos dilemas éticos.

En lontananza de esa vertiente reflexiva, se podría hacer referencia a Interiores, que en general la crítica la vio como muy bergmaniana, pero que era muy “alleniana” en cuanto al personaje de la madre, Eve, encarnado por una magistral Geraldine Page, que puede ser un antecedente lejano de 1978, a la cual ahora nos convoca Blue Jasmine de 2013. Ambos personajes femeninos (Eve, Jasmine), van perdiendo su conexión con el mundo exterior en un proceso de fantasmagorización de su “yo” que huye, se repliega, se doblega balbuceante ante las diferentes contingencias, donde ya no funciona el exagerado esteticismo, ni las versiones opuestas de sus máscaras sociales, de la vacuidad.

La crítica internacional ha expresado casi unánimemente que en el subtexto de la notable Blue Jasmine está presente Un tranvía llamado Deseo, la dramática historia de Blanche DuBois que inmortalizara en 1947 el dramaturgo y novelista estadounidense Tennessee Williams, y que fuese llevada al cine por el director Elia Kazan en 1951, ganadora de un Oscar para Vivien Leigh, como mejor actriz protagónica.

También de algún modo estaría presente en Blue Jasmine la crisis financiera y de valores que estallara en el 2008 en los Estados Unidos, crisis global, que aún hoy sigue acechando a la superpotencia de Norte, en la medida que los financistas, banqueros, empresarios, todavía siguen empujando el sistema de las “puertas giratorias”, sin importarles el destino del ciudadano común, y así como muchos que estuvieron en la pirámide fraudulenta se enriquecieron aún más, y sólo los menos sufrieron el escarnio y la condena, todo sigue horrísonamente igual hasta el presente. La desmedida ambición por “tener” precede a la ruina en el film alleniano.

Pienso que Allen debe adherirse al aforismo horaciano que explicita “cuanto más alto y rápido subas, más vertiginosa será la caída”, de ahí que mantenga un perfil bajo, sin adherir a cosas banales, sino al trabajo con una entrega total de sí mismo frente a los sinsabores de un mundo muy caótico y carente de valores profundos y verdaderos.

Blue Jasmine tiene como tema la caída de una dama neoyorquina “culta”, refinada, que el sistema le ha permitido ascender junto a su inescrupuloso esposo (Alec Baldwin), que ha apostado a ganar mucho dinero “fácil”, que también ha jugado la carta de la infidelidad, hasta que sobreviene el “crack”, y unas vueltas de tuerca que no conviene develar, que lo llevarán a su posterior juicio público por fraude y a su inminente suicidio.

Cate Blanchett (Jasmine / Jeanette), la esposa, a quien alcanza el hundimiento total, material y espiritual, realiza en el devenir fílmico una brillante “performance”. El film es ella y está a la altura actoral de Diane Keaton en Dos extraños amantes, de Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo, de Gena Rowlands en La otra mujer y de Geraldine Page en Interiores.

Las primeras imágenes la muestran en el aeropuerto y en el interior del avión que la llevará a San Francisco, único refugio que le queda, junto a su hermana pobre, trabajadora, con hijos, y a quien ha tratado en lo posible de “ignorar”. El monólogo o “diálogo” que intenta entablar con la desconocida compañera de viaje, ya va anticipando la no aceptación de los hechos ocurridos, los autoengaños infinitos que manifestará su psiquismo, la permanente tergiversación de las verdades esenciales, acompañada de una copa siempre llena que no la abandonará casi hasta el desenlace, y a la que se sumará un coctel de ansiolíticos y antidepresivos.

El realizador maneja la cámara con gran virtuosismo y comenzará a contraponer por medio de los “flashbacks” el pasado y el presente de Jasmine. Un ayer fastuoso, festivo, frívolo, autosuficiente, pleno de “glamour”, incondicional a su marido Hal, a quien le firma sin cuestionar miles de cheques, el “descubrimiento” de las infidelidades ya intuidas, y el sucesivo abandono de Hal por otra mujer, son realidades fatídicas que no podrá enfrentar ni aceptar. El mundo fantasioso, falso, no exento de crueldad hacia algunos “otros” se derrumbará, dando paso a una incipiente insanía en su intrínseca complejidad.

El síndrome abandónico, la culpa no internalizada, la llevarán al microcosmos humilde de su hermana Ginger (Sally Hawkins), y su novio, expresivo de una vulgaridad vivificadora. Jasmine los ve como “perdedores”, no puede avalar la sinceridad de sus planteamientos, incapaz de aprehender las cosas verdaderas. Jasmine cree o intenta volver a empezar, pero las circunstancias y su interioridad fracturada no se lo permitirán.

Una fiesta a la que asistirá con su hermana, muestra la falsedad de quien se ha fijado en Ginger, y el encuentro de Jasmine con quien se postulará como político (encarnado por Peter Sarsgaard). Pero las mentiras infames respecto de su pasado y de su presente la llevarán a ser denostada y abandonada por el pretendiente que tomará una senda riesgosa.

La burbuja en que vive pronto se desvanecerá o disolverá inexorablemente. Allen ha ido mostrando su gestualidad elegante y patética, su rostro atormentado en primeros planos; ha registrado sus monólogos, sus silencios, sus incoherentes e intrascendentes diálogos, su desesperación por encontrar un asidero. Pero la agonista va camino a la alienación y/o enajenación creciente.

Jasmine en su total soledad, sentada en un banco de una plaza pública, con sus ojos llorosos, reconociendo para sí que no puede recordar la letra de la canción emblemática que presidiera el conocimiento de Hal, su gran amor, su “status”, su ruina, es uno de los desenlaces más conmovedores y amargos de la historia del cine.

La música de jazz que subraya las abisales situaciones, la imponente dirección de fotografía de Javier Aguirresarobe, el sólido guión de Woody Allen, la magistral actuación de la australiana Cate Blanchett (una mezcla posmoderna de Blanche DuBois y de la gran madre Eve de Interiores) hacen de Blue Jasmine uno de los más memorables y creativos films del año 2013.

Blue Jasmine”, EEUU 2013. Dirección y guión: Woody Allen. Fotografía: Javier Aguirresarobe. Música: jazz (multiplicidad interpretativa). Elenco: Cate Blanchett, Alec Baldwin, Sally Hawkins, Bobby Cannavale, Andrew Dice Clay, Peter Sarsgaard.

Paula Montes

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